Martes, mayo 11, 2021

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Cine que buscas, cine que encuentras

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Ante las restricciones por la pandemia, el cinéfilo va buscando, por aquí y por allá, películas que le permitan sentir que sigue pegado al cine nuestro de cada día. Digamos que es una cuestión de organizarse y, por igual, de sacar la lupa: una buena, muy aguda.  Dicho cinéfilo algo encuentra en salas (ahora mismo, El padre y Judas y el mesías negro, principalmente), otro poco en los canales de tv que exhiben films (como El olivo y La maestra del kínder, estos días) y también, por supuesto, en Netflix y demás compañías de streaming (el caso de Un milagro para Lorenzo –para revisitarla 30 años después– y de la comedia romántica People places things, así, sin “comas”). A todo lo anterior agreguen la opción de escudriñar en los DVDs alineados en las repisas de casa, que ya vimos pero entre los cuales habrá algunos que merecen una mirada más (si no, ¿pa’ qué los compramos?). Ejemplos, El espíritu de la colmena y El sur, de Víctor Erice; El hijo de la novia y El secreto de sus ojos, de J.J. Campanella; El viento que agita la cebada y Yo, Daniel Blake, de Ken Loach, etc.). Comento aquí, brevemente, algo sobre tres de estos títulos.

Comienzo con El olivo, de Icíar Bollaín, cinta española del 2016. En ella, Alma (la fantástica Anna Castillo), una joven granjera que adora a su abuelo, decide recuperar a toda costa un milenario olivo de familia –vendido por apremios económicos– cuando el anciano deja de hablar y de comer por el impacto de esa pérdida. Alma descubre que el majestuoso árbol –de toneladas de peso– está en propiedad de un poderoso corporativo alemán de Dusseldorf, a 1650 kms. de distancia. Los obstáculos a vencer son rotundos, pero pocos si comparados con el cariño de la chica por su abuelo. Una película entrañable, por emotiva y porque tiene que ver con lo nuclear de ser familia: desencuentros (que no faltan) en convivencia con un amor a toda prueba. El Olivo tiene además dos o tres inolvidables momentos de humor candoroso. Habrá a quienes el film parezca inverosímil; pero si “el amor mueve montañas”, se merece el beneficio de la duda, tratándose de mover “sólo” el olivo (generacional) de un clan. Y quédense tranquilos: nada de lo dicho revela lo esencial de esta cuasi-road picture, ni en cuanto a eventos ni en cuanto a vivencias. El guion es de Paul Laverty, autor también del de la cinta siguiente…

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Yo, Daniel Blake (2016), de Ken Loach, se ubica en Inglaterra. Es un drama relativo a un obrero sexagenario que, después de un ataque cardiaco, busca recibir los apoyos del Estado por incapacidad y desempleo, enfrentando una burocracia impersonal, lenta, rígida e insensible. En lo tortuoso de ese camino, conoce a una joven madre también víctima del infierno burocrático y decide ayudarla. Es decir que Daniel Blake (Dave Johns) ya no sólo tiene un problema enorme, sino que ahora tiene dos. Una película genuinamente emocional y resonante, que también se las arregla para ser graciosa en las dosis adecuadas. Y finalmente, La maestra del kínder (2018), de Sara Colangelo; su protagonista es Lisa (Maggie Gyllenhaal), profesora de mediana edad que trabaja con párvulos. Cierto día, la dama descubre, asombrada, el talento para la poesía de Jimmy, uno de sus alumnos (de tan sólo 5 años) y, a partir de eso, se obsesiona con la idea de “protegerlo”. Pero Lisa no sólo se conmueve; también se trastoca, de formas insospechadas. Pausada pero inequívocamente (por la intensidad con la que Gyllenhaal se absorbe en su personaje), La maestra del kinder va tornándose un film espeluznante, que se arriesga a la sensación de que narra algo no creíble. Sin embargo lo creemos, dejándonos conducir por los vericuetos de un relato de giros incómodos, complejidad psicológica, urgencia emocional y sentimientos inquietantes. Además, el que Lisa esté poco explicada –no tiene backstory— sorprende en demasía y deja al espectador en libertad de todo tipo de conjeturas. En balance, una película retadora, absorbente, de tensión alta, aunque su fachada (especialmente al inicio) diga otra cosa.

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