Para el antropólogo físico Zaid Lagunas Rodríguez, el hombre y la mujer que descansan en la plataforma noreste de la Gran Pirámide de Cholula fueron sacrificados en el llamado Altar de los cráneos esculpidos en honor al dios Tláloc y no al revés, es decir, no es que una vez muertos fuera emplazada esta construcción en torno suyo, para luego ser aderezado su enterramiento con diversas ofrendas y rituales.
“Los individuos fueron depositados en el altar como una ofrenda al mismo altar”, sostiene el investigador emérito del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), mientras recuerda que en el mismo Gran Tlachihualtepetl, en la parte sur, existen otros altares en donde también hay ofrendados individuos, en cuyas ofrendas se encontró una figura de barro hueca que simboliza un guerrero en cuyo pecho aparece el símbolo de “muerte o sacrificio”, que también lo presenta el dios Macuiltochtli en la región del cuello.
Hasta este domingo 2 de noviembre, la pequeña edificación que en su interior contiene los restos de ambos individuos fue abierta, de manera especial, para honrar su memoria en el marco del Día de muertos. Como desde 1992 -con una pausa en 2020 por la contingencia sanitaria marcada por el Covid-19 que concluyó en 2024-, los trabajadores de la zona arqueológica les ofrendaron chile, amaranto, maíz y cacao, así como flor de cempasúchil, como parte de un ejercicio que se ha denominado “los usos sociales del patrimonio”.
En ese sentido, el investigador Zaid Lagunas recordó que este vestigio arqueológico fue descubierto entre 1935 y 1936, como parte de los trabajos arqueológicos realizados en la zona arqueológica, a cargo del arquitecto Ignacio Marquina, con la colaboración de Wilfrido Du Solier.
Dijo que construido durante el periodo Epiclásico (entre el 900 y el año 1000 de esta era en común), el nombre del altar deriva de unos cráneos modelados en barro cubiertos de estuco, los cuales se hallaron en las paredes norte y sur, mismos que fueron robados y luego repuestos por el INAH durante un par de ocasiones más, no obstante, fueron nuevamente sustraídos.
Detalló que, al interior, los cuerpos fueron acomodados de la siguiente forma: la mujer yace en la esquina sureste, y el hombre, en la noreste. Asimismo, que gracias a los estudios del también antropólogo físico Javier Romero Molina, se pudo determinar que ambos tenían entre 30 y 35 años de edad, al momento de su muerte.
Continuó que cada uno de los individuos tenía ofrendas asociadas a su género. Así, los objetos de la mujer eran dos comales, un malacate de barro, dos agujas y un alfiler de cobre con filigrana en su cabeza para el cabello, entre otros; mientras que al hombre le colocaron un omichicahuaztli, (instrumento musical parecido al güiro), puntas de flecha de obsidiana y numerosas vasijas, entre las que destaca una silbadora con pintura roja y blanca, con figuras de plumas y chalchihuites, y la representación de una figura humana estilizada, tal vez, un guerrero.
Asimismo, el investigador del INAH subrayó que, por la calidad y el tipo de objetos hallados con los esqueletos, la mujer pudo pertenecer a la elite, y el hombre a la clase guerrera.
Sobre las particularidades del enterramiento, expuso que hay una disyuntiva: primero, si es que el altar fue erigido en honor a los individuos que enterraron aquí, o los individuos fueron enterrados en modo de ofrenda para el altar, por lo que se cree que fueron sacrificados. “Mi teoría es que fueron enterrados en honor al altar. Lo digo porque en la zona arqueológica hay dos altares más o menos de la misma época, en los cuales hubo enterramientos humanos y en ellos se ve la cuestión muy manifiesta de sacrificios humanos”.
El especialista acotó que en esta región hubo sacrificios humanos por lo que su teoría expuesta en el libro El altar de los cráneos esculpidos es que estos individuos fueron sacrificados para honrar el altar.
“No sabemos exactamente a qué dios pudieron haber sido sacrificados y ofrendados estos individuos, supongo que fue a Tláloc pues el agua es uno de los elementos más indispensables en todo el mundo y en Mesoamérica, al ser una sociedad agrícola, el agua era un elemento importante que tenía ceremonias”, dijo Zaid Lagunas Rodríguez.
Destaca, como explicó el encargado del sitio Martín Cruz, que Elisa Ávila, especialista de la sección de Restauración del Centro INAH Puebla ha sido una parte fundamental de la conservación del altar y los restos óseos que contiene, pues tras limpiarlos y consolidarlos, éstos se volvieron a colocar en el altar, quedando como una ventana arqueológica, es decir, una vitrina que permite observarlos desde el exterior. En esta ocasión, dijo que la restauradora realizó mantenimiento preventivo a los restos, a los bancos de tierra que los sostiene y a los muros interiores del altar, con la colaboración de la arqueóloga Brenda Suárez Martínez.


