Viernes, agosto 19, 2022

Charles Gounod

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Mi fascinación por la música es definitivamente tan enfermiza que raya en lo patológico; y si bien esto puede ser criticable, como dice el trovero Silvio Rodríguez: … hay locuras que no vale la pena curar.

     Por supuesto, el placer de escuchar música se enriquece en la medida en la que se puede adentrar en aspectos históricos de los compositores y el contexto de las obras. Tal es el caso de Charles François Gounod (1818 – 1893), cuyo aniversario de nacimiento, más que conmemorarse, debe de festejarse en este día, aunque su notable figura es opacada por otros compositores, dentro de que sobresale Johann Sebastian Bach (1685 – 1750) que es considerado por muchos, el padre de la música académica.

     La relación entre Bach y Gounod se puede ver en una obra que es, digamos “adaptada” y que es de una belleza particularmente especial. Generalmente conocida como el “Ave María de Bach/Gounod” es una composición sobre el texto en latín Avemaría, publicado originalmente en 1853 con la Méditation sur le Premier Prélude, que es una pieza superpuesta sobre el Preludio n.º 1 en do mayor, BWV 846, del Libro I de Bach: El clave bien temperado, escrito 137 años antes.

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     Como todos los músicos, su vida está rodeada de experiencias extraordinarias. Una anécdota que me parece de lo más conmovedora narra que de niño, en lugar de atender a las lecciones tradicionales, por ejemplo, de latín, garabateaba notas musicales en sus cuadernos. De la misma forma, cuando se le enseñaba aritmética, tarareaba fragmentos de ópera. Debido a que todo el tiempo su vida giraba en torno a la música, su mamá, aunque era una pianista sobresaliente y le había dado sus primeras clases, se encontraba particularmente preocupada y ¡Con justificada razón! Su padre, François-Louis Gounod (1758 – 1825) había sido un pintor definitivamente distinguido, pero también pobre que, al morir, dejó desamparada a la familia, constituida por un hermano que se llamó Urbano, la mamá y él, que era el más pequeño. Esto condicionó que, tratando de modificar este perfil vocacional, la madre recurriese al director de la escuela quien planeó una estrategia para “curar” al pequeño Gounod de la enfermedad musical. Llamándolo a su oficina, preguntándole al niño si deseaba ser músico y recibiendo una respuesta afirmativa, le entregó un poema y le pidió que le pusiera música. Dos horas más tarde, regresó a la oficina con una partitura musical. El director, sorprendido le pidió que la cantara y se narra que fue tal la belleza de lo que acababa de garabatear ese niño que, con lágrimas en los ojos, lo atrajo hacia él y besándolo en la frente le dijo: Tienes razón, hijo mío. Tu carrera, es la música.

     Otra pasión que marcó su vida fue la pintura y si bien tuvo una facilidad evidente que pudo haber desarrollado en este arte, siempre volcó todo su esfuerzo en la composición, que fue especialmente valorada por la mayoría de los autores en esa época.

     Una anécdota más, que personalmenge me parece deliciosa, se dio cuando Jakob Ludwig Felix Mendelssohn Bartholdy (1809 – 1847), mejor conocido como Felix Mendelssohn, sobresaliente compositor alemán, director de orquesta y pianista de música romántica, al escuchar su misa fúnebre Requiem, inconclusa, le dijo, felicitándolo: “Querido amigo. Esta composición me recuerda las de Cherubini”, haciendo mención al extraordinario músico italiano Maria Luigi Carlo Zenobio Salvatore Cherubini (1760 – 1842), mejor conocido simplemente como Luigi Cherubini. Ante este halago, la respuesta de Gounod fue: -Muchas gracias. Algún día espero escribir una que le recuerde las de Gounod.

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     Con una obra que no fue tan extensa como la de otros músicos, es muy trabajada. Aunque yo disfruto prácticamente todas y cada una de sus composiciones, por supuesto propondría que este día pudiese escucharse, en primer lugar, el celebérrimo Ave Maria Bach/Gounod CG89a; Gloria inmortal (Coro de los soldados) de la ópera Fausto; el aria “yo quiero vivir” del primer acto de la ópera Romeo y Julieta, para terminar con la Sinfonía número 1 en Re.

     Su última obra fue un Réquiem, que al igual del de Johannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart​ (1756 – 1791), mejor conocido como Wolfgang Amadeus Mozart, quedó inconcluso, pero no por eso, menos hermoso.

     Una tarde de otoño de 1893, trabajando en esta obra, Gounod reclinó su cabeza sobre el escritorio. “¡Silencio! -dijo su esposa a los que la rodeaban -no le molestemos. Está dormido …” sueño del que no despertaría, cumpliendo un presagio que había expresado y en el que diría: “La muerte, es el comienzo de la vida” y efectivamente, hoy por hoy, Gounod vive en sus obras con una inmortalidad que se puede disfrutar en formas tan inimaginables como placenteras.

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