Miércoles, julio 24, 2024

Cháak

Hace unos días un colega compartió en una de sus redes sociales un video donde una tiktoker atribuye las pasadas lluvias e inundaciones en Yucatán a que el dios maya de la lluvia, Cháak, los castigó por haber colocado en las playas de Progreso una estatua de gran tamaño de Poseidón, el dios griego del mar. Según una nota publicada por El Financiero, la estatua forma parte de un proyecto de las autoridades para atraer el turismo a la zona. “Fue instalado -afirma la nota- a finales de mayo, semanas después de que se inaugurara el complejo de canchas y espacios para hacer ejercicio. Cabe destacar que en los últimos cinco años las autoridades locales intentaron optimizar el desarrollo turístico en la zona, y actualmente hay más de 40 espacios para que los visitantes puedan sacarse fotos, jugar o tener actividades en su visita a Yucatán”. Más allá de que creamos o no que por los celos de Cháak hayan caído semejantes lluvias en la zona, que seguramente son producto del calentamiento global, lo anterior nos dice muchas cosas. Me asaltan preguntas de inmediato: ¿por qué una estatua a una deidad griega en tierras del mayab? ¿Por qué no una estatua a Aegir, el dios escandinavo del mar? ¿O a Susanoo, deidad sintoísta japonesa del mar y de las tormentas? Quizá a Nun, deidad del mar para los egipcios, ¿por qué no? Y si ya se trata de atraer turistas, ¿por qué no una estatua a Aquaman y se traen de paso a Momoa para que la inaugure? ¿O qué tal a Namor, que ya ha sido pasado por el tamiz maya y que la inaugure Tenoch Huerta y todo queda bien mexicano/maya/ inclusivo? ¿Por qué ponemos estatuas y de quién? Bueno, la reflexión va más allá de las materialidades (la estatua misma) y se debe centrar en lo ideológico y lo simbólico.

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Empecemos por pensar que Poseidón es una deidad del panteón universal de deidades y forma parte de la cultura “madre” de la humanidad, así tan eurocéntrico, pedante y discriminador como suena; ¿quién es Cháak sino una deidad de unas sociedades conquistadas, colonizadas y venidas a menos gracias a los procesos emprendidos por Europa desde el siglo XVI? ¿Para qué hacerle una estatua a semejante personaje si esas personas que tomaron la decisión de colocar la estatua se encuentran mucho más vinculadas con esa “cultura universal” debido a que son la “casta divina” que, con la cultura originaria de la región, sojuzgada y disminuida a calidad de servidumbre? Ya he hablado del particular en un artículo llamado “Mérida Blanca” donde analizo la elaboración y colocación de una estatua a los conquistadores de esas tierras. En aquella entrega escribí: “Cuando supe que existía un monumento a los Montejo en Mérida, de inmediato me puse a pensar qué pasaría en la Ciudad de México si a algún Gobernador o Gobernadora – seguro, también panista- se le ocurriera erigir un monumento a Hernán Cortés. Seguro se convertiría de inmediato en un mingitorio público. Realizarle un monumento al Adelantado es equiparable a que Veracruz le hiciera uno a Javier Duarte de Ochoa, tan simple como suena. ¿Es entonces que la autodenominada “Casta Divina” se reconoce en la efigie de los Montejo?, ¿en verdad comulga con las prácticas deleznables de las que fue hallado culpable este personaje? ¿O será acaso que estos personajes ni siquiera saben lo que hizo y los juicios que se le siguieron? Es muy probable que sea una mezcla de todo”. En efecto, el programa escultórico de nuestras ciudades ha respondido en esencia, a políticas más bien coloniales, e incluso a una idea trasnochada indianófila de sesgo nacionalista, que a una auténtica integración de todas las comunidades de un territorio en su discursiva urbanística. En el caso de Yucatán, espacio profundamente colonial, ha respondido a intereses de una minoría que se autoconcibe como blanca, superior y conectada con el pensamiento universal. Aceptarán lo maya, pero como un estadio en la grandeza histórica de la región; las y los mayas del presente no merecen una reivindicación en este sentido a menos que pueda ser ocupada para obtener recursos vía turismo y, como se ve en este acontecimiento, a veces ni así.

De acuerdo con la interesante reflexión ¿Cómo descolonizar las ciudades? de Ana Mejía Silva publicada en el portal de ArchDaily, un asunto tal “deberá ir asistido de la incorporación de procesos participativos vinculantes donde las personas vecinas, y particularmente los sectores subalternos, aporten sus prácticas y sean agentes activos en las fases de diagnóstico, transformación y evaluación; es decir, que exista una correspondencia entre gobierno y ciudadanía de las políticas urbanísticas. Sin esto será imposible avanzar hacia ciudades descolonizadas que pongan en el centro el derecho a la ciudad de todas las personas, el cual en muchas ciudades continúa siendo diariamente vulnerado”. Esto implica no sólo consultas a los ciudadanos diversos sino una auténtica vinculación con las cosmovisiones, pareceres y sentires de la población. Según un reportaje publicado en La Jornada Maya, la ceremonia denominada El Cha’a Cháak, sigue viva en las comunidades mayas de la región, aunque poco a poco declina su celebración. Según el reportaje, “se realiza al finalizar la siembra entre mayo o junio y lo encabeza un J-meen, o sacerdote maya, quien dirige sus rezos a los Yumtsilóob o dioses mayas vinculados con la agricultura como los Yum Cháakóob o Señores de la Lluvia, Yum Báalam o Señores Guardianes, Yum Kanan K’ánkaboob o Señores guardianes protectores de las tierras fértiles, Yum Iik´oob o Señores vientos, Oxlajuntik´uj o Trece-Deidad, Bolontik´uj o Nueve Deidad y Ki´ichkelem Yuum o Hermoso Señor Sagrado”. Por tanto, si se tratara de contemplar elementos visuales que integraran todas las identidades regionales, la representación simbólica debiera ser otra. ¿Poseidón se encuentra relacionado con alguna actividad maya o de los yucatecos en general? Según yo no. Por tanto, se trata de asumir un personaje de esa “universalidad” que pueda ser identificable por el turista de cualquier latitud. Claro, es para aquel turista que busca encontrar lo propio, lo identificable, lo fácil, en cualquier sitio al que va, esto es, aquel que busca encontrar un McDonald’s donde quiera que vaya para sentirse como en casa. Pregunto nuevamente ¿quiénes son las personas que llegan a los diferentes puestos de gobierno, espacios legislativos, impartición de justicia o a las responsabilidades administrativas en general? Y, por ende, qué tanta vinculación tienen con las necesidades de las mayorías. Si provienen de las elites, de la auto nombrada “casta divina”, bueno, sus intereses estarán por otro lado y se sentirán más representados por los Montejo, que por, digamos, Jacinto Pat o Cecilio Chi. Kukulkán quizá porque un cierto dejo de “folclore” no viene mal a la hora de vender paquetes turísticos; o incluso, asumir ciertas palabras en maya en nuestro discurso cotidiano, puede dar la sensación de que existe una identidad yucatecamaya aunque se desprecie todo lo maya en general. Es como aquella mujer fresa de Tehuacán, bien racista y clasista que se autodefinía como “indita popoloca”, paradoja de paradojas. Disfruto mucho con la idea de que Chaak, en su infinita sabiduría, decida vengarse de quien lo haya olvidado y les mande tormentas y ciclones. La cosa es ¿qué culpa tienen las comunidades mayas de tal despropósito? Ojalá la ira de los dioses cayera sólo en las casas de los neoliberalesfifísmeritocráticoscastadivinawanabe y no en general. Como dice la usuraria de Tik Tok, la hoy famosa Vicky Wolf: “Cháak se encabronó… Nos está cayendo la ira de Cháak por haberle hecho semejante falta de respeto poniéndole una estatua a Poseidón en medio del mar”. Quizá el haber contemplado la elaboración de un programa centrado en la cultura maya, indudablemente viva el día de hoy, más que pensar en el turismo, podría aportar también para que no se vayan perdiendo tradiciones como el Cha’a Cháak que ha sufrido por aspectos como “la migración -según el reportaje de la Jornada Maya-, el abandono del campo, las nuevas religiones, la tecnificación de la agricultura, pero quienes todavía conservan la milpa maya realizan la ceremonia cada año”. En fin, en este mundo donde lo único que importan son los capitales, poco importan las tradiciones o el interés de las mayorías. Cabe esperar, ni modo, la ira de los dioses.

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