Viernes, febrero 23, 2024

Cerrado por fútbol, de Eduardo Galeano

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Me complace retomar hoy una costumbre de fin de año que esta columna mantuvo durante largo tiempo, consistente en recomendar alguna lectura o película, aprovechable durante la pausa que tradicionalmente marca la última semana de diciembre.


Se trata esta vez de un libro de cuyo autor nos tuvimos que despedir hace ya ocho años, en silencio y con inmensa gratitud, desde distintos puntos de los cinco continentes. Hablo de Eduardo Galeano, uruguayo universal, futbolero cuya pasión sin fisuras se manifestó primero en Fútbol a sol y sombra, ya un clásico por derecho propio, al que póstumamente se agregaría Cerrado por fútbol (Siglo XXI editores, 2017), título que alude al letrero que Galeano acostumbraba colgar de su puerta mientras duraba cada Mundial de futbol; de esta obra, ampliamente recomendable, se reproducen en seguida algunos fragmentos.

La guerra contra las guerras. Mientras nacía el siglo veintiuno, murió Bertie Felstead, a los ciento seis años de edad. Había atravesado tres siglos, y era el último sobreviviente de un insólito partido de futbol, que se jugó en la Navidad de 1915. Jugaron ese partido los soldados británicos y los soldados alemanes en una cancha improvisada, entre las trincheras. Una pelota apareció, venida no se sabe de dónde, y se echó a rodar, no se sabe cómo. Y entonces, el campo de batalla se convirtió en campo de juego. Los enemigos arrojaron al aire las armas y corrieron a disputar la pelota.

Los soldados jugaron mientras pudieron, hasta que los furiosos oficiales les recordaron que estaban ahí para matar y morir.

Pasada la tregua futbolera, volvió la carnicería; pero la pelota había abierto un fugaz encuentro entre esos hombres obligados a odiarse. (p. 73)

El parto. Al amanecer, doña Tota llegó a un hospital del barrio de Lanús. Ella tenía un niño en la barriga. En el umbral encontró una estrella, en forma de prendedor, tirada en el piso. La estrella brillaba de un lado y del otro no (…) Esa estrella de plata y de lata, apretada en un puño, acompañó a doña Tota en el parto.

El recién nacido fue llamado Diego Armando Maradona. (p. 29)

Estrellas. Los jugadores de futbol más famosos son productos que venden productos. En tiempos de Pelé, el jugador jugaba; y eso era todo, o casi todo. En tiempos de Maradona, ya en pleno auge de la televisión y de la publicidad masiva, las cosas habían cambiado. Maradona cobró mucho y pagó mucho: cobró con las piernas, pagó con el alma. (p. 145)

Campeonas. En el año 2003, se disputó el cuarto campeonato mundial de futbol femenino. Al final del torneo, las jugadoras alemanas quedaron campeonas; y en el año 2007, nuevamente alzaron el trofeo mundial.

Ellas no habían recorrido un camino de rosas. Desde 1955, y hasta 1970, el fútbol había sido prohibido a las mujeres alemanas. La Asociación Alemana de Fútbol había explicado por qué: “En la lucha por la pelota, desaparece la elegancia femenina, y el cuerpo y el alma sufren daños. La exhibición del cuerpo ofende el pudor”. (p. 72)


Agradezco el milagro. A la orilla del altar, en la iglesias de México, se acumulan los exvotos. Son imágenes y letras, pintadas sobre latitas, que dan “gracias a la Virgen de Guadalupe porque las tropas de Pancho Villa violaron a mi hermana y a mi no” (…)

“Gracias al Dibino Rostro de Acapulco, porque mate a mi marido i no me hicieron nada”.

Así era y sigue siendo, con exvotos que dan “gracias a Nuestro Señor Jesucristo porque crucé el río y me vine a los Estéis y no mi augué ni me morieron”.


Alfredo Vilchis, llamado Leonardo da Vilchis, pinta exvotos por encargo en el mercado de la Lagunilla. Sus Jesucristos tienen, todos, la cara de él. Y con frecuencia pinta, con palabras de gratitud, arcángeles vestidos de futbolistas. Son muchos los clientes que se han encomendado al cielo en vísperas de partidos decisivos, y el divino poder les ha otorgado la gracia de los goles del club de sus amores o de la selección mexicana. (p. 58)

Los cuentos cuentan/1.  Ocurrió en 1967 en el principal estadio de fútbol de Colombia. No cabía un alfiler, el estadio hervía. Se definía el campeonato entre los dos equipos dominantes de Bogotá: el Millonarios y el Santa Fe.

Omar Devanni, goleador del Santa Fe, cayó en el área, en el último minuto del superclásico, y el árbitro marcó penal. Pero Devanni había tropezado, nadie lo había golpeado ni rozado siquiera. El árbitro se había equivocado y ya no podía dar marcha atrás (…) Entonces Devanni ejecutó el penal que nunca existió. Lo ejecutó muy serenamente, lanzando la pelota muy pero muy lejos del arco rival.

Este acto de coraje selló su ruina, pero le otorgó el derecho de reconocerse cada mañana ante el espejo. (p. 45)

Alí. Fue pluma y plomo. Boxeando bailaba y demolía.

En 1967, Mohamed Alí, nacido Cassius Clay, se negó a vestir el uniforme militar. –Quieren mandarme a matar vietnamitas –dijo– ¿Quién humilla a los negros en mi país? ¿Los vietnamitas? Ellos nunca me hicieron nada.

Lo llamaron traidor a la patria. Lo amenazaron con la cárcel, le prohibieron seguir boxeando. Le quitaron el título de campeón mundial (…) Pero, arrebatándole la corona, lo consagraron rey.

Cinco años después, unos estudiantes universitarios le pidieron que recitara algo. Y él inventó para ellos el poema más breve de la literatura universal: –Me, we… (Yo, nosotros) (p. 106)

Fotos: el escorpión. Londres. Estadio de Wembley. Otoño de 1995. La selección colombiana de fútbol desafía al venerable fútbol inglés en su templo mayor, y René Higuita se manda una atajada jamás vista.

Un delantero inglés dispara un tiro fulminante. Con el cuerpo horizontal en el aire, el arquero deja pasar la pelota y la devuelve con los tacos, doblando las piernas como el escorpión tuerce la cola.

Vale la pena detenerse a mirar las fotos de ese documento de identidad colombiana. Su fuerza de revelación no está en la proeza deportiva, sino en la sonrisa que atraviesa la cara de Higuita, de oreja a oreja, mientras comete su sacrilegio imperdonable. (p. 104)

Mano de obra. Mohammed Ashraf no va a la escuela. Desde que sale el sol hasta que asoma la luna él corta, recorta, perfora, arma y cose pelotas de futbol, que salen rodando de la aldea paquistaní de Umar Kot hasta los estadios del mundo.

Mohammed tiene once años. Esto hace desde los cinco. Si supiera leer, y leer en inglés, podría entender la inscripción que él pega en cada una de sus obras: “Esta pelota no ha sido fabricada por niños”. (p. 40)

Por Manolo y por el placer de jugar (Al recibir el Premio Manuel Vázquez Montalbán, que le otorgó el club Barcelona en 2010). Quiero dedicar este premio a la memoria de Josep Sunyol, el presidente del Barsa que en 1936 fue asesinado por los enemigos de la democracia (…) También quiero rendir homenaje a los deportistas peregrinos que, un año después, encarnaron la dignidad, malherida pero viva, de toda España. Me refiero a los jugadores del Barsa que, en 1937 recorrieron Estados Unidos y México, disputando partidos de fútbol en beneficio de la República, y a la selección vasca, que hizo lo mismo. Por ellos me emociona recibir este premio (…) que lleva el nombre de mi entrañable amigo Manuel Vázquez Montalbán (…) Con él hemos compartido varias pasiones (…) Futboleros los dos, y los dos zurdos, creímos que la mejor manera de jugar por la izquierda consistía en reivindicar la libertad de quienes tienen el coraje de jugar por el placer de jugar en un mundo que manda jugar por el deber de ganar. Y en ese camino hemos intentado combatir los prejuicios de mucha gente de derechas, que cree que el pueblo piensa con los pies, y también los prejuicios de muchos compañeros de izquierdas, que creen que el fútbol tiene la culpa de que el pueblo no piense.

También nos identificamos, Manolo y yo, en el placer de la ironía y la risa franca, y todas las formas del humor (…) ni Manolo ni yo confundimos el aburrimiento con la seriedad (…) Y si hablo de él en tiempo presente es porque fuentes bien informadas me han asegurado que la muerte no es más que un chiste de mal gusto (…)

Otro espacio compartido, muy importante para los dos: la reivindicación de la buena comida como celebración de la diversidad cultural (…) Bien decía Antonio Machado que cualquier necio confunde valor y precio… lo mismo ocurre en nuestros días: la mejor comida no es la más cara y bien lo ha dicho Manuel, que la comida cara no es más que una trampa engañabobos. Yo también creo, como él, que el derecho a la autodeterminación de los pueblos incluye el derecho a la autodeterminación de la barriga. Y es más necesario que nunca en estos tiempos de macdonalización del mundo (…)

Y hasta aquí llegué. Porque ya sé que cuando bebo de más corro el grave riesgo de decir estupideces. Quiero alzar estas palabras como si fueran copas de vino, un buen tinto de por acá, para brindar con Manolo y por Manolo:

por la dignidad humana y por la solidaridad.

por el placer de jugar y la alegría de ver jugar cuando se juega limpiamente.

por la alegría de estar juntos y el pan y el vino compartidos

por los soles que cada noche esconde

y por todas las pasiones, a veces dolorosas, que dan rumbo y sentido al viaje humano, al humano andar. (pp 199-201)

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