Centroamérica y el 15 de septiembre

«América Latina es un archipiélago

de patrias bobas, organizadas para el

desvínculo y entrenadas para desamarse».


Eduardo Galeano

En el 15 de septiembre se celebra la independencia de muchas de las naciones de Centroamérica, como es el caso de Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Costa Rica, Honduras. Por ello, en esa región del mundo, hoy día hay plena algarabía —por lo menos gubernamental—, conmemorando lo que se denomina como la historia monumental, es decir, glorificando los pocos momentos de victoria que han ocurrido en esa región del mundo.

Pero la realidad de esa región es otra. En la actualidad, es, incluso, una incógnita lo que sucede en esta región y, sobre todo, la forma de supervivencia; pues, en primer lugar, por lo menos aquí en México, lo que ha sucedido a lo largo de la historia es que nunca se ha volteado hacia el sur, siempre se ha visto hacia el norte y no nos hemos interesado de lo que sucede en esas regiones. Por ello, pese a la cercanía con esos países, prácticamente, no hay relación alguna, menos hay noticias al respecto de ellos, y el poco comercio que existe con ellos es el de suministrarles productos de los grandes monopolios que se ubican en México (esto, más por intereses de mercado que por considerar sembrar aquí sus inversiones), que aprovechan los acuerdos de comercio entre los países que las empresas medianas y pequeñas de todas estas naciones no pueden; debido a que, claro está, normalmente, las políticas de esos países siempre han sido de implementar leyes de proteccionismo que impiden, no el comercio de los grandes monopolios, pero sí de las empresas locales.

Particularmente, Guatemala, Nicaragua, El Salvador y Honduras, actualmente, viven al día de las remesas enviadas por ciudadanos que tuvieron la desesperación de irse a otras naciones para explorar qué podrían encontrarse por allí. Y es que muchos han encontrado la muerte, otros han encontrado una forma de vivir, a veces, menos precaria que la que les brindan sus propias naciones centroamericanas, la cuales, a su vez, con esos envíos de dinero, subsisten más de milagro que de otras cosas. En aquellas naciones, la población vive un permanente desplazamiento cuando a alguna empresa se le ocurre usar las tierras para la siembra o para explotar sus minerales. Por ello, hay genocidios de los pueblos de origen, politicidios de los que no comulgan con las políticas represoras y, desde luego, saqueos constantes de los denominados despectivamente recursos naturales. Por lo mismo, las historias tan reales de que las empresas transnacionales son las que dominan estos países, no sólo en su economía, sino en sus gobiernos. Basta con observar sus historias, sobre todo, después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se llegó al extremo de que, en muchos de estos países, las grandes empresas eran las que ponían y quitaban presidentes, y no la población, porque ésta se encontraba más preocupada buscando qué comer y cómo no morirse. Tal es el caso de United Fruit Company en Guatemala, que, con el afán de cultivar plátano, acabó con pueblos de origen y sus tierras; también está la contaminación en el lago de Managua por la empresa Penwalt, al verter sosa cáustica en él.

La historia sostiene que Centroamérica cuenta con tierras excelentes de labor, lugares que permiten la siembra de muchos tipos de cultivos; por ello, son tierras que cumplen con la sentencia de Eduardo Galeano de que: «En las tierras más ricas viven los más pobres» (Úselo y tírelo, Buenos Aires, Booket, 2010). Toda una realidad en Centroamérica, pues, desde los tiempos de la colonia española, eran regiones que se explotaban para el cultivo, sobre todo, del plátano y del café, cuya población, como consecuencia, fue la más afectada.

Además, la relación que existe entre estas naciones no es nada halagüeña ni, acaso, es un ejemplo de buenos vecinos; por el contrario, hay una persistente lucha entre estos desde el ámbito político, social, económico y hasta deportivo. Permanentemente, hay problemas de invasiones de unos con otros, conflictos limítrofes y hasta el propio deporte ha detonado en guerras, como en el año de 1969, cuando —entre el 14 y 18 de julio— se dio una guerra entre Honduras y el Salvador, denominada: «La guerra de las cien horas» o «La guerra del fútbol», causada por un partido de fútbol eliminatorio para acudir al mundial de México 1970, en el que El Salvador le ganó a Honduras y que provocó la persecución y muerte de salvadoreños que, en condiciones precarias, trabajaban como peones en la nación de Honduras. Persecución que, bajo el lema «hondureño, toma un leño y mata a un salvadoreño», provocó tal violencia. Una muestra palpable de la sentencia de Eduardo Galeano: «América Latina es un archipiélago de patrias bobas, organizadas para el desvínculo y entrenadas para desamarse» (El cazador de historias, Argentina, Siglo XXI Editores, 2016). Por ello, en este septiembre de 2020, habría muy poco que celebrar en esa región tan cercana y similar a México.