Capitalismo triunfante

Dos notas aisladas se publicaron recientemente, pero ambas tienen mucho que ver. La primera habla de que la brecha salarial entre los que menos tienen y los que más en nuestro país es prácticamente insalvable. En efecto, según reporta la Gaceta de la UNAM: “Al considerar las metas del décimo objetivo de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 de la ONU (Reducción de desigualdades), Leticia Merino Pérez del Instituto de Investigaciones Sociales (IIS), dijo que aun cuando los ingresos de 40 por ciento de la población más pobre en México aumentaran más que la media nacional, como lo sugiere el documento de la Organización de las Naciones Unidas, tomaría más de 120 años emparejar la brecha de salarios entre ‘ricos’ y ‘pobres’ en nuestro país. (…) ‘De hecho la tasa a la que ha crecido el ingreso de los sectores más vulnerados, en los últimos 10 años, sí ha sido mayor al promedio nacional; no obstante ni ese aumento permite cumplir con sus necesidades básicas’, explicó la también coordinadora del Seminario Universitario de Sociedad Medio Ambiente e Instituciones (SUSMAI)”. Por supuesto, eso si se siguieran las políticas debidas y si existiera empatía de los que más tienen sobre los que no, cosa que se antoja en verdad inverosímil. Por desgracia, desde que el modelo económico triunfante, el capitalismo, se instaló en la construcción histórica de occidente allá por el siglo XVIII, la tendencia siempre ha sido a producir más, a toda costa, con independencia de quién o qué se perjudique en el proceso. Lo que importa es el individuo y su capacidad de superar los retos que le proporciona el destino, de ser un auténtico tiburón de los negocios. Además, interesa acumular capital a como dé lugar, no importa si para ello hay que corromperse o vivir extremadamente bien, mientras otros lo hacen extremadamente mal. Agresivo sin duda el modelo.

La otra nota, publicada en La Jornada hace unos días, da cuenta del riesgo de extinción en el que se encuentran los primates diversos de nuestro planeta a raíz del comercio. “Entre 2001 y 2015 se perdieron 160 millones de hectáreas de bosques en los trópicos debido a actividades humanas, amenazando a las especies de primates con la extinción –reporta esta casa editorial–. Una nueva investigación ha comprobado que 50 por ciento o más de esta pérdida de hábitat se debió a la demanda mundial de productos básicos. (…) Los beneficios económicos de las exportaciones de productos básicos para los países que son hábitat de primates han sido limitados en relación con los costos ambientales extremos de la contaminación, la degradación del hábitat, la pérdida de la biodiversidad, la continua inseguridad alimentaria y la amenaza de enfermedades emergentes, según el estudio publicado en la revista revisada por pares PeerJ Journal of Life and Environmental Sciences”. Los primates sufren la depredación humana producto del trabajo para conseguir dividendos, pero a la larga la humanidad misma es la que habrá de sufrir las consecuencias. La exagerada producción de plásticos, la utilización desmedida de combustibles fósiles, la deforestación, la utilización de sustancias químicas en todo tipo de productos tanto para el uso cotidiano como para la industria, todo ello va relacionado con una destrucción sistemática del medio ambiente y, a su vez, con los modos y necedades del modelo capitalista. Lo dicho, agresivo el modelo.

Eric R. Wolf, en su libro Europa y la gente sin historia, detalla de manera interesante el surgimiento del capitalismo, al que ubica en la Gran Bretaña del siglo XVIII con la creación de la industria textil, de su comercio y de la acelerada producción de tecnología al servicio tanto de la producción como de la venta del producto. Dice Wolf: “…la construcción de ferrocarriles y el florecimiento de la navegación ampliaron la superficie de abastecimiento y tráfico de mercancías; sin embargo, si bien es cierto que el modelo capitalista llevó directa e indirectamente a nuevas poblaciones a la órbita cada vez mayor de sus eslabonamientos, también lo es que las sometió a su ritmo de aceleraciones y adelantos y de desaceleraciones y retrocesos. Bajo el nuevo modo, la incorporación trajo consigo la especialización, y ésta significó dependencia de coyunturas económicas y políticas de alcance universal”. La cita anterior nos hace ver que, desde el inicio, desde las “ventajas” traídas por los nuevos modos de producción, la depredación del mundo y de sus habitantes inició; también los vicios que, nos guste o no, están instalados en la modernidad y en una de sus expresiones más perversas que es el capitalismo. ¿Qué significa para la humanidad y el medio ambiente que tenga un teléfono inteligente en la mano?, ¿qué que pueda ir el fin de semana a degustar unas cervezas en compañía de los amigos?, ¿qué que pueda tener una piel tersa después de usar productos a base de aceite de palma? Y, finalmente, ¿qué significa que utilice ropa de moda? Puede significar la depredación del medio ambiente, la eliminación de cientos de especies animales o la explotación casi a niveles de esclavitud de niños, jóvenes y mujeres para maquilar ropa en países con legislaciones más laxas que en Europa. Y, después de preguntarnos todo esto, no pasa nada. El capitalismo, como era de esperarse, ha triunfado y su expresión más clara se refleja en la cantidad de mercancía que encontramos el domingo en el “súper”. Empero, el costo es enorme y ya lo estamos pagando.