Candil apagado

“Los proyectos de Amlo; el Tren Maya, la Refinería de Dos Bocas, el corredor tras ístmico, el aeropuerto de Santa Lucía, y agrégale los que quieras, no son nada frente a los proyectos hechos realidad en los últimos seis años en China”, me dijo un amigo que viajó un mes por aquél país. Por cierto, simpatizante de Amlo, antes y después del viaje.

La diferencia, coincidimos, es que allá existe una autoridad definida y supieron abordar a tiempo el salto tecnológico, entre otras muchas cosas. En eso se parecen a los tigres asiáticos. Con la asesoría de Singapur, por ejemplo, haríamos en el aeropuerto de Texcoco, además de la terminal ultramoderna, un parque ecológico. Claro que ellos no tuvieron el problema del lago, pero ese no lo creó el neoliberalismo sino los aztecas, dije por mi parte.

Después de la conversación, ya a solas, me quedé pensando que por supuesto esos países tienen regímenes sumamente autoritarios y una organización vertical, muy lejos de las posibilidades mexicanas, pero que, de todos modos, es válido imaginar que hubiera pasado si con la fuerza legítima lograda por Amlo se hubiera impulsado, mediante la reconciliación y el compromiso democrático, un proyecto radical de lucha contra la pobreza y la desigualdad, el cuidado del medio ambiente, la impunidad y la corrupción, la violencia y la inseguridad, basado en el impulso visionario de la infraestructura, la capacidad competitiva, el crecimiento económico, un sistema universal de salud y bienestar y una educación moderna vinculada a todos estos objetivos del desarrollo del país.


Por el contrario, se ha encargado de minar una por una las bases de su autoridad ganada legítimamente en las elecciones, ya sea en la política de crecimiento económico, la de seguridad, en la procuración e impartición de justicia, en el cuidado del medio ambiente, la educación, la salud, o en otros ámbitos de las políticas públicas, es notorio el contraste entre el amplio respaldo popular que mantiene hacia su persona y el deterioro creciente de la aprobación de sus políticas particulares.

Nadie duda de su honestidad y su experiencia política, pero sí de su capacidad de estadista. Por lo pronto y lo que ya se ve, comparado con otros liderazgos en el mundo, es su cortedad de miras y su falta de ambición para la suerte del país, porque para sus objetivos personales de poder, vaya que la ha demostrado.

De la misma manera se puede observar lo anterior volteando la vista hacia América Latina. La envergadura de la lucha de varios pueblos que, en su malestar contra la desigualdad y la pobreza, se orienta por buscar alternativas efectivas al neoliberalismo, no encuentran en México alguna inspiración que merezca la pena. Un gobierno que dice querer acabar con el neoliberalismo, pero que lo aplica para lograr sus metas de crecimiento económico (pues de eso depende su política interna concentradora del poder), se ha visto arrastrado hasta el sometimiento a la política internacional de Donald Trump y a jugar un papel vergonzante y oportunista ante cualquier situación conflictiva, como se evidenció en el caso de Venezuela.

Un gobierno que se define cristiano por sus programas insignia de alivio a la pobreza y juarista en su política internacional para evadir sus compromisos democráticos, aparece esotérico, a la vez que cercano y lejano a cualquier definición. Ni bolivariano, ni no bolivariano; ni ambientalista, ni no ambientalista; o como acaba de escribir Carlos Urzúa, anti neoliberal de palabra, neoliberal por los hechos. Un verdadero nacionalismo aislacionista, muy lejos de estar a la altura de los retos del mundo actual.

Desde la crisis del 2008 se ha vivido el principio del fin de los viejos consensos, empezando por el de Washington; los pactos sociales se han resquebrajado y hoy asistimos a la manifestación elocuente de la pérdida de legitimidad de los gobiernos frente a sus poblaciones. La distribución del ingreso en el mundo y en los países arroja enormes  desigualdades. En los Estados Unidos el 1% de la población más rica acapara casi el 20% del producto, mientras que en México el 10% de los estratos altos, se benefician con el 60% del producto nacional. La calidad de las democracias se ve altamente cuestionada, con el consiguiente desprestigio de la política y los políticos.

El reto consiste en crear sociedades menos polarizadas y superar  inercias, además de lograr la disposición universal para emprender esfuerzos globales y cooperativos. La migración y el medio ambiente son claros desafíos que exigen de dicho enfoque. Más que nunca se requiere de equilibrar el individualismo con medidas  de equidad colectiva, lo público con lo privado, los intereses económicos con los derechos humanos y las exigencias nacionales con las responsabilidades globales.

Así, en lugar de abrir el diálogo y la conversación hacia la búsqueda de nuevos consensos en el mundo, que reivindiquen esos mayores niveles de igualdad y equidad entre las naciones y al interior de éstas, nos conformamos con decir que el respeto al derecho ajeno es la paz.

Los acontecimientos en Chile, Ecuador, Bolivia y Haití no conmueven a Morena, enfrascado en la barbarie de la lucha descarnada por el poder en sus aparatos. Apenas una tímida toma de posición de un grupo de senadores y algunos artículos en la prensa de sus intelectuales orgánicos, como les gusta decir.

Por cierto que nuevamente John Ackerman nos muestra su fe ciega en la megalomanía de la 4 T cuando escribe que “el proceso actual de levantamiento popular en contra del neoliberalismo en América Latina” será más significativo que la caída de la Unión Soviética y el muro de Berlín. En seguida nos aclara, “mientras la caída del muro de Berlín dio pie a un proceso destructivo de despolitización ciudadana y vaciamiento institucional, la actual lucha contra el muro de Trump, y sus alfiles en América Latina… abre el horizonte para la construcción de nuevos senderos hacia la justicia y la paz”.

¡Vaya desvarío! Ahora resulta que el gobierno de la 4 T es ejemplo de lucha contra el muro de Trump, cuando sólo festejamos el hecho de que no lo pagamos con aranceles; y de construcción de nuevos senderos de justicia y paz, cuando aún no sabemos cuál es la estrategia de Amlo, más allá de los abrazos y no balazos, en medio de las palizas al ejército y el crecimiento de la violencia y la inseguridad.

En este contexto llegan las noticias de Chile y nos producen  grandes emociones que, sublimadas por la música, nos hacen recordar y recrear alegres, tristes y trágicos momentos de la historia. “Chile despertó” cantan al unísono los estudiantes y millones de chilenos en un solo abrazo. Momentos de solidaridad y lucha combativa, que en otros tiempos nos llevarían a las calles, al diálogo y al debate sobre las perspectivas abiertas y el rumbo a seguir. Pero no, al voltear nuevamente los ojos a México, un gobierno y un partido-movimiento sumamente sectarios y excluyentes, no se abren a la conversación, ni para la búsqueda en la democracia de mayores niveles de desarrollo, ni para lograr una mayor presencia de México en la construcción de un nuevo mundo. Cualquier argumento diferente es calificado de conservador. Qué lástima.