Al ex alcalde de Puebla y actual diputado federal Enrique Doger Guerrero le asiste la razón el expresar que hay enojo y frustración por la reciente, estrepitosa y catastrófica derrota electoral del PRI. Sin embargo, la ofensiva que ha emprendido para exigir las cabezas de Pablo Fernández del Campo, como presidente estatal priista, y de Fernando Moreno Peña, como delegado del Comité Ejecutivo Nacional del tricolor en Puebla, es una medida desmesurada, fuera de lógica, que si se concreta acabará siendo un harakiri para el Partido Revolucionario Institucional.
Si el PRI cambia de dirigentes en el corto o en el largo plazo –tal como lo pide Doger– se corre el altísimo riesgo de que el partido sea entregado, de nueva cuenta, al control absoluto del gobernador Rafael Moreno Valle Rosas, quien seguramente tiene un marcado interés de poder decidir sobre el destino del tricolor, pues es la única fuerza política que por ahora no tiene dominada.
Y sin duda el principal mérito que tienen Fernández del Campo y Moreno Peña, pese a la derrota, es que le han sabido imprimir al PRI poblano un verdadero carácter de partido político de oposición al gobierno de Rafael Moreno Valle Rosas, algo que no pudieron hacer los anteriores dirigentes del tricolor –encabezados por Fernando Morales Martínez–, ni los legisladores locales y federales, entre los que se incluye a Enrique Doger.
Al contrario, antes del arribo de Fernández del Campo y de Moreno Peña al PRI, la clase política priista, empezando por los legisladores, fue obsecuente en todo con Moreno Valle, como cuando Enrique Doger –en su calidad de entonces diputado local– votó a favor de la reforma que permitió convertir los delitos de prensa en ilícitos del orden civil, luego de hacer un galimatías en tribuna en donde nunca se entendió si estaba a favor o en contra de ese cambio, el cual significó el inicio de un trato autoritario del gobernador en contra de la prensa crítica.
Si el PRI quiere llegar a la próxima elección como una fuerza política competitiva y sin dejar de ser oposición, algo fundamental para ganar votaciones, es indispensable que se dé continuidad al trabajo que emprendieron los actuales dirigentes, quienes han sido los únicos que en Puebla han tocado temas neurálgicos del gobierno morenovallista, como es la crisis de inseguridad, el gasto en obras onerosas, el crecimiento desmesurado de la deuda pública –a través de los engañosos Proyectos de Prestación de Servicios– y la relación del mandatario con la defenestrada dirigente del SNTE, Elba Esther Gordillo Morales.
O si no se piensa así, es fundamental hacerse las siguientes preguntas:
¿Luego de Pablo Fernández o Fernando Moreno, qué otro priista ha tenido la valentía de hacer críticas públicas al gobernador?
¿Lo han hecho Blanca Alcalá, Enrique Doger, Melquiades Morales, Fernando Morales, Silvia Tanús, José Chedraui, Leobardo Soto, Maritza Marín?
¿Qué diputados priistas se han atrevido a votar en contra de una iniciativa o un proyecto de presupuesto enviados por el jefe del Poder Ejecutivo al Congreso local?
¿Qué diputado federal ha pedido algún punto de acuerdo en San Lázaro en contra de los despidos injustificados de burócratas o maestros del Colegio de Bachilleres para defender a los mototaxistas o contra grupos de campesinos que han sufrido la represión del gobierno estatal?
¿Qué dirigente del tricolor cuestionó la política de desarrollo social en Puebla antes de los resultados del Coneval o la inexistencia de políticas públicas para el agro, los pueblos indígenas y atender el rezago educativo?
La respuesta a estas preguntas es que los priistas no han aprendido a ser oposición y muchos de los líderes del partido a lo que aspiran es a ser tomados en cuenta por el gobernador, sin importar que el mandatario haya emanado del PAN y muestra un desinterés por atender los problemas sentidos de la población.
El único derrotero que puede seguir el PRI es generar una reestructuración de sus cuadros, de sus comités municipales, de los sectores y organizaciones, así como no perder el sentido crítico hacia el gobierno del estado e involucrarse en las preocupaciones de la sociedad civil, sobre todo de aquellos sectores desencantados con el morenovallismo.
Si no se sigue esa ruta y no se piensa con una visión de largo plazo, entonces se cerrarán todas las posibles salidas para evitar que el panismo domine el estado por más de un sexenio.
Y frente a esa condición los principales damnificados serán los propios líderes priistas que ahora están pidiendo los cambios de dirigentes en el partido.
