Lunes, julio 15, 2024

Buscando al bisabuelo

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Saavedra un anarquismo es la biografía de Abelardo Saavedra Toro, escrita por su bisnieto Aurelio Fernández Fuentes y publicada por el Fondo de Cultura Económica. Pero cuando lo vamos leyendo nos damos cuenta de que este libro es en verdad el disfrutable entrevero de muchos libros.

En Saavedra encontramos una historia de los movimientos sociales que se desarrollaron en España y en Cuba durante las tres o cuatro primeras décadas del siglo XX. Encontramos también la saga de organizaciones, publicaciones y acciones protagonizadas por los anarquistas peninsulares e isleños en el mismo lapso. Encontramos, claro está, la biografía del anarquista que fue Saavedra. Y encontramos igualmente la historia de una pesquisa, la que emprendió Aurelio Fernández para desentrañar el curso vital de su bisabuelo.

Saavedra es uno y es muchos libros. Y no podía haberse escrito de otro modo, porque el personaje es un hombre de acción, un militante, un anarquista cuya vida es inseparable de las luchas de obreros y campesinos en que participó, de las publicaciones que animó y de las organizaciones de las que fue parte. Y también porque para su autor escribirlo no fue un proyecto académico, sino un buceo en sus raíces familiares; en la genealogía de una vocación contestataria. Y es que Aurelio, como Abelardo, es un hombre comprometido con las luchas sociales y así como su ancestro fue ácrata en el primer tercio del siglo XX, su bisnieto es un antiautoritario reloaded, un anarco puesto al día, un libertario del tercer milenio.

Y el libro es apasionante porque apasionante fue la vida de su mayor protagonista: Abelardo Saavedra Toro, también conocido como Garín, seudónimo con el que formaba sus artículos; llamado por sus enemigos El dinamitero, pese a que si bien la justificaba en los oprimidos, no impulsaba ni practicaba la acción violenta; y al final de su vida conocido como El abuelo, cuando por su edad y luenga barba canosa ya merecía el apelativo.

Saavedra fue muchas cosas: zapatero, boticario, tranviario, impresor, sastre, albañil, fotógrafo, escribiente… además de periodista contestatario, director de publicaciones ácratas, forjador de organizaciones obreras y campesinas, educador popular, orador de mitin, líder social.

Saavedra fue un activista de aquellos que ponen el cuerpo; de aquellos que están ahí, en primera línea, a la hora de los chingadazos; de aquellos que corren riesgos y pagan las consecuencias. Como buen anarquista, Saavedra preconizaba y practicaba la “acción directa”: el enfrentamiento físico con los golpeadores de la patronal, los choques con la policía y el ejercito… Y su inevitable consecuencia, la persecución policiaca, los procesos judiciales amañados, la sórdida tortura carcelaria, el calabozo…

Hoy poner el cuerpo significa entender la acción política como teatralización, como arriesgada coreografía contestataria, como performance; al sistema se le desafía no solo con palabras, sino poniendo el cuerpo por delante, arriesgando el físico, jugándose el pellejo, partiéndose la madre…

Para los anarquistas siempre ha sido así y Saavedra fue un buen ejemplo de somatización de la política. Y por ello sufrió golpes, tortura, cárcel… Lo ejemplifica que en 1906 tuviera nada menos que 42 procesos judiciales abiertos. Ya mayor, Saavedra reconoce en una carta su sino: “Ya no resisto las palizas y los encierros como hace 10 o 15 años, cuando decidí meterme en esta lucha”. Una lucha contestataria que ciertamente era y es de palizas y encierros.

Semlia i Volia, que significa “Tierra y Libertad” en ruso, en una consigna muy presente en la vida de Saavedra y que Aurelio destaca porque, además, se relaciona con México.

La larga marcha de Semlia i Volia empieza en Rusia en 1862, cuando un grupo de campesinos le pone así a una organización reivindicativa que resultó efímera, pues fue diezmada por la represión zarista. Aurelio dice que esos mujiks eran anarquistas; en realidad no lo eran, pues demandaban una asamblea constituyente y una Constitución que reconociera sus derechos. Pero lo que sí es verdad es que, vía Bakunin y la primera Internacional de los Trabajadores, el lema ruso “Tierra y Libertad” se extendió por Europa y arraigó en España, donde el anarquismo era fuerte. Y en España se editó desde 1902 una revista que se llamaba precisamente Tierra y Libertad, publicación ácrata que desde diciembre de 1904 dirigió Saavedra.

Y de esta manera la consigna llegó a México, al ser adoptada desde 1910 por la Junta Organizadora del Partido Liberal, encabezada por Ricardo Flores Magón, que a su vez se la pasó al zapatismo de Morelos. Y en el Ejército Libertador del Sur militó por un par de años el motuleño Felipe Carrillo Puerto, quien de regreso a Yucatán la tradujo al maya: Lu´um yetel Almehenil, y la adoptó como lema del Partido Socialista del Sureste.

Obligado por la represión a exilarse, Saavedra eligió como destino a Cuba, donde había un importante movimiento anarquista al que podía ser útil. Y en la isla dirigió otra publicación periódica ácrata, esta llamada simplemente Tierra. La revista circulaba por todos los puertos del Caribe, y a menos de tres días de su publicación ya se leía en Yucatán. Carrillo Puerto, quien como todos los yucatecos anarquistas, socialistas o simples revolucionarios de principios de siglo, conocía bien las publicaciones anarquistas españolas y cubanas, le puso Tierra a la revista encargada de la formación y orientación política de los militantes del Partido Socialista del Sureste y de las Ligas de Resistencia que eran su base social.

Y de esta manera Saavedra, quien como Garín publicó en la revista Tierra una serie de artículos titulada “La Inquisición en México”, que le valió la persecución por vía diplomática del inquisidor Porfirio Díaz, se incorporó a la política prerrevolucionaria y revolucionaria de un país que nunca visitó, pero con el que estaba estrechamente relacionado a través de los magonistas y otros anarquistas.

Quizá porque acabo de terminar una biografía de Carrillo Puerto, llamada Suku´un Felipe, que, como el Saavedra de Aurelio, también publicó el Fondo de Cultura Económica, encuentro una serie de paralelismos entre el andaluz y el yucateco. Abelardo fue un anarquista que no creía en los partidos, ni en las elecciones ni en los parlamentos ni en los gobiernos, mientras que Felipe encabezó un partido, participó en varias elecciones, fue diputado y murió asesinado cuando era gobernador de Yucatán.

Y sin embargo quizá porque ambos abrevaron en lecturas anarquistas de Bakunin, Kropotkin, Reclus… coincidían en sus convicciones libertarias. Entre estas la necesidad de colectivizar la tierra y en general los medios de producción; la importancia de la autogestión de la vida social; la defensa del amor libre, del feminismo y de los derechos de la mujer; la necesidad de controlar la natalidad; la educación racionalista en la línea de Ferrer y Guardia; el derecho de todos a la cultura; el respeto a la naturaleza…Y tanto el andaluz como el motuleño eran ateos, comecuras, abstemios y amantes del teatro.

He dicho que Saavedra es también el recuento de una pesquisa, de una investigación dirigida tanto a la historia política y social como al pasado familiar del autor. El libro empieza en el cementerio barcelonés de Montjuic, donde Aurelio busca una tumba que sin embargo sabe que no está porque, como buen anarquista, Saavedra pidió ser enterrado en la fosa común. En algún momento la exploración lo lleva a Madrid, a Sevilla, a Cádiz, a Villamartín, que es el pueblo donde nació el bisabuelo. Más tarde Aurelio va a Cuba y en México, donde reside, se adentra en archivos y estudios mexicanos que le permitieron documentar el affaire del ácrata Abelardo y el dictador Porfirio por la serie de artículos titulada La inquisición en México.

De un proceso de investigación que el autor califica de “espasmódico”, con movimientos como los del mar con “olas”, “resacas” y “mareas”, resulta un texto que se hace y rehace en varias ocasiones para concluir en un libro de 430 páginas que se devoran con gusto y facilidad. Y es que Aurelio se preocupa obsesivamente por el dato preciso y la verdad histórica, pero también por la verosimilitud del relato y la credibilidad del personaje. Lo que es asunto literario y no puramente historiográfico.

De su bisabuelo, Aurelio cuenta lo que sabe de cierto porque hay testimonios o documentos. Lo que no sabe de cierto, pero le parece necesario dramáticamente, lo inventa. Sí, lo inventa. Pero que no se alarmen los puristas: cuando algo no lo sabe, pero se lo puede imaginar y lo escribe, el biógrafo avisa: “Una escena semejante pudo haber ocurrido…”, dice en algún lugar; “se me antoja fantasear con que…”, dice en otro. Licencias narrativas, con las que en verdad no se violenta la historia, pues la historia es siempre relato y los relatos tienen sus propias reglas.

Y Aurelio escribe bien, muy bien. Es el suyo un estilo suelto, libre, desparpajado que no solo no evita los coloquialismos y las malas palabras, sino que los disfruta. “Fue un verdadero desmadre”, dice de una confrontación entre huelguistas y fuerzas del orden. Y seguro que lo fue.

Me gusta igualmente que nos muestre las fotografías que pudo encontrar y que las analice para nosotros. Y me gusta mucho que incluya lo que para algunos serían trivialidades. Como, por ejemplo, que al anarquista Saavedra le gustaban los churros remojados en café con leche.

Me parecen también un hallazgo las que no fueron, pero podrían haber sido palabras póstumas de Abelardo dirigidas a los doctores que no daban con su mal: “Es un gran consuelo morir tan sano”, dicen que dijo… Y se murió.

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