Domingo, mayo 26, 2024

Broche de oro con Gutiérrez

La temporada de 1990-91 ha sido de las más extensas en la historia de la Plaza México. Se vivía una especie de euforia, luego de la depresiva década del 80 –la que menos festejos mayores ha dado en la historia del coso capitalino–, y ese estado de ánimo trascendió del tendido a la arena, animando a los diestros a prodigarse con tal de ser no sólo partícipes sino verdaderos protagonistas de la fiesta, que eso y no otra cosa fue la primera temporada grande organizada por Alfaga SA, nombre que adoptó Televisa para su sección de negocios destinada a funcionar como  empresa de toros.

Y esa temporada, tan rodeada de buenas sensaciones como abundante en auspiciosos logros, tuvo por líder y triunfador indiscutible al hidalguense Jorge Gutiérrez Argüelles (Tula, 27.02.57), que en seis tardes sumó doce orejas y un rabo, trayectoria solamente interrumpida por una seria cornada en el vientre (09.12.90) que no pareció hacer mella ni en su ánimo ni en su tauromaquia. Había nacido en un antiguo poblado cuya zona arqueológica conserva, como señal de identidad sin paralelo en América, unos enormes monolitos en forma de atlantes, procedentes de los albores del período clásico de la cultura tolteca (s. II-VIII d.n.e), que aún hoy son la admiración de propios y extraños. Y tan altas cimas escaló Jorge en su arrolladora campaña de aquel invierno que se ganaría para siempre el apelativo de Coloso de Tula, alusivo a aquellas impresionantes figuras talladas en piedra, orgullo del México precortesiano.

Pertenece Gutiérrez a la última tríada de figuras de envergadura que ha producido la tauromaquia nacional, la formada por David Silveti, Miguel Espinosa y el aludido espada tuleño, citados por orden de antigüedad. Si el hijo menor del maestro Armillita representaba el temple y la clase por encima de cualquier otro atributo, y el de Juan Silveti Reynoso un estoicismo empapado en finura, a Jorge lo encumbró su probada tenacidad, apuntalada por una gallardía natural de muy buen corte y un valor de la mejor cepa. Artistas complementarios para una época que anunciaba ya el declinar de las excelencias taurinas de México, con el post toro de lidia como una amenaza cada vez más real.

Tarde ideal. Pero volviendo al cierre de la luminosa campaña 1990-91, vale rememorar el entusiasmo de la afición, envuelta en las delicias de una hermosa tarde de toros, intensamente azul el cielo y ocupados en su totalidad de los tendidos de la México, lo que se dice un entradón. El encierro de Real de Saltillo (Jorge Barroso), fino y cómodo en todos los sentidos, prometía casi tanto como la terna que partió plaza, integrada por José Mari Manzanares (grana y oro), Mariano Ramos (gris acero y oro) y Jorge Gutiérrez (negro y oro). Bajo ese ambiente de entusiasmo, expectación y luz empezó una corrida llena de contenido, que terminaría inclinándose por el diestro más en forma de la temporada. Ese dechado de voluntad torera nacido en Tula llamado Jorge Gutiérrez.

Mariano, fuera de combate. Fuerte embestía el segundo de la tarde, “Heraldo”, cumplidor en varas, rápidamente cambiado a banderillas a petición del torero de la Magdalena Mixhuca, que lo había lanceado bien sin excesos e inició su faena de muleta con evidente disposición. Pero “Heraldo” no traía fresas con crema, acaso le faltara un puyazo para asentarse y devino probón y calamochero. Se entabló entonces una cerrada pugna entre un torero poderoso y un animal desafiante; Mariano, muy seguro de sí, intentó meterlo en la muleta y obligarlo a seguir el círculo de los pases en redondo, el de Real de Saltillo se medio dejó dar coba y, en un parpadeo, frenó su viaje, sacudió la cabeza y se quedó con el hombre entre los cuernos. La paliza fue de órdago, se incorporó sin aspavientos el capitalino y aun consiguió robarle muletazos, incluso con la izquierda, a un astado que se estaba poniendo imposible. Y en cuanto lo despachó –de pinchazo y estocada, para escuchar aplausos fuertes–, se encaminó a la enfermería, de donde los médicos ya no le permitieron volver al comprobar que tenía fracturado el dedo mayor del pie derecho.

Manzanares, arte sin estoque. El domingo anterior, mano a mano con Gutiérrez, acababa de cuajar José Mari a “El Zorro”, precioso cárdeno de De Santiago al que desorejó; esta tarde íbamos a verlo torear todavía mejor, por temple, ligazón y gusto, al abreplaza “Relicario” y, sobre todo, al quinto del encierro, en sustitución del lesionado diestro de la Mixhuca. Varias tandas derechistas, recreándose a su sabor, alborotaron al tendido, sus remates –trincheras, firmazos, cambios de mano por delante, sabrosos pases de pecho– estuvieron todos impregnados de sabor y aroma, pero cuando tenía a la plaza encandilada y el triunfo a su alcance, una serie de pinchazos estropeó el cuadro y limitó el premio a una ovacionada salida al tercio. El cuarto, segundo suyo, fue un castañito insignificante, la gente lo protestó y José Mari optó por abreviar.

Lo que no impidió que, de vuelta en el hotel, el alicantino le declarara al reportero del ESTO que acababa de cuajar, con el cárdeno “Luz de Luna”, quinto de la tarde, su mejor faena en la México, plaza en la que toreó poco y no siempre a la altura de su propia importancia artística y la del coso Monumental, pero donde contaba con un público dispuesto a reconocer y admirar la suavidad de su arte y su inconfundible impronta torera.

El Coloso de Tula. Aunque llevaba varios años de plenitud no recuerdo una actuación más rotunda de Jorge que la de esta tarde marceña, en la que plantó su bandera con autoridad absoluta desde el primer lance y no la arrió sino cuando su espada tropezó con hueso en la anatomía del cierraplaza “Broche de Oro”, impidiéndole redondear un triunfo histórico.

Con su primero, “Veterinario”, se apoderó del toro y del público con la contundencia de quien pisa por la arena con seguridad y firmeza absolutas. No se entretuvo en averiguar las condiciones del burel –que resultó un noble colaborador– para endilgarle una preciosa serie de lances de recibo, llevarlo al caballo mediante rítmicas tapatías y pasárselo cerquísima en un bello quite por caleserinas. Y con la muleta, que era su fuerte, lo bordó, luego de llevarlo a los medios alternando los pases de trinchera con los de la firma, para ligarle allí cadenciosas y largas series por ambos pitones, cumplidamente rematadas con pases de pecho zurdos que alcanzaron su mayor expresión estética cuando venían precedidos por un escultórico molinete invertido. La fulminante estocada tuvo la virtud de nevar los tendidos, pero el juez desatendió la petición de rabo dejando el premio en las orejas de “Veterinario”, más dos aclamadas vueltas al ruedo entre una impresionante lluvia de prendas y ramos de flores.

No resultó igual de propicio “Broche de Oro”, un cárdeno nevado con mucho que torear. Pero Gutiérrez estaba desbordado, se apoderó del morlaco sin miramientos y terminó por cuajarlo como si de un bicho boyante se tratara, con un aguante, un temple y una decisión tan admirables que terminaron por arrancar del público el coro de “¡To-re-ro… To-re-ro!”, solamente acallado por un par de pinchazos previos al volapié que ponía fin a la arrolladora temporada del de Hidalgo, a quien las porras en el tendido y la prensa en pleno empezaban ya a proclamar nuevo torero de la Plaza México, heredero nada menos que de Manolo Martínez. Por lo pronto, el coro consagratorio volvió a resonar mientras los más entusiastas paseaban a Jorge en hombros y lo sacaban así de la plaza para prolongar el desfile triunfal por calles aledañas, mientras entre la multitud que se dispersaba predominaban esos semblantes beatíficos que dejan en el espíritu las gestas taurinas de rango superior.

Pero Jorge Gutiérrez no volvería a ser el mismo. Quizás un par de cornadas a destiempo. Quizás el desgaste que produce la cima, con sus altas exigencias y responsabilidades. El caso fue que, con el suyo, vino el declinar de los ases de su generación. Una generación sin sucesores, por más que la ilusionada afición empujara fugazmente hacia lo alto a otros toreros más jóvenes pero sin los arrestos de las figuras auténticas, surgidos en lucha desigual contra un medio autodestructivo y una bravura menguante.

Anécdota personal. Recuerdo que, para esa corrida, mi padre y yo sólo pudimos conseguir boletos de palco, que en la Plaza México están a nivel de la calle, lejos del ruedo. Nos tocaron de vecinos un médico cirujano y su esposa; él, aficionado desde la infancia, llevaba décadas residiendo en los Estados Unidos y no había vuelto a la Monumental ni pisado una plaza de toros desde la época de Joselillo, aquel malogrado novillero hispanomexicano que causara efímera sensación. Pero supo, con ojos alerta y mente sensible, degustar el toreo de un tiempo taurino no mejor ni peor sino distinto al suyo. Y lo evidenciaba su voz sin estridencias, inalterable el tono de una sabia y afable conversación.

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