Boliviano, pueblo para sí

“El golpe es promovido por la oligarquía boliviana (…) y cuenta con el total apoyo del Gobierno de Estados Unidos, que desde hace mucho tiempo está ansioso por expulsar a Evo Morales y a su movimiento del poder”.

Noam Chomsky.

El golpismo empresarial, militar, policiaco que derrocó al presidente constitucional Evo Morales en Bolivia acusándolo de fraude electoral con la OEA como comparsa, mostró lo único que puede ofrecer al pueblo boliviano: ambición de poder, engaño y violencia mortal para conseguirlo, adueñarse de los bienes del Estado, y represión para los movimientos y reclamos populares. Desconoció, y pretendió sacar del escenario político, la voluntad del pueblo para elegir gobernantes y darse formas propias de gobierno; quiso destruir la democracia. Las acciones violentas del golpe de Estado promovido por las élites empresariales agrupadas en el Comité Cívico de Santa Cruz, liderado por el empresario Luis Fernando Camacho -instigador de las protestas contra el presidente Morales acusándolo falsamente de cometer fraude electoral- generaron una crisis social en que perdieron la vida 36 personas provocando la renuncia del expresidente.


Nadie dudaba que atendiendo a logros y números en el manejo de la economía, Evo Morales contaba con amplio reconocimiento de ser un buen presidente; a pesar de ello, fue derrocado por presiones de los grupos de poder oligárquico empresarial. En abierta complicidad, la Misión de Observación Electoral de la OEA dijo haber advertido “serias irregularidades” en la elección que cuestionaban el triunfo de aquél; y los adversarios del presidente sostuvieron que el fraude había sido “evidente”. ¿Cuál de las dos afirmaciones –en realidad meras descalificaciones- fue planteada y probada ante autoridad competente que las juzgara y resolviera? Ninguna. Por el contrario. Un estudio del Center for Economic and Policy Research (CEPR), con sede en Washington DC, estableció: “…la misión [de la OEA] no proporcionó evidencia sustentando estas declaraciones que sugieren que el conteo rápido podría ser incorrecto o difícil de explicar”. En el informe sobre su análisis de la elección de 2019, el CEPR encontró: a) el conteo rápido al 83.85% de los votos dio como inmediato ganador a Morales con victoria de más de 10 puntos porcentuales; b) ni la Misión de la OEA ni ningún otro partido han demostrado que hubo irregularidades sistemáticas o generalizadas en la elección; c) ni el conteo rápido ni el conteo oficial exhiben cambios significativos en las tendencias de votación respecto a los resultados finales; d) el recuento oficial no se detuvo durante ningún periodo de tiempo significativo; y, e) no hay claridad sobre cómo las objeciones de la Misión de la OEA respecto al conteo rápido, afectarían al conteo oficial. (https://www.jornada.com.mx/ultimas/mundo/2019/11/12/estudio-muestra-que-no-hubo-fraude-en-boilivia-6845.html). Desde entonces estaba claro que en Bolivia, los objetivos del golpismo no apuntaban hacia un presunto retorno a la democracia sino, sencillamente, a la recuperación del poder político para las élites empresariales mediante el uso de la fuerza militar y policial.

La elección presidencial celebrada el pasado 17 de octubre y sus resultados indiscutibles con Luis Arce Catacora -candidato del partido Movimiento al Socialismo al que pertenece el defenestrado Evo Morales- obteniendo el triunfo con 55% de los votos, seguido por el expresidente centrista Carlos Mesa con 28.8%, y el empresario Luis Fernando Camacho con 14%, exhibió la necedad y desmesura política de los golpistas que, al mismo tiempo en que pisotean la voluntad del pueblo mediante el golpe de Estado, lo llaman a elecciones buscando su reconocimiento y legitimación. Toparon con pared: el pueblo boliviano, que con paciencia y sabiduría asimiló el golpe, ha ratificado su voluntad decidida y clara por continuar organizándose socialmente bajo el proyecto político interrumpido por el golpe. Sobre esta elección, destaca la actitud política mostrada por participantes y observadores: a) El Tribunal Supremo Electoral (TSE), al hacer la declaratoria de presidente electo, sostiene: “El resultado de las elecciones ha sido reconocido por los contendientes en un acto que nos honra y avalado por las misiones internacionales de observadores”; b) El Centro Carter reconoció la labor del TSE “que garantizó el pluralismo político y condujo con independencia, imparcialidad y transparencia un complejo proceso electoral que devuelve al país a la normalidad constitucional”; c) El representante de la Unión Europea felicitó a Luis Arce y al pueblo boliviano “por haber demostrado un fuerte compromiso con la democracia”; Estados Unidos se congratuló con el ganador desde el mismo día de la elección aún sin finalizar el cómputo; y la OEA y la ONU, al reconocer el triunfo, avalaron los comicios y descartaron un fraude”.

La discordia sobre estos nuevos resultados electorales la vuelven a introducir, como si alguna duda hubiera, los instigadores del golpe de Estado que convenientemente habrían preparado un escenario apropiado para defraudar la voluntad del pueblo de Bolivia. La masiva concurrencia a las urnas y la arrolladora tendencia de victoria para Arce, con muy amplio margen sobre sus contendientes, inhibieron la posibilidad del fraude que se orquestaba en dos tiempos: hacer aparecer cerrada la votación en la elección; y descarrilar a Arce en una segunda vuelta electoral para completar el golpe y rehacerse del poder. Ahora, ya con resultados oficiales, avalados por organizaciones nacionales e internacionales y hecha la declaratoria firme de presidente electo; el empresarial Comité Cívico de Santa Cruz declara que no reconocerá los resultados hasta que el TSE investigue supuestas irregularidades en la elección. Como medida de presión sacan a las calles a grupos de opositores al MAS a efectuar protestas contra los resultados.

Si en la elección constitucional de octubre de 2019 Evo Morales obtuvo 47.08% de votos, contra 36.51% de Carlos Mesa, y urdieron la acusación de fraude para echar abajo esa elección mediante el golpe; una especie de karma les  ha infligido una nueva derrota en la que Luis Arce, prácticamente, duplica los sufragios de Carlos Mesa, y cuadruplica los del empresario Camacho. En el más recóndito punto de su pensamiento -dominado por el interés económico, el clasismo y racismo- los golpistas no aceptan ni atinan a comprender por qué el pueblo boliviano les ha propinado esta contundente derrota. La respuesta aparece clara. El pueblo boliviano traspasó la barrera ideológica de ser pueblo en sí,  convirtiéndose en pueblo para sí; la más trascendente victoria conseguida. Tomar las riendas de su destino social para hacer efectiva la democracia, real y auténtica, siempre definida como poder del pueblo. Están en juego las decisiones políticas fundamentales de su Estado Plurinacional: rediseñar la organización económica de su sociedad, crear los mecanismos políticos para trazarla y la definición, búsqueda y selección de quiénes habrán de llevarlos a cabo. Cuentan para ello, como inspiración, con los modelos de organización social ancestral de sus pueblos originarios cuya cultura comunitaria les permitió desarrollar las formas de organización colectiva de lucha y resistencia política contra los embates del capital que los despojaba de las riquezas naturales de sus territorios, explotaba como mano de obra precarizada, condenándolos a vivir en la extrema pobreza y la ignorancia. Derrotando al golpismo se levantan como nación, como pueblo para sí, con plena conciencia de unidad humana y vocación por la paz. Han puesto en evidencia que los golpistas carecen de propuesta política para lograr una mejor convivencia social y que su único argumento para hacerse del control del poder estatal, es la violencia.