Balance somero de media temporada

Por supuesto que a uno le encantaría poderse referir a la marcha de la temporada chica de 2019 en la México, inexistente por desgracia. En su ausencia, queda agradecer que ni Pepe Arroyo últimamente ni la empresa de La Florecita hace algunas semanas nos hayan recordado que sin novilladas no hay futuro. Mientras tanto, las ferias de Huamantla y Teziutlán están a punto de dar comienzo, para solaz de la afición regional.

La temporada europea, en cambio, antes de entrar  en sus dos meses más activos, ya depara buen y abundante material para el comentario, incluida la mejor feria isidril en muchos años. Lo que sigue es un abordaje de estos cinco meses de toros a través de los principales protagonistas de la campaña española y francesa del 2019. Por razones de espacio –y salvo excepciones– solo tocaré su desempeño en las plazas y ferias clave.

 


Roca Rey. Se mantiene como llenaplazas número uno en pago a su invariable entrega y enorme capacidad torera, nunca desmentidas. Si en Valencia cortó tres orejas para salir en hombros y en Sevilla llegaron a pedirle el rabo de un  Cuvillo, en Madrid no solo abrió la puerta grande en su presentación isidril, sino a punto estuvo de  repetirlo con los de Adolfo Martín –se los deparó su participación en el combo y agotó el boletaje–, aunque en su tercera tarde los del 7 lo tomaron por blanco favorito de sus dardos. Hasta que, tras arrasar allí por donde pasaba, la lesión de cervicales que arrastraba hizo crisis en Pamplona y lo ha obligado a parar por tiempo indefinido. Para decepción de las aficiones de las ferias en puerta y desazón de las empresas afectadas, que cuentan con él como única garantía de lleno seguro en los difíciles tiempos que atraviesa la fiesta.

 

Paco Ureña. Un caso humanamente admirable al que la noble afición no ha dejado de mostrarse sensible. Con la afortunada coincidencia de un San Isidro en que los toros le embistieron de dulce y el lorquino pudo explayarse a gusto, con la tenacidad y el valor como armas principales y cuatro apéndices –repartidos en sus tres comparecencias– y una puerta grande como saldo. No hizo el mejor toreo de la feria, pero la gente respondió a su sincera entrega con la suya. Y eso le ha supuesto a Paco un impulso grande para el resto de la temporada.

 

El Juli. Pletórico durante 2018, ha mantenido la misma idea de torear poco y selecto, aunque con menos fortuna que el año anterior. En Madrid desdeñó el combo de Simón Casas pero entró al quite para suplir la ausencia forzada de Enrique Ponce. Y, sin triunfo, se hizo respetar, como en Valencia y en Sevilla. Sí ha salido avante en plazas menores, a favor de su enorme jerarquía y suficiencia torera.

 

Morante de la Puebla. Su política de contadas y muy escogidas apariciones apasiona a los fervorosos seguidores de su arte pero no ha conseguido derrotar su dispar fortuna en los sorteos. Y la excepción –sus cuatro tardes de Sevilla, en plan de derroche–apenas dio para un apéndice de última hora la tarde en que Pablo Aguado casi los borra a él y a Andrés Roca Rey . que como el de la Puebla rescató una solitaria oreja.

 

Pablo Aguado. Es, sin disputa, la revelación, la sensación y mayor aliciente del año para la afición, la crítica y las empresas. Sin alcanzar, ni de lejos, el nivel sideral de su consagratoria tarde sevillana (10.05.19: cuatro orejas de los Jandillas y la Puerta del príncipe más clamorosa de los últimos tiempos), se está justificando a base de una actitud responsable, aromatizada con solera añeja de finísima calidad. Ni triunfador a golpe cantado ni artista en espera de su toro, sin cortar nada fascinó en Madrid, donde sufrió una cornada, y a partir de las Fallas de Valencia ha sabido responder a la expectación allí donde se presenta, aunque se nota que no es torero ni para todos los toros ni para todos los públicos. Pero se columbra que será gente mayor en esto por cómo dice y mece el toreo, con naturalidad y sentimiento de cante grande.

 

Antonio Ferrera. Después de una largo y exitosa campaña invernal por México, sufrió en el río Guadiana un extraño accidente que casi le cuesta la vida. Y lo sobrevivió para presentarse transfigurado en San Isidro la célebre tarde los toros de Zalduendo en que cuajó al extraordinario “Bonito” y totalizó tres apéndices (01.06.19). Y por ahí ha continuado, acaso sin igualar aquel faenón memorable pero triunfando por donde pasa, incluso con par de toros indultados, el primero de ellos, de Vicjtorianod el Río, en Badajoz, su tierra adoptiva.

 

Miguel Ángel Perera. Sendas faenas en Servilla y en Madrid y una discutida puerta grande en Las Ventas, a cambio de la enemiga del presidente de la Maestranza, que limitó a una oreja su apoteosis sevillana, evidencian la madurez de este formidable muletero, no siempre bien tratado por la crítica… ni los sorteos.

 

Román. Un salto cualitativo importante, interrumpido por el cornadón de un marrajo de Baltasar Ibán en Madrid. Pero antes, allí mismo, gran faena a un adolfomartín, culminando una campaña de disposición y torería ejemplares. El joven temerario y un tanto burdo ha dado paso a un señor torero, con sentido del temple y las distancias. Ojalá que las cornadas no lo amilanen –varias lleva en el cuerpo, ninguna tan impresionante como la del último San Isidro– porque esa senda de entrega y depuración puede llevarlo lejos.

 

Sebastián Castella. En general, su actitud y resultados son los de un torero entre aburrido y atorado. Tres tardes en Sevilla –donde su apuntó a los Miuras, todo un rasgo–, otras tantas en San Isidro –también sin triunfo– y una tibia oreja en Pamplona así lo demuestran. Mucho más a gusto a su paso por cosos franceses. Pero en España ni bien ni mal, sino todo lo contrario.

 

Cayetano. Toreando bastante poco, cubrir como emergente la baja de Roca Rey le reportó cuatro orejas que lo convertirían en triunfador absoluto del ciclo más improbable: Pamplona y los sanfermines. La duda es si está dentro de sus posibilidades –y en su ánimo– mantener semejante paso en lo sucesivo. Él tiene la palabra.

 

Manzanares. Como El Juli y Morante se ha decantado por torear poco y escogido. Y no le va mal porque sobra torero, si bien, como el de la Puebla, no fue a Madrid, y sus éxitos no han alcanzado la repercusión de sus años grandes.

 

Luis David. A diferencia de su hermano Joselito, que cortó de tajo su temporada europea ante el franco ninguneo de las empresas, él ha permanecido en la brecha como el único representante mexicano, pese a que el trato de los taurinos y su brazo periodístico dista mucho de ser el adecuado, confirmando los peores antecedentes desdeñosos hacia la torería azteca. No pierde ni la ilusión ni el valor ni su buen pulso el joven hidrocálido, pero le está haciendo falta asestar ese golpe rotundo que le dé la vuelta a la tortilla. Muy bien en Olivenza y Pamplona, maltratado por el palco en Fallas, sin opciones en su única presentación sevillana y entregadísimo en Madrid, donde, como en Valencia, volvieron a negarle un apéndice masivamente solicitado y un Zalduendo a punto estuvo de partirlo en dos. Sobresaliente en Istres (16.06.19) la tarde en que dicha plaza francesa homenajeó al México taurino con un festejo al que El Juli, Castella y Luis David se presentaron vistiendo el atuendo charro, aprovecharon de lujo a los de Victoriano del Río y salieron en hombros. Veremos cómo le va en Bilbao.

 

Y más. En el tintero se han quedado toreros tan buenos como Diego Urdiales y Emilio de Justo, con menos fortuna este año, aunque están también aquellos que por razones diversas dieron un paso atrás. Todos; sin embargo, tendrán ocasión de enmendarse en lo que resta de una temporada cuya segunda parte mucho promete, a tenor con lo visto hasta ahora.

 

El ganado. Si los triunfos están menudeando en buena parte se debe a que los esmerados cuidados ganaderos de los últimos tiempos están rindiendo frutos excelentes. A Victoriano del Río, Jandilla, Nuñez del Cuvillo y Garcigrande se les han unido Zalduendo y Santiago Domecq, enormes en San Isidro. Y un Adolfo Martín muy venido arriba, hasta el punto de superar a Victorino. No son los únicos hierros que están dando buenos resultados pero sí los más descollantes. La casa Miura, en cambio, empeñada en la crianza de animalones decimonónicos, lo único que garantiza son percances tan graves como el de Rafaelillo en Pamplona.