¿Autogolpe en Estados Unidos?

Aún recuerdo aquel, ahora lo sé, fallido comentario no sé qué tan jocoso o profético era, que decía, más o menos, así: en Estados Unidos nunca podrá haber un golpe de Estado por la sencilla razón de que no hay una embajada estadounidense en Washington. La sonrisa surgida de tal sentencia, era resultado de saber imposible un golpe de Estado en el país que ha sido un incansable promotor de ese procedimiento para desplazar, en diversas partes del mundo, a gobiernos insumisos, incluida Nuestra América que ha padecido golpes de Estado con frecuencia, ocasionando grandes dolores a la población ya que se utilizaba a los militares para llevarlos a cabo y terminaban imponiendo largas y sangrientas dictaduras, como la de Pinochet en Chile o la de Videla en Argentina, entre otras muchas. Bajo el neoliberalismo, el desprestigio y poca legitimidad de este tipo de golpes en América Latina. terminaron por ser sustituidos por los llamados “golpes de Estado blandos”, en los que el ejército no aparece como protagonista, sino que se utiliza a los congresos, o poniendo al Poder Judicial al servicio de los golpistas, a fin de desplazar “legalmente” a las autoridades legítimas, como ocurrió en Brasil.

En Estados Unidos, el presidente Trump decidió no reconocer el triunfo de Joe Biden y decidió ir por la vía que los gobiernos de su país han seguido en muchas partes del mundo: dar un golpe de Estado, convocando a sus seguidores a tomar el Congreso el seis de enero. Existe la idea generalizada de que esta tentativa desesperada por subvertir el orden constitucional liberal estadounidense fracasó rotundamente, aunque poco se remite a los votos alcanzados por Trump en las elecciones de noviembre. Vale recordar que, apenas en 2016, Trump obtuvo 59’505,613 sufragios, con lo que llegó a la presidencia; ahora, en noviembre, logró atraer el voto de más de 72 millones de norteamericanos, la mayor votación obtenida por un presidente estadounidense en funciones, pero no le alcanzó para continuar en la Casa Blanca, sin embargo, el incremento de casi 13 millones de votos en su favor en sólo cuatro años no es un dato menor y su significado es imprevisible por su composición, que incluye a conservadores, derechistas, supremacistas, neonazis, antinmigrantes, anticomunistas, minorías violentas y creyentes en todo tipo de teorías de conspiración contra la “grandeza de su América”.

(https://newsweekespanol.com/2020/11/trump-presidente-funciones-mas-votos-populares/).


El antecedente inmediato es que, durante los 4 años del gobierno de Trump, la violencia callejera y la represión autoritaria por parte del Estado contra los sectores progresistas, ha sido y sigue siendo una parte visible de la estrategia de Trump para crear las condiciones organizativas y políticas en busca de la legitimación de una extrema derecha parlamentaria (que impidió el juicio político contra Trump y apoyó todas las acciones que han pretendido destruir la revolución cubana y la bolivariana) y extraparlamentaria (la agresión de los grupos armados contra Black Lives Matter y los incendios de Oregon), para fortalecer la fracción de la burguesía que apoyó todo el tiempo a Trump hasta las últimas elecciones en que lo abandonaron en su aventura golpista. derecha extrema que operó constantemente para inhibir a la izquierda y evitar su ascenso, lo cual logró al impedir, aliándose a todo el establishment, la candidatura de Bernie Sanders a la presidencia. Ciertamente se puede dudar de la coherencia ideológica de esa derecha, pero no se su profundidad social que en noviembre pasado logró atraer a más de 72 millones de votantes.

Además, la violenta incursión al Capitolio el 6 de enero, alentada por Trump y unida a los esfuerzos de los senadores republicanos cercanos al presidente para anular el resultado de las elecciones, no podría haber tenido lugar sin la connivencia de la policía de Washington. Se sabe que 40 policías en todo el país han sido acusados con algunos cargos menores por su participación como civiles en la aventura golpista y que otros muchos han sido acusados de acciones ilegales. Sin duda, si se hubiera tratado de cualquier otro movimiento de protesta no emprendido por la derecha, habría sido repelido y reprimido con una violencia desproporcionada, como ocurrió con el movimiento Black Lives Matter y otros del mismo corte; aún más, si el resultado, tanto del voto popular como el del Colegio Electoral, hubiera sido apretado, las protestas serían mayores y más violentas. sin embargo, los resultados de las elecciones lograron desmovilizar a una parte importante de la base popular del todavía presidente.

Falta, sin embargo, todavía falta ver lo que Trump y los trampistas hagan de aquí al 20 de enero; por eso la urgencia de Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de representantes, que exige la renuncia de Trump, luego de que la primera idea, de que el vicepresidente y el gabinete invocaran la Enmienda 25 para destituir a Trump por incapacidad de gobernar, no prosperó.

Pelosi, ha impulsado ahora, con un doble propósito, el segundo impeachment contra Trump que, a diferencia del primero cuando el presidente fue indultado por el Senado, esta vez existen indicios de que la medida sería apoyada por 17 senadores republicanos requeridos para que, junto con los 50 senadores demócratas, se alcance la mayoría calificada necesaria para expulsar a Trump del poder. Aun si el proceso de juicio político se prolonga más allá del fin de su mandato, el 20 de enero, en caso de ser declarado culpable estaría impedido de por vida a ocupar un puesto federal, por lo que no sería posible –como ha dicho Trump- presentar su candidatura en 2024, el resultado del juicio político se lo impediría. Es difícil prever que harán Trump y los trumpismo en estos días, pero el mundo estará expectante y en vilo.