Lunes, enero 19, 2026

Apuntes desde Chile

La semana del 8 al 14 de septiembre se vivió intensamente en Chile. El 11 se conmemoró un hecho doloroso en la historia del país y en el alma nacional: el Golpe que derrocó, hace 40 años, al presidente Allende y que provocó su muerte.

El triunfo de Salvador Allende fue el hecho político, nacional e internacional más importante en la década de 1970 y se proyectó en el mundo con un impacto inusitado para la tradición de nuestro pequeño país. Allende, que duda cabe, traspasó la cordillera con una fuerza que alcanzó a países, pensadores e intelectuales que vieron en la experiencia chilena la posibilidad de iniciar un camino socialista en democracia, pluralismo y libertad.

Esto alertó de inmediato la conspiración orquestada desde Washington, cuyo propósito, de acuerdo con una investigación del propio Senado de EU, fue “hacer crujir” la economía chilena para precipitar el fracaso de nuestra experiencia revolucionaria.

Esto se tradujo en el asesinato del comandante en jefe del Ejército y otros generales constitucionalistas, para generar un clima de desestabilización y alarma alimentado por las cadenas de información y periódicos de la derecha criolla, fórmula que se ha repetido en varios países de nuestra sufrida América. El colapso económico, el desabasto y los paros de los grupos corporativos de la derecha, fueron el acompañamiento cotidiano de aquellos días pregolpe, con los aportes en dinero que hizo la CIA, como lo han señalado ahora los documentos desclasificados.

Lo más irritante que configura esta paradoja histórica es que el presidente Allende había señalado categóricamente, en más de una oportunidad, que la revolución chilena, para ser posible, no podía ser ni como la revolución en Rusia, ni en Cuba, ni en China, sino que para que fuera posible esa revolución chilena “con sabor a empanadas y vino tinto”, tenía que responder profundamente a las realidades y circunstancias de nuestro país. Se trataba de una camino distinto al que proporcionaba la imagen revolucionaria que teníamos algunos jóvenes de aquella época: hacer posible que en democracia se vivieran los ideales del socialismo, construir la justicia social en el marco constitucional existente, sin alterar la libertad de expresión, con respeto a las fuerzas políticas, con pleno funcionamiento del Congreso Nacional, con alternancia en el poder, con realización periódicas de elecciones.

Hay que recordar el discurso de Allende en la Universidad de Guadalajara, donde llama a terminar con la dependencia y la pobreza mediante la profunda participación social, mediante el compromiso de todos en la tarea social pero siempre, en el marco democrático.

Pero ¿por qué los acontecimientos desencadenados a partir de septiembre de 1973 siguen tan presentes en Chile y tan vivo el dolor que provocan?

Los chilenos que vivieron el exilio en Europa, no percibieron una situación semejante respecto de la Segunda Guerra mundial, por ejemplo, cuando llegaron allá unos 30 años después de su término. Los sufrimientos humanos habían sido gigantescos, pero los responsables históricos estaban claros, se había avanzado mucho en el logro de la justicia y probablemente eso permitía que la sociedad pudiera mirar adelante. En cambio, el Golpe de 1973 en Chile funciona, en nuestro país, como lo que el psicoanálisis denomina un trauma no superado, que se transmite además a las nuevas generaciones. Ocurre que no ha habido aún esclarecimiento de los hechos, ni menos procesamiento de los asesinos ni castigo por los actos de atropello y vejamen a tantas mujeres y trabajadores. Los pocos condenados viven en una cárcel que parece hotel, fórmula a la que se tuvo que llegar para así al menos tener entre reja a algunos criminales. Pero son muy pocos. Por ello, estos 40 años han generado una ola, mejor dicho, un tsunami de protestas, videos, nuevos documentos y entrevistas que una y otra vez muestran el horror de esos años y reclaman justicia.

En fin, hemos vivido nuevamente un 11 de septiembre que está muy presente en nuestra memoria desde hace 40 años. El mismo 11, acudimos a la estatua de Allende, a pocos metros del lugar en que falleció, y en la noche al estadio nacional, lugar de detención de 3 mil “enemigos”. La presecia de pensadores de todo el mundo, intelectuales que vienen a rendir también homenaje a ese gigante libertario, deja claro que su imagen no se borrará fácilmente y que, pese a los llamados de la derecha a “terminar con estos recuerdos que lo único que hacen es dividir a los chilenos”, Allende seguirá siendo la principal figura de nuestra historia. Su grandeza moral es infinita al lado de la pequeñez de los traidores y asesinos. En fin, la semana estuvo cargada de recuerdos, emociones y encuentros con viejos amigos con los que nos tocó vivir ese momento.

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