Apetito

Hablar de apetito es referirnos a un concepto extremadamente complejo, pues no solamente podemos orientarlo hacia la satisfacción: del deseo, el gusto, la ne-cesidad imperiosa o la avidez, dentro de muchas otras percepciones. La visión de esta palabra referida a la complacencia del hambre, es percibir un fenómeno de índole psicológico, biológico, social, am-biental y hasta político, pues en una pa-radoja realmente brutal, en este momento hay gente en el mundo que se encuentra, falleciente, de hambre.

Todo organismo tiende a mantener un equilibrio estricto dentro del cual a la luz de conocimientos actuales se revelan ar-gumentos fascinantes desde el punto de vista esencialmente biológico en términos del concepto de equilibrio.

Almacenamos grasa como un mecanismo protector ante eventuales condiciones de escasez de alimentos y esto se fue generando evolutivamente desde los orígenes humanos. Uno podría deducir que el hambre disminuiría en la medida en la que se acumula esa incómoda cantidad de tejido adiposo principalmente en la panza. Sin embargo, todos sabemos que no es así y con esto podemos deducir que prácticamente no existe en el or-ganismo una condición reguladora del hambre que establezca un control entre la acumulación de grasa y el apetito. En efecto, la pérdida de peso y la falta de elementos energéticos pueden estimular la necesidad de comer; pero los mecanismos que impulsan o inhiben el apetito son extremadamente complejos y se re-flejan en el gravísimo problema de obesidad en los seres humanos o el no me-nos grave inconveniente de la anorexia.


La modulación del hambre nos lleva a saciarnos entre una comida y otra, fe-nómeno conocido como apetito episódico y por otro lado, la necesidad de co-mer de un día para otro, lo que se conoce como apetito tónico. Hasta aquí todo pa-rece ser bastante claro; sin embargo, desconocemos por qué, ante situaciones de tensión, ansiedad, gozo desmedido o incluso depresión, en algunas personas, se altera el impulso por comer bajo la condición de voracidad o el desgano por llevar algo a la boca.

Aparentemente el conservar un peso estable, mantiene la, digamos “tasa me-tabólica” en condiciones que tienden al equilibrio, considerando el tamaño de las porciones que se desea consumir, el gasto de calorías o la frecuencia de consumo de víveres. Esto tiene como fin fundamental, mantener los niveles de nu-trientes requeridos para que energéticamente podamos vivir. Pero por una serie de razones, se da una ruptura de este proceso de ingestión y gasto, que culminará en obesidad o en desnutrición.

Somos omnívoros y aunque esta fa-cultad de comer de todo pudo haber constituido un beneficio en un inicio del desarrollo poblacional, en el actual en-torno de comidas accesibles, altamente procesadas, con variedad en sabores y colores que imprimen un atractivo sensorial, se provoca una tendencia al consumo excesivo y con esto, caemos en un verdadero estado de vulnerabilidad alimentaria que nos predispone a la obesidad desde etapas muy pequeñas en edad. La programación biológica que originalmente fue dándose en el plano evolutivo, se ha convertido en un fenómeno proyectado, de acuerdo a elementos de-finidos que gradualmente se han alejado de lo natural.

Saber cuáles son los impulsos motivadores que precisan nuestra alimentación constituye un verdadero reto en la actualidad. Definir la serie de interacciones que determinan los patrones de comportamiento alimenticio incluyendo lo que nos excita o lo que nos inhibe en el apetito, va mucho más allá de la comida en la apariencia. Las complejas acciones recíprocas entre lo que nos llevamos a la boca o lo que alejamos de ella nos marca puntualmente, diversos procesos que van más allá de una simple visión nutricional y energética.