Martes, junio 25, 2024

Amenazas de censura en Puebla y Tlaxcala

Destacamos

La censura es un instrumento del poder que se mantiene activo desde tiempo inmemorial, pese a la ilusión de libertad que las modernas constituciones preconizan. A lo largo de la historia, se ha censurado en nombre de principios religiosos, morales, cívicos, artísticos, civilizatorios, de estado. Pero siempre hubo detrás una razón política. Lo que equivale a decir que operaba a la sombra el afán bien de obtener, bien de preservar o acrecentar el poder del sujeto censurador.

Es innegable que para cuidar la salud pública o librar a las generaciones más jóvenes de influencias malignas están justificadas determinadas prohibiciones, de manera muy notoria –y muy actual– el acceso a la pornografía o al consumo de determinadas sustancias, lesivas a la salud física y mental de la persona. Sabedores de esto, quienes abiertamente pugnan por la abolición de la tauromaquia han incluido en su argumentario la peregrina ocurrencia de que asistir a una corrida de toros tiene el efecto de insensibilizar a los infantes, almas inocentes que al presenciar la tortura y muerte de un pobre animal van a incorporar a su formación del carácter el desprecio por la vida, inoculando inadvertidamente en su espíritu el virus de la crueldad, mientras fecunda progresivamente en ellos la oculta convicción de que un recurso aceptable y eficaz para la resolución de conflictos –o como simple entretenimiento sádico– es la agresividad en su estado más primitivo y brutal. Que sería, en síntesis, la versión única que de la tauromaquia admiten sus y nuestros censuradores.

Desde luego, si ésas fuesen las consecuencias irremisibles del gusto por las corridas, los cosos taurinos serían un hervidero demencial de gente socialmente peligrosa. Y escenario frecuente de reyertas y algaradas propias de circo romano, con el derramamiento de la sangre del toro como incentivo del de sangre humana, llevado a cabo empírica o simbólicamente incluso en la vida personal de los asistentes a unas prácticas que, de arrojar semejante balance, sería efectivamente de desear que desaparecieran. (Cualquier aproximación del escenario descrito a lo que efectivamente ocurre en ciertos estadios deportivos, o con cierto tipo de atletas cultivados en la violencia extrema, es pura coincidencia).

 

Peculiaridades de la taurofobia

 

Pero la realidad es menos lineal, menos simple de lo que a los taurfóbicos por lo visto les agradaría. En otra ocasión creo haber desmenuzado para esta columna algo sobre los traumas ligados a las fobias, que son, en síntesis, una respuesta fundamentalmente irracional, que supone la suspensión de las facultades de discernimiento, bruscamente reemplazadas por el impulso a escapar con horror del objeto abominado.

Lo que marca la diferencia entre cualquier otra clase de fobia y la de quienes tienen al toreo como objeto de la suya propia –y ninguna fobia es, en principio, censurable o punible, al no ser responsable de la misma quien la padece–, estriba en que, mientras no existe fobia corriente que mueva a la persona sensata a solicitar la supresión del objeto de la suya –nos quedaríamos sin cirujanos si la fobia a la sangre generase hordas de activistas fanatizados al estilo de los antitaurinos–, la taurofobia ha provocado un extendido movimiento en favor de la supresión radical y definitiva de la tauromaquia. Esta tendencia difiere de los antiguos intentos abolicionistas y prohibicionistas relacionados con el tema taurino en que al actual lo potencian las famosas redes sociales, y está siendo aprovechado por diversas fuerzas políticas que hacen un uso oportunista del asunto, ya para incluirlo en sus agendas electorales, ya como elemento distractor ante su impotencia o falta de voluntad para afrontar problemas sociales realmente acuciantes. Y aquí la lista puede ser todo lo extensa que se desee, pues puede abarcar desde la pobreza extrema a la educación, y desde la inseguridad pública al deterioro de los ecosistemas naturales de cuya integridad depende la vida, tanto de la especie humana como de otras muchas del reino animal.

 

Caso Puebla

 

Leo en la prensa que Puebla es el segundo estado de la República en legislar sobre maltrato animal. Como quedaron exentas de penalización en dicha ley las corridas de toros, la charrería y las peleas de gallos, entre otras manifestaciones de la cultura vernácula, se trataría, en suma, de un movimiento mascotista, pues tampoco se menciona nada relacionado con el notorio maltrato y muerte de aves y mamíferos para el abasto humano en rastros y criaderos diversos.

No obstante, varios diputados del Congreso poblano se han dedicado a lamentar públicamente la mencionada y expresa exención de la fiesta brava, aduciendo las sinrazones de costumbre, tan huecas de sustento como tenazmente repetidas a impulsos ya de la fobia mencionada, ya del interés político de unos cuantos (y en esto son campeones los del Partido Verde Ecologista de México, que ni es verde ni es ecologista ni pertenece a los ciudadanos de este país, sino a una camarilla de aprovechones, partidarios de la pena de muerte).

Convendría, no obstante, que taurinos y taurófilos estuviéramos conscientes de la necesidad de reaccionar en consecuencia, porque la influencia del antecedente abolicionista catalán es poderosa, como lo es también el redismo social, mayoritariamente en manos de adolescentes desocupados y sagaces agentes comerciales y políticos, siempre dispuestos a engancharse a cualquier campaña que les resulte redituable o gregariamente excitante y atractiva.

Caso Tlaxcala

A diferencia de la ley expedida por el Congreso del estado de Puebla la semana anterior, en la vecina Tlaxcala se ha extendido –más en los medios que en la calle, siguiendo otra de las constantes perversas del antitaurinismo– un movimiento tendiente a la supresión de las corridas de toros. Previsiblemente apoyados en consignas del tipo “Toros si, toreros no” –ya nos explicarán sus jaleadores cómo podría sobrevivir la especie toro de lidia sin corridas de toros–, y nucleados en torno a asociaciones protectoras de animales, portadoras de una idea noble que es pasto muy frecuente de contradicciones e hipocresías.

No dudo que haya proanimalistas sinceros entre los participantes en este brote abolicionista, por cierto sin antecedentes conocidos en el estado de Tlaxcala, la entidad con más ganaderías de bravo del país. Pero es claro, por sus características y su coincidencia en el tiempo, que está ligado a los conflictos postelectorales surgidos a raíz de la apretada victoria del matador Rafael Ortega en los comicios del pasado día 7, en los que obtuvo, según el recuento oficial, la presidencia municipal de Apizaco. Como su ventaja sobre el candidato del Partido Acción Nacional (PAN) fue mínima –siete votos apenas– es explicable la inconformidad y el activismo del derrotado y sus partidarios. Lo que no resulta ética ni moralmente admisible es la referencia –directa o indirecta– a la profesión del alcalde electo como recurso para menoscabarlo y azuzar incautos en su contra.

Y olvide usted la paradoja de que la Tauromaquia de la semana anterior aludiese la filiación políticamente conservadora de la mayor parte de los actores de la fiesta brava, pues en este caso es el partido conservador por excelencia el que intenta mover a las masas en contra de su oponente, haciendo resaltar su condición de matador de toros. Es decir, insinuando que se trata de alguien esencialmente cruel, insensible e indeseable. Carambola simple que ni siquiera merece llamarse subliminal, dado lo burdo de la relación propuesta.

Pero que se trate de una muestra más de desesperación que de astucia política no impide que, como en tantos otros casos, la fiesta de toros sea el objeto expiatorio de la furia social que irresponsablemente se pretende desatar. Es precisamente por esto que se extraña la reacción organizada de quienes amamos la fiesta y sabemos, como José Tomás acaba de expresarlo en la presentación de su Diálogo con “Navegante”, que la buena defensa de la tauromaquia pasa por divulgar explícitamente la realidad de sus contenidos mítico y ritual, ético y estético. Habría que hacerlo, estableciendo de paso distancias con la intolerancia, agresividad y ausencia de buenas razones, únicas armas que la taurofobia conoce y esgrime con ferocidad digna de mejor causa.

Por cierto, al colega tlaxcalteca Yassir Zárate Méndez, con quien compartimos espacio en esta La Jornada de Oriente, y que entre otras lindezas nos hace el favor de llamarnos manipulados y extraviados en la patética contemplación, para colmo reflexiva y gozosa, de una práctica atroz, cruel y soez, habría que aclararle que mientras los autores de Bastardos sin gloria o Rescatando al soldado Ryan  tuvieron el claro propósito de ilustrar la estupidez e inhumanidad de la guerra, leit motiv de éstas y otras películas y obras antibélicas bastante mejores, los García Lorca, Goya, Hemingway y demás manipulados y envilecidos artistas, lejos de censurar el tema taurino, supieron encontrar en él legítima inspiración, y dedicaron conscientemente sus obras a exaltarlo. Evidentemente, eran conocedores y degustadores del toreo, y estaban persuadidos de sus valores profundos y claramente motivados por ellos. Diferencia que, como digo, no es poca.

Evidentemente, ellos y su obra ilustran la distancia existente entre el saboreo del arte de torear y su deliberada satanización, hija de la taurofobia y la ignorancia, avivadas no pocas veces por la mala fe.

 

Efemérides

 

Se cumplen hoy 79 años de que, el domingo 29 de julio de 1934 y en la plaza Monumental de Barcelona, Fermín Espinosa “Armillita” cuajara, con un toro de Justo Puente de nombre “Clavelito”, tal clase de lidia –tres tercios cumbres, con un faenón por naturales como su instante cimero– que el público obligó al presidente a premiarla con las orejas, el rabo, las cuatro patas y las criadillas del zaino colmenareño, ejemplar de bravura y nobleza a la altura del acontecimiento. Alternaba el por entonces muy joven maestro de Santillo nada menos que con Juan Belmonte y Marcial Lalanda. Y nadie ha vuelto a obtener de un toro tal número de apéndices.

Y mientras esto ocurría en Barcelona, en la plaza de Madrid otros dos mexicanos, los novilleros Lorenzo Garza –de Monterrey– y Luis Castro “El Soldado” –de Mixcoac–, protagonizaban otra tarde histórica. Como el otro espada, Cecilio Barral, fue herido por el primero de Torre Abad, Lorenzo y Luis sostuvieron un forzado mano a mano que se saldaría con ambos en hombros, El Soldado luego de cortarle el rabo al cuarto novillo, Lorenzo tras desorejar a dos de los suyos, habiendo estoqueado a cuerpo limpio al último de ellos como réplica al volapié propinado por Luis al de su enorme triunfo, cuando prescindió de la muleta para valerse de un simple pañuelo.

Tiempos gloriosos en que la tauromaquia mexicana impactó de tal manera en los públicos españoles que los toreros de allá no encontrarían mejor remedio que urdir un boicot para deshacerse de tan indeseable competencia.

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