Sábado, mayo 25, 2024

Alimento divino

El número más reciente de la revista Arqueología Mexicana, está dedicado a “La Sangre en el México Antiguo”, como anticipaba la semana anterior. En esta ocasión hablaré precisamente del significado de la sangre tanto para los nahuas como para los mayas, de su extracción vía el sacrificio y el autosacrificio y de su importancia para la cosmovisión mesoamericana. La sangre, ese vital líquido que circula por nuestras venas y que baña a nuestro cuerpo de nutrientes, ha sido una sustancia fundamental para, me atrevería a decir, prácticamente todas las culturas de la historia de la humanidad. Esto es porque en esencia nadie puede vivir sin sangre y es algo que, de una forma u otra, circula en los cuerpos de todos los seres vivos que conocemos. Relacionarla con mitos de diversa índole sería una consecuencia lógica del pensamiento humano y de la construcción de cualquier religión. Las mesoamericanas no serían la excepción y, para estas en específico, la sangre sería quizá uno de los elementos más importantes como ofrenda a las deidades de su panteón. En efecto, sea que proviniera del sacrificio animal, del autosacrificio o de plano, del sacrificio humano, el líquido vital sería la ofrenda más importante que individual o colectivamente las diferentes culturas mesoamericanas brindarían desde el periodo Preclásico -si no es que mucho antes-. Según afirma Elena Mazzeto en la introducción al dosier de la revista Arqueología Mexicana que comentamos, en “los ciclos mitológicos del México antiguo la sangre desempeñaba un papel protagónico, al ser el líquido vital que alimentaba a los dioses y ponía en marcha los movimientos del cosmos. Su derramamiento en actos de autosacrificio o de sacrificio humano o animal también tenía una función creadora primordial. (…) Como en el relato sobre la creación de la Tierra, la entrega de alimento, en este caso generada por el derramamiento de la sangre, es la condición necesaria para poner en marcha los ciclos del universo, para que se instituya el intercambio: sangre a cambio de la alternancia indispensable entre luz y oscuridad, entre temporada seca y temporada de lluvias”. Se trata pues, de una ofrenda que alimenta a las deidades y que fortalece ese “contrato” entre mortales y las entidades que los mesoamericanos consideraban daban origen y orden al cosmos y otras más, quizá menores, pero importantes para el día a día de las comunidades. Era tan importante que, como hemos comentado, se le relacionaba con la guerra como forma de cacería de cautivos para el sacrificio y como una manera en que gobernantes, al menos para los mayas clásicos, contribuían a la fertilización de la tierra. Según una ponencia dictada por la Dra. Gabriela Rivera en el Congreso Internacional de Mayistas de 2023 en Ciudad de México, es común encontrar representaciones de gobernantes parados sobre cautivos que han “sembrado” para otorgar fertilidad a los cultivos de sus gobernados.

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En este sentido, encontramos que la sangre se encuentra relacionada con mitos de origen de la humanidad íntimamente ligados con la fertilidad. Según nos comenta Mazzeto, en “la Leyenda de los Soles, Quetzalcóatl bajó al Mictlan para recuperar los huesos de la humanidad de las eras pasadas, con el objetivo de volver a crear al ser humano. Después de varias peripecias, logró llevar los huesos rotos a Tamoanchan, donde la diosa Quilaztli los molió en un lebrillo de chalchihuite. Posteriormente, la Serpiente Emplumada se sangró su miembro viril sobre el lebrillo, y todos los demás dioses hicieron penitencia. La mezcla de los huesos rotos y de la sangre permitió engendrar nuevamente a la humanidad”. El poder fecundador de la sangre divina al ser vinculada al autosacrificio, concretamente del sangrado del pene, tiene una relación con la vitalidad del preciado líquido con la que encontramos en el semen. En la cosmovisión maya, por ejemplo, según nos reporta Manuel Alberto Morales Damián en su artículo “Árbol adentro: la sustancia del cosmos” (2006), publicado en la revista Cuicuilco, “los líquidos dentro del árbol, que en ocasiones vemos correr al exterior de la corteza o en las hojas, han sido asimilados al agua, la sangre, la leche o el semen; es decir, se les considera sustancias asociadas con la vida, la fuerza y la procreación”. Por tanto, la relación guardada entre los líquidos vitales del cuerpo, incluida la sangre, por supuesto, es peculiar, pues, más allá de su función “natural”, vemos en ella una función mítico-social-cultural, todo junto en un complejo sistema que no sólo incluye la creencia, sino que se integra en el devenir cotidiano de los mesoamericanos y, quizá de sus herederos en el presente. Otra relación compleja es la que guarda la sangre con el agua, ambos líquidos vitales, ambos fundamentales para que el orden social prevalezca. Juan José Batalla Rosado, en otro ensayo perteneciente al dosier que la revista que comentamos afirma que en “concreto, la figuración de la sangre en las culturas prehispánicas de tradición Mixteca-Puebla derivaba de la representación estilizada del agua, pues ambos elementos tenían la misma importancia para estas sociedades. Agua y sangre se reflejan mediante un líquido de color azul y rojo, respectivamente, que generalmente se acota con una línea negra. En su fluir forma chorros o regueros que normalmente finalizaban en caracolillos circulares y puntiagudos, en el primer caso, y en círculos de color turquesa en el segundo, como indicativos del chalchíhuitl, ‘piedra preciosa’. Así, la sangre (eztli: término genérico en náhuatl) recibía también el nombre de chalchíhuitl, ‘agua o líquido precioso’, como resultado de la unión de chalchíhuitl y atl, ‘agua’ (Reyes-Valerio, 1989, pp. 72-73)”. El jade, para las culturas mesoamericanas, pero especialmente para los mayas, representaba el agua, la vida, la fertilidad y se asociaba con el poder. Se han encontrado punzones elaborados con jade que fueron utilizados para el autosacrificio de las elites gobernantes. Su relación es indudable.

De todo esto me surgen varias reflexiones que considero debemos puntualizar. Primero que nada, espero que le haya quedado claro a quien lea esto que ni la sangre, ni su relación con la fertilidad, la vida, el semen, la sabia, la saliva y el agua, ni cualquiera de estas sustancias por separado, significaban para estos pueblos lo mismo que para nosotros. Por tanto, no podemos analizar su uso, representación, registro y extracción (vía sacrificial) con categorías occidentales, como suele hacerse. De hecho, coincido con Alfredo López Austin al afirmar en su capítulo “Sobre el Concepto de la Cosmovisión” publicado en el libro “Cosmovisión Mesoamericana” (2015) que “quienes la estudiamos [la tradición mesoamericana], tro­pezamos frecuentemente con problemas teóricos por la aplicación de modelos pretendidamente universales que han sido construidos desde una lejanía considerable. La realidad mesoamericana no posee una condición especial de ajenidad frente a las demás realidades sociales del pasado o del presente. El problema de aproximarse a ella por medio de la aplicación de modelos ‘universales’ es que éstos fueron forjados en contextos muy diferentes, sin tomar en cuenta una buena parte de la historia humana en la que se encuen­tran comprendidas las tradiciones americanas”. Por tanto, el punto de partida tiene que ser otro, no nuestros prejuicios provenientes de nuestras construcciones morales occidentales y cristianas. Todavía me sucede en clase que más de uno de mis estudiantes se incomoda cuando pronuncio palabras como semen, pene o fertilidad; ya no digamos ante el autosacrificio, sacrificio, o la antropofagia ritual. Como lo he dicho en otras ocasiones, tanto el sacrificio humano, como el consumo ritual de carne humana existieron en Mesoamérica pues representaban rituales encaminados a conservar los equilibrios que hemos comentado. En la revista se habla incluso del consumo de sangre sacrificial para rejuvenecer a las deidades, lo mismo que a los gobernantes. El hecho de que ahora nos parezcan atroces estas prácticas o que científicamente no les encontremos sentido, no quiere decir que debemos negarlas o desestimarlas. Quien estudie estas culturas y haga algo semejante, en realidad no las está observando en su justa dimensión, sino que está mirando el pasado bien anclado en el presente. Pienso además que, si viéramos la relación que guardamos con estas sustancias y le damos un significado alejado al pudor, al horror y al rechazo que tenemos instalado en nuestro pensamiento occidental, bien cristiano y piadoso, podríamos entender la vida de una manera muy diferente, con respeto y con naturalidad. Lo mismo sobre otros temas, como la sexualidad y el género; la alimentación y la propiedad de la tierra; nuestra relación con las otras especies, animales y vegetales, que pueblan nuestro mundo. Visto así, nos queda mucho que aprender todavía.

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