Lunes, mayo 10, 2021

Alicia Coeto como ejemplo de mujer virtuosa

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Tanto tiempo pospuse escribir sobre Alicia Coeto Sánchez (1941-2020), que ahora, un arrepentimiento me abruma en una serie de sentimientos encontrados, pues ella debió haber sabido lo mucho que la quise, la estimé, la respeté pero sobre todo, la admiré.

Fue la sexta hermana de una familia de 10 hijos. Nacida un 10 de marzo, sus padres fueron Manuel Coeto García y Esperanza Sánchez López. En una casa marcada con el número 210 de la avenida 5 Oriente, habitaron en el segundo patio de la vecindad, para después, en 1958, mudarse a la colonia La Paz.

Alicia estudió en una de las más prestigiadas instituciones de la época: La escuela José María la Fragua, para terminar la preparación elemental (primaria) y luego formarse como secretaria. En este sentido, la misma palabra “secretaria” me lleva mentalmente a la palabra secreto y si bien, esta profesión implica múltiples actividades como la asistencia a personas que tienen una cierta jerarquía; una secretaria supervisa, atiende, vigila, cuida, lee, escribe, agenda, pero sobre todo, debe de tener la más alta de las cualidades en su labor, que es, la de guardar secretos en una confidencialidad que siempre debe de ser a prueba de todo.

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Como secretaria, Alicia Coeto tuvo un desempeño extraordinario del que siempre se sintió satisfecha, orgullosa, encantada, pero sobre todo, feliz. Contaba con su rostro radiante, haber trabajado 5 años en una Notaría liderada por el Lic. Guillermo Bruner Carrasco, cónsul de Alemania radicado en México y posteriormente 2 años con el Lic. Sergio Loeda.

Pero en 1951, siendo rector de la entonces Universidad Autónoma de Puebla, el Licenciado Armando Vergara Soto, le pidió a Alicia ser su secretaria particular en un puesto donde la capacidad de organización, agudeza en la solución de problemas, decencia y sobre todo, honestidad y probidad, debían ser determinantes. Sin embargo, conoció a una persona también excepcional que sería un médico extraordinario y que se llamó Antonio Cruz López, de quien se enamoró durante una fiesta de 15 años.

El 4 de noviembre de 1962, unieron su vida en un matrimonio que en muchos sentidos puede calificarse como épico, por todo lo que vivieron en ésa unión de un médico brillante y ella, con una entrega incondicional y absoluta que dio como resultado la conformación de una familia de cinco hijos: Antonio que desgraciadamente falleció en una forma muy temprana por una enfermedad cancerosa (Linfoma), Alicia y Germán, que son un par de gemelos, Patricia, que es una bióloga polifacética y quien me brindó los datos de esta información que estoy ofreciendo y el más chico, Arturo.

Ellos ahora, con su familia respectiva han extendido el linaje de los “Cruz Coeto” con los nietos: Mario Arturo, Luis Antonio, Ixchel, Itza, Arturo, Daniela, Toño y Fabián.

Pero de esta familia ejemplar en muchos sentidos, sobresale la Nana Gilberta, quien siendo muy niña, literalmente fue adoptada, cuando en una situación de vulnerabilidad extrema, en una población de la Mixteca poblana, se integró en una forma bilateralmente generosa, desprendida, espléndida pero sobre todo, amorosa.

Yo conocí al Dr. Antonio Cruz López en 1983, cuando apenas llevaba un año de haber ingresado a la escuela de medicina. De inmediato, su poderosa personalidad me llevó abusivamente a abrazarlo como mi maestro, mi guía, mi ejemplo a seguir y sobre todo, mi amigo; pero cuando conocí a su esposa Alicia, no solamente quedé fascinado sino sorprendido porque en una figura físicamente muy fina y un rostro lleno de ternura, se mostraba una mujer con innumerables cualidades.

Dentro de las anécdotas que prácticamente nadie conoce pues la vivimos solamente ella y yo, he de contar una que he guardado en mi memoria como un tesoro invaluable. Corría el año de 1994 y me encontraba tratando de alcanzar la velocidad en pasos del Dr. Cruz cuando decidimos hacer un trabajo de investigación en la Sierra Norte del Estado de Puebla. La única forma de llegar a esa población era caminando por un camino de herradura (así se denominan, pues aparte de personas, solamente pueden ser recorridos por burros, mulas y caballos), brechas y en un Jeep amarillo que llegó a hacer historia, arribamos al pueblo de Amixtlán para iniciar una caminata de un carácter inenarrable por todo lo que debíamos de recorrer, en peligros que al Dr. Cruz jamás le pudieron intimidar. Y en medio de travesía, yo me repetía una y otra vez “este viejo sí que es valiente”.

En el pueblo nos recibieron a la manera rural, como debe de ser y ya después de haber analizado las probabilidades de hacer la investigación, emprendimos el regreso, con todas las adversidades que se podrían imaginar: lluvia, lodo, caídas y resbalones, para que por fin, llegando al “Jeep” y yo, queriendo descansar en Amixtlán, viera frustrados mis deseos por la energía del Dr. Cruz que me dijo: “vámonos ya, manito… que el tiempo apremia y ya debo de estar en la casa”. La lluvia muy intensa, el camino lodoso, las irregularidades del piso y no pocos deslaves generaron un viaje lleno de peligros, en los que lo único que nos detenía eran calambres en las piernas que le impedían al Dr. Cruz continuar manejando. La llegada a Puebla me dejó literalmente “molido” y hube de reposar dos días para poder caminar sin tanto dolor por el malestar muscular que generó tanta fatiga. Y egoístamente no pensé en mi maestro.

Ya pasada la aventura, recibí una llamada telefónica a la casa, en la que me pedía con toda la amabilidad, Alicia Coeto, que fuese a su casa para que platicáramos. Jamás imaginé de qué se trataría el diálogo. Yo acudí a la cita, por supuesto todo desparpajado, distraído, sin preocupaciones y sobre todo, bastante tranquilo. Fui recibido por Alicia con amabilidad y con toda la calma fui invitado a pasar a su sala. Apenas me estaba sentando cuando ése rostro tierno, dulce, bondadoso y lleno de aceptación, se transformó en un regaño de un carácter inimaginable. Alicia, mujer pequeñita, delgada, dulce y tierna, se transformó en una verdadera leona, feroz, valiente, aguerrida y brava. Me cuestionó sobre la diferencia de edades entre su esposo, con respecto a mí. Me repasó la irresponsabilidad de enfrentar peligros. Me confrontó expresando valores que van más allá de la osadía; pero lo que realmente golpeó mi pecho, dejando una lección invaluable en mi corazón, fue que me dijera que ella no deseaba que le pasara nada a su esposo. Ya pasada la tempestad de reprimendas, como siempre, generosamente me preguntó si deseaba algo y me despidió con una cordialidad, indescriptible.

Ahí entendí lo que es el amor, la solidaridad, el apoyo y sobre todo, el compromiso de pareja.

Alicia Coeto Sánchez falleció el 15 de agosto de este 2020, vencida por el cáncer de Colon. Por esta pandemia, omití visitarla y una lágrima tonta y de alguna manera irreprochable, me hiere el alma. Hay muchas cosas que hube de haberle agradecido. Ella y su esposo marcaron elementos esenciales en mi vida; pero si bien, en este momento me surge un dolor inconmensurable por su partida, puedo entender que ahora nos corresponde aprender de ella y reforzar la idea de que, al lado de un gran hombre, siempre hay una gran mujer.

Ali. En este momento en el que se me derraman gotas de dolor en el corazón, le doy las gracias. A usted y a Toño Cruz, les debo prácticamente todo lo que soy.

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