Lunes, octubre 18, 2021

Algunos mitos del medio pelo

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“El mundo de ayer, como el actual,
está poblado de mitos y personajes
mitológicos, cuya presencia se
manifiesta a través de poderosas
imágenes visuales, orales o escritas”
Enrique Florescano (coord.)
Mitos Mexicanos1
Se cuenta que en el famoso “Salón México”, recinto de baile popular de la capital, donde se practicaba el danzón abierto con “floreo”, existían cuatro amplias  salas, tres de las cuales fueron “rebautizadas” por los años 30, de acuerdo a las diferentes clases sociales que las ocupaban: la de mayor “caché” era conocida como “la mantequilla”, visitada eventualmente por algunos ricachones cuando estos querían darse un “baño de pueblo”; la dedicada a la clase media era frecuentada por oficinistas, empleados, pequeños propietarios, vendedores y algunos modestos tenderos, llamada “la manteca” y la que estaba destinada a los trabajadores más modestos se denominaba “el sebo” en la cual había varios letreros en los que se recomendaba a los “caballeros” que hicieran el favor de no tirar las “colillas” al piso, porque las damas se quemaban los pies.
Es del “medio pelo” y sus “mitos y fantasías”, parafraseando el título de uno de los libros del sociólogo Gabriel Careaga, del tema que trataré en esta ocasión. Sin entrar a los terrenos escabrosos de la caracterización de las clases sociales en las que existen muchas divergencias, quiero relatar tan solo mi experiencia, sin que sea mi pretensión generalizar, para ofrecerles un testimonio de mi andar acompañado de las individuas y los individuos de la clase media, de la cual formo parte. Esa clase media que muchos consideran el escalón previo al ascenso social en términos de su ingreso, al Olimpo de los “ricardos”, vituperada recientemente por la actitud “arribista” de algunos de sus miembros que carecen de escrúpulos para conseguir el propósito de trepar con “dientes y uñas” por la pirámide social. Son los que acostumbran a decir: “el que no tranza no avanza”.
El principal mito de la clase media es el que la mayoría de sus miembros están firmemente convencidos de que constituyen la mayoría de la población; esto es debido a que creen que su círculo de amigos cercanos es “todo el mundo”, cuando apenas al “medio peluche” le corresponde un porcentaje muy bajo del total de la población.
—“Pam”, ya sabes que “todo mundo” admira a las Kardashians y las sigue en las redes. ¿Ya viste la nueva colección de verano? Han sacado unos “trajes tendencia” que no crees, “superpadres” … ¡los amo! Mira “güey”, son muy caros, pero luego los consigues en la fayuca muy económicos y ni se nota la diferencia.
—Si “Yeni”, tienes razón, porque me compré una bolsa Louis Vuitton, de las más recientes, que son un sueño. Güey, cuando la llevo todo mundo se me queda viendo, aunque, ¿sabes?, las pinches “gordas” Gutiérrez me tienen envidia y andan diciendo que se nota que es “pirata”.
Otro de los mitos de estos “clasemedieros” es que también creen que su poder adquisitivo es suficiente para darse la vida a la que aspiran y por la que suspiran con ínfulas de grandes señores, pero están a menudo sobrepasados de deudas: les apremia el vencimiento mensual del crédito bancario y el abono anual de sus casas de un fraccionamiento con caseta de vigilancia, pero también se demoran en el pago del “mantenimiento”; deben las letras del coche, se atrasan frecuentemente en el pago de las colegiaturas de los hijos, tienen las tarjetas de crédito “a tope”, piden prestado para sacar los “trapos” de la tintorería, ruegan para que les den fiado en la tienda de la esquina, porque “no llegan” al final de la quincena.
Defienden con apasionamiento las causas empresariales porque, aunque algunos miembros de la clase media tienen un humilde “tlachinchol”, se creen los grandes “magos” de los negocios o se sienten los grandes emprendedores y muchos afirman que ellos sostienen económicamente al país. Cualquier acción gubernamental para regularizar la captación de impuestos les parece un inmenso agravio y buscan eludir las obligaciones fiscales sin conseguirlo, porque son las grandes empresas las únicas que sí logran librarse de sus cargas tributarias ya que cuentan con un equipo de abogados que son verdaderos prestidigitadores y escapistas en el tema de los impuestos.
La mojigatería es una de las expresiones más palpables de ciertos miembros de la clase media, principalmente en las ciudades de provincia, las del “interior”. Generalmente, este puritanismo procede de una formación tradicional en el seno de una familia que practica un catolicismo nominal con rutinas marcadas como el ir a misa los domingos, proferir jaculatorias a la menor provocación, santiguarse ante algo que no entienden pero que consideran extraño, invocar a Dios en todo momento, llevar un rosario o un escapulario en el espejo retrovisor de su automóvil, etcétera.
—Pam, gracias a Dios nos fue “padrísimo”. Estuvimos en un “hotelazo” en Cancún y de ahí nos fuimos a bucear a un arrecife con esnorquel; bueno, solo mi marido con los muchachos y dicen que vieron hasta una mantarraya. ¡Que miedo! pero nos fuimos, Toño y yo solos, al “Circo de Solei”. ¡Es mágico!
—“Yeni”, Dios mediante el mes que entra nos vamos a “Mayami”. El primo de Pepe nos invitó, porque ¿sabías que él vive allí con su familia? y ya le dije a mi marido que a ver como le hace, pero yo me voy de “chopin”, ni modo que desperdicie la oportunidad. Megan, la esposa del primo de Pepe que es gringa, ya me dijo que me va a llevar a un lugar con unos ¡descuentazos! de locura.
En un ejercicio del uso de calificativos despectivos que muchos de la clase media han dedicado a los pobres —herencia inequívoca de la clase alta del siglo xix— se puede trazar una línea cronológica que va del siglo xix al presente: “léperos”, “gañanes”, “payos”, “chinacos”, “plebe”, “pelados”, “gentuza”, “nacos”, “indios patarrajada”, “macuarros”, “chúntaros” y actualmente “chairos”. Esto les exige a marcar una frontera virtual entre la gente “bien” o “decente” y los “mecos” igualados que encuentras a la vuelta de cualquier esquina.
Repito, no podemos generalizar y aplicar estas cualidades a toda la clase media, pero probablemente ustedes reconocerán algunas conductas y actitudes que he intentado describir en los párrafos anteriores. Probablemente a algunos aspiracionistas ya “los dejó el tren” y tengan que conformarse con seguir perteneciendo a “la manteca”, eso si todavía les alcanza el presupuesto, porque puede ser que se vean obligados a formar filas con “el sebo”.
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