Jueves, febrero 22, 2024

“¿A dónde me lleva el llanto?”

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“Te confieso esto porque, si publicas lo que me pasa, podrías ayudar a muchas personas ya que no nos atrevemos a revelarlo.


“Estoy en un proceso espiritual muy intenso. Desde niña sentí la presencia de Dios, pero mi respuesta hacia Él siempre fue lejana y pasiva, nula porque me daba miedo hacia dónde me llevaría y sentía que mi soledad podría ser mayor. Como fui creciendo, no tuve educación o práctica religiosa alguna que me ayudara a guiar mis necesidades espirituales y del alma. Y a pesar de mi miedo, mi búsqueda de Dios, siguiendo el recuerdo infantil de pertenencia, era vigorosa e incansable.

“De adolescente sentía a Dios distante e inalcanzable; empecé a llorar pidiéndole que me consolara, pero me seguía dando miedo y huía, por no saber qué hacer y hacia dónde me iba a llevar. Fui creciendo, y al insistir en querer hablar con Él y escuchar su voz, ya no me salían palabras sino sólo un llanto profundo e inconsolable.

“Mi búsqueda cada vez era más intensa y penetrante, sentía que me veía y me respondía, pero no sabía cómo comunicarme con Él. Sentía su presencia, pero algo en mí fallaba porque lo sentía inaccesible, ¡pero ahí estaba! Yo sentía en mí un vacío insondable, ¿sabes lo que es insondable? ¡Sin fondo, sin medida, oscuro, impenetrable! Pensaba en lo que yo tenía que hacer -que no estaba haciendo- para tenerlo en mi vida. Probaba una y otra tesis y prácticas religiosas y espirituales porque creía que era la manera y yo no las tenía; asistí a diferentes lugares sin tener la convicción, el profundo conocimiento y mucho menos la constancia, no era por ahí.

“Un día de ese llanto inconmensurable, me di cuenta que mi vacío venía de mi pasividad, por pedir y esperar a que me contestara, sin yo tener que hacer algo al respecto. Me sentía profundamente infeliz, sin alegría de vivir, sin gozo, con un vacío existencial cada vez más tenebroso, no para quitarme la vida, pero puedo entender a quienes lo hacen. Entonces sentí la presencia de Dios, sin saber cómo responder o actuar y lloré empujada al límite, sin poder controlarlo; me sobrepasaba, sentía desamparo, soledad, orfandad y aislamiento y, lo único que contuvo ese llanto fue el miedo de que me diera un ataque al corazón o una embolia, porque estaban tan cerca, rondando como hienas mi vida que, de seguir llorando, sería el suicidio.

“Un día me pregunté: ‘¿A dónde me lleva el llanto?’, no lo superaba y me daba pánico llegar a sus linderos. Tuve mi respuesta: ‘Lloras porque no crees ser digna de Dios, de que te responda, porque en el fondo no crees merecer su atención y su amor y, cuando sientes su mirada en ti o escuchas Su palabra dirigida a ti, sientes que no tienes las palabras para hablarle. Si sólo te dieras cuenta de lo que lo que te abruma es interior y develas lo que está debajo de tu propio llanto, lo sobrepasas y te sobrepones, brincarás la barrera que se interpone entre tú y Dios; y estarás lista para escucharlo, para cobijarte en Él y sentir que está para ti.

“La batalla es por dentro, de ti contigo; es en tu interior donde se lleva a cabo la lucha entre tú y tú misma; eres tú misma la que debe superar eso que crees que eres; la que se interpone entre tú y Dios; eres tú y nunca viene de afuera.”

Servida.

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