Miércoles, junio 12, 2024

Historia de un cartel

Tradicionalmente, los atributos toreros por excelencia se cifran en tres características: valor, técnica y arte, y cada diestro suele tender a alguna de estas tres bien definidas categorías. Han existido, por supuesto, artistas excepcionales que además de dominar los secretos del oficio se distinguieron por su entrega y valentía. Pero no es lo común: históricamente, sólo auténticos toreros de época lograron fundir en su persona los tres atributos clásicos.

Así las cosas, un cartel bien combinado sería el que reuniera a un alternante de cada tipo: el maestro consumado, el artista exquisito y el valiente a carta cabal. Y eso fue lo que sucedió la tarde del 20 de diciembre de 1953 en El Toreo de Cuatro Caminos, tercera corrida de una temporada que transcurría simultánea a la de la Plaza México. Repetición del triunfador del festejo inaugural Fermín Rivera, que con casi dos décadas de alternativa (08.12.35), se encontraba en lo mejor de su madurez torera. Y con él un par de incógnitas que no dejaban de ser interesantes: del sevillano Manolo Vázquez la referencia era que no desmerecía en finura y clase a su hermano Pepe Luis, el inolvidable artista del barrio de San Bernardo; del tercer espada, Guillermo Carvajal, las referencias eran mínimas, la capital prácticamente no lo conoció de novillero y había tomado la alternativa en una plaza fronteriza con Estados Unidos, la de Mexicali. Nacido en el norteño estado de Durango, se desarrolló taurinamente en Querétaro, lo mismo que el encierro anunciado, de trapío inusual para el coso de Cuatro Caminos, no regido por el reglamento ni los rigurosos criterios del Distrito Federal; la ganadería de Tequisquiapan enclavada en el municipio del mismo nombre, había sido fundada por Carlos Cuevas a fines de los años 30 y la mezcla de sangres que le dio origen –Parladé y Saltillo entre otras– solía producir astados con poder y casta que las figuras preferían eludir.

Pablo B. Ochoa. La plaza cuatrocaminera, propiedad en ese entonces del ingeniero Armando Bernal, no había sido teatro de una temporada mayor desde la inaugural de 1947-48. A los capitalinos les costaba trasladarse hasta aquel coso, demasiado alejado y deficientemente comunicado con la gran urbe. Pero el emergente empresario de esta especie de plaza subsede para la afición capitalina no se arredró y logró reunir un elenco realmente atractivo, que en el papel competía con el de la Monumental de Insurgentes.

Aunque le costó echar a andar la taquilla, los buenos resultados de su gestión, muy superiores a los magros que estaba logrando la México, conseguirían al fin meter bastante público a su plaza. Sin embargo, la entrada de la tercera corrida, ésta del 20 de diciembre, resultó aún bastante rala. Los ingredientes eran apetecibles, pero, a la gente el cartel debió parecerle algo cojo. Tiempo de sobra iban a tener los ausentes para arrepentirse.

Fermín, en sazón. El primer error de los que prefirieron quedarse en casa o sacar boleto para la México fue desdeñar la calidad del encierro de Tequisquiapan, que aún no lidiaba su primera corrida en la Monumental pero envió al Toreo un hato excelentemente presentado, que iba a dar un juego interesantísimo. El segundo, descreer del gran momento por el que atravesaba un Fermín Rivera más seguro y torero que nunca. Oficio para dominar los tres tercios lo había tenido siempre, pero ahora su arte rezumaba el sabor propio de la madurez, limpio de antiguos resabios, natural y poderoso como nunca.

“Pinocho”, su peón de confianza, no sacó del sombrero el mejor lote de Tequisquiapan, pero Fermín le buscó las cosquillas al abreplaza “Bonito”, que embestía con fuerza y buscó las tablas, además de humillar poco y vencerse por el pitón izquierdo. Pero el potosino se jugó la piel sin miramientos, le pudo en la querencia y sorteó con valor, decisión y temple el molesto calamocheo hasta apoderarse del burel y del público mediante convincente muleteo. Estoqueador habitualmente seguro, suya fue la primera oreja de la tarde.

Como viniera ésta muy cuesta arriba –porque vaya si apretaron los alternantes– y el cuarto, parado y geniudo, lo obligó a abreviar, Rivera se adelantó para anunciar el obsequio de un séptimo burel de la misma procedencia. Y anduvo con él decidido como nunca, con la rabia del que está dispuesto a triunfar a toda costa. Y claro que lo logró, encastado el toro y más todavía el torero, de suerte que la corrida terminó con Fermín levantando una oreja ganada a ley.

Gran debut del sevillano. Manolo Vázquez se encontró con el mejor lote, parejamente bravo y noble, pero pagó el noviciado con su primero, que embestía de rechupete y con el que derrochó arte y clase dentro de un estilo muy suyo, de cites frontales y lances y muletazos ahondados con mucho sabor. Aun así, se le reprochó lo corto de las tandas y la brevedad de la faena a un toro que parecía tener más embestidas dentro cuando Manolo lo cuadró y lo tumbó de una estocada. Como la impresión causada fue favorable lo llamaron a dar la vuelta al ruedo, pero no faltaron inconformes que se la protestaran, ovacionando en cambio al magnífico burel tequisquiapeño.

El quinto, “Cartero”, era un precioso ejemplar negro zaino, veleto de cuerna y de embestida fuerte y franca. Un gran toro para un gran torero. Manolo armó un alboroto con el capote y, muleta en mano, a éste, que había derribado en varas con poderío y acudido codicioso donde lo llamaran, no lo dejó ir. Solo en los medios, que es donde se torea a los toros bravos, acabó por cuajarle un faenón, por derechazos musicales y naturales clásicos, frontal a la cuna, cargado de aroma y verdad su toreo. Los adornos –molinetes, kikirikíes, trincherillas–, sevillanía pura, terminaron de alborotar a la parroquia. Y una estocada certera puso en manos del hermano de Pepe Luis Vázquez dos orejas unánimemente solicitadas.

Carvajal arma la grande. La incógnita mayor del cartel, Guillermo Carvajal siguió siéndolo hasta que abandonó el toril el sexto de la tarde, negro, bien hecho, “Palomito” de nombre. No había encontrado acomodo con el encastado tercero y con éste salió dispuesto a jugarse el todo por el todo.  Faroles de hinojos, lances al natural que de tan ceñidos pusieron al público de pie, quite formidable con el capote a la espalda. Y a todo esto, el de Tequisquiapan embistiendo cada vez mejor. Se presagiaba faena importante, pero de ninguna manera el faenón que el desconocido torero de Durango acabó por cuajar.

Carvajal abrió su muleteo con estatuaria sucesión de pases por alto sin enmienda, y antes de que el público se repusiera de la impresión y volviera a tomar asiento estaba ligando en los medios naturales de largo y generoso trazo, dramáticos por la cercanía de las astas y emotivos a más no poder por el ajuste y el mando de cada pase, de cada tanda y de los remates con el clásico de pecho. Ligaba una serie derechista de escándalo cuando hizo pasar a ”Palomito” a sus espaldas con la muleta invertida, el pico prendido por la punta del estoque por el lado de afuera. Y a la siguiente tanda lo repitió. Había nacido al chicharrina, especie de capetillina con la muleta vuelta al contrario, tal como se acaba de describir. El extraño nombre le fue adjudicado por el mismo cronista que encontró cierto parecido facial entre el diestro y el personaje principal de una tira cómica de la época titulada “Chicharrín y el sargento Pistolas”. Hoy como ayer, el ingenio de los mexicanos para crear e inventar sobre la marcha no conoce límites. El estoconazo final fue fulminante e inmediata la concesión de las orejas y el rabo del extraordinario ejemplar de Tequisquiapan, cuyo criador, don Fernando de la Mora, fue llamado a compartir la apoteosis con los tres componentes del cartel y el empresario Pablo B. Ochoa, cuya inocultable felicidad del momento sin duda borró en él su desazón por la floja taquilla. Y en hombros se llevó la turba a los tres espadas, que así, en andas, recorrieron Naucalpan de Juárez y se internaron en las calles de la ciudad de México.

Un toque de magia. A la eventual competencia que suele darse entre toreros se le aplica con frecuencia la palabra emulación. Pero hay tardes en que el pique entre quienes comparten cartel provoca entre los alternantes en pugna una especie de contagio, como si el espíritu profundo del toreo obrara sobre ellos y les transmitiera a unos las cualidades de los otros. Ocurre en contadas ocasiones, y una de ellas bien pudo ser aquel domingo de diciembre del 53, cuando el técnico por excelencia –Fermín Rivera– salió a pelear las palmas como un jabato e impregnó su toreo con aroma y suavidades desusadas, mientras Manolo Vázquez, el artista, desplegaba un valor espartano para lidiar con precisión magistral a aquel “Cartero” con tanto que torear, y Guillermo Carvajal, el temerario del cartel, se ponía a la altura de un ejemplar de bandera aunando a inspiración y hondura una técnica impecable.

Porvenires contrastantes. La temporada de Pablo B. Ochoa seguiría siendo un referente dentro de los anales de El Toreo de Naucalpan de Juárez, por desgracia sin continuidad en los años inmediatos. Pero de momento, la vivificante corrida del 20 de diciembre obsequió al entusiasta empresario con tres potentes reclamos de taquilla a barajar en sus siguientes festejos; así, Rivera continuó su ascenso hasta constituirse en una de las figuras señeras del ciclo, y Manolo Vázquez, que cortó un rabo en su siguiente actuación, fue yendo paulatinamente a menos hasta que una cornada grande le puso fin a su campaña en México.

Por su parte, el “Chicharrín” Carvajal, convertido de golpe en la sensación de la temporada, no consiguió repetir la hazaña. Durante el resto de la década del 50 iba a recorrer los ruedos de América y Europa; su exagerada valentía le costó no pocas cornadas graves, que sumadas a su falta de clase truncaron sus posibilidades de llegar a figura. Pero la conmoción causada por el memorable faenón a “Palomito” de Tequisquiapan permanecería por mucho tiempo en las retinas y el alma de quienes lo presenciaron.

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