Martes, junio 25, 2024

19920112 México CAPEA MIGUEL y JORGE GTZ

La segunda temporada organizada por Televisa –Aurelio Pérez como director taurino con Curro Leal de gerente operativo– se deslizaba por la pendiente de la intrascendencia, con mayoría de carteles flojos y ganado de irregular presentación y juego. De ahí que el anunció de una terna bien rematada con un hierro de ciertas garantías provocara el entusiasmo de la afición, que se apresuró a adquirir sus boletos y desde buena hora colmó los tendidos de la México. El acostumbrado ¡olé! que saluda el paseo de cuadrillas resonó con fuerza desusada mientras echaban a andar tarde adentro Pedro Moya (solferino y oro), Miguel Espinosa (blanco y oro) y Jorge Gutiérrez (gris acero y oro) para despachar un hato de San Martín, la ganadería de Pepe Chafick y Marcelino Miaja.

Más vale tarde que nunca. San Martín, con un encierro corto de casta y pasado de peso –es decir, artificialmente inflado–, no les estaba poniendo las cosas fáciles a las tres figuras del cartel, cuya buena disposición no alcanzó a disimular la sosería del ganado. Dos salidas al tercio fue lo más que consiguieron Pedro y Miguel a la muerte de sus primeros oponentes; Jorge ni siquiera eso, pues su toro de plano se negó a embestir. Como el cuarto, obligando a abreviar al Capea en medio de un ventarrón ¿Tendríamos que comernos en crudo nuestras esperanzas de desquitar con un solo día feliz la generalizada frustración que arrastraba la temporada?

Y de repente… Miguel Espinosa, al que impulsaba un afán emulatorio poco frecuente en él, se encontró con que “Caballero”, su segundo, banderilleado con gran estilo por el “Chatito de Acámbaro” (José Antonio Campos), era capaz de repetir sobre su muleta si se la dejaba en la cara y aguantaba la lenta embestida. Así lo hizo Miguel y terminó bordándolo. No fue faena larga pero tuvo enorme densidad artística –templadísimos los trazos de su muleta, portentosos los naturales–, acaso debieron otorgarle la oreja del bicho a pesar del pinchazo. De cualquier manera, la vuelta al anillo fue clamorosa.

A Jorge Gutiérrez el triunfo le urgía. No parecía lógico que atravesara una etapa tan opaca quien en el invierno anterior alcanzó la consagración al sumar nada menos que diez tardes sin dejar de tocar pelo (entre el 14.01.90 y 10.03.91 paseó 21 orejas y un rabo, sobreponiéndose incluso a una grave cornada en el vientre –09.12.90–). Algo tenía que hacer para arreglarlo y con el sexto, “Orejitas”, vaya si lo arregló. De salida, el de San Martín hundió los pitones en la arena y dio una vuelta de campana completa, que pareció afectarlo en forma tal que, aunque era noble, al tercio final llegó casi parado. Pero Jorge, cruzándose, estableciendo oportunas pausas para permitirle reponerse, lo fue obligando a seguir su muleta hasta conseguir tandas completas por ambos pitones que pusieron a la plaza en pie. Temple y valor a raudales derrochó el hidalguense, que prolongó su entrega al consumar el efectivo volapié que puso en sus manos las orejas de “Orejitas”.

La crónica. Para Roberto de Alvarado (Blanco Moheno), Pedro Gutiérrez Moya “El Niño de la Capea” era un “caballero andante del ruedo” en el título de una crónica cuya entrada, dictada por una pasión casi hagiográfica, no tiene desperdicio: “No hay fiesta que pueda compararse, en ningún sentido, con la fiesta de toros. Es culta, porque viene de Creta, de miles de años antes de Cristo; es heroica, porque solamente viendo a Jorge Gutiérrez jugarse la vida como lo hizo ayer puede uno tratar de entender hasta dónde es capaz el hombre de retar a la muerte y de despreciar la vida con tal de adueñarse de un trozo de gloria; es bella, porque el temple con que Miguel Espinosa dio algunos muletazos in-com-pa-ra-bles hace aflorar al alma la posibilidad de acercarse a lo sagrado; es la mejor de todas las fiestas, porque ante el arte, el valor, el talento, la generosidad de El Niño de la Capea, uno tiene que reverenciar la capacidad de este hombre para manejar a cincuenta mil prójimos, para darles la categoría de seres sensibles, de animales con espíritu, y para obligarnos a saludar en él al psicólogo, al artista y al técnico, es decir, al mejor torero que hay en el mundo hace por lo menos diez años. Torero de época, generoso de su sangre y de su alma (…) que es, ante todo y sobre todo, un enamorado de México, su segunda tierra –¿pero es de veras la segunda?–, donde se le quiere como al mejor de sus hijos (…) Regaló ayer un séptimo toro, llamado “Delicioso” (…) y desde que se plantó recargado en el burladero de matadores, la gente, que parecía exhausta por tanto gritar, por tanto aplaudir a Miguel y a Jorge, se dispuso a levantar una catedral sonora:¡era el Papa quien iba a decir misa!” (El Heraldo de México, 13 de enero de 1992)

Un grito en la tarde. Así encabezó su reseña de la corrida el mismo “Alcalino” que firma esta columna. Valga la reproducción de aquel texto remoto con la impresión aún fresca del memorable festejo: “Acodado en el burladero de matadores, Pedro Moya –primer espada, de discreta actuación– se ha refugiado en una aparente indiferencia para resistir el chaparrón de voces empeñadas en forzarlo a lidiar un toro de obsequio, paliativo de última hora contra el desencanto que está dejando en 45 mil ávidos espíritus la corrida más esperada de la temporada, ya sea porque los de San Martín cumplieron muy a medias, ya por culpa de ese vientecillo insistente que no deja quietos los engaños a pesar de la visible voluntad de los toreros… Pero la petición esperanzada, que hasta llegó a constituir un pequeño clamor mientras se picaba y banderilleaba al último toro, cedía ahora su sitio a una atenta observación de la torera pugna emprendida muleta en mano por Jorge Gutiérrez frente a “Orejitas”, empresa por cierto difícil, dada la escasez de energías del noble animal, afectado como estaba por la limpia maroma que dio apenas abandonado el toril. Empero, ese mismo paréntesis silencioso se encargaría de llevar a todos los ámbitos del coso la resonancia de una voz salida de los altos del tendido de sol para conseguir que el crepúsculo girara sobre sí mismo –igual que el toro de San Martín cuando Jorge le echaba abajo el capote– y la corrida cambiara de signo y de tono como por ensalmo. “¡Paisano –tronó el inesperado vozarrón–: no te hagas pendejo y regala un toro!”

Se cimbró la plaza entera. Por el grito y por la reacción inmediata del Capea, que respondió levantando el índice derecho hacia el palco de la autoridad. El revuelo resultante sin duda alcanzó a distraer momentáneamente a un Jorge Gutiérrez que estaba a punto de conseguir el milagro de una faena insospechada, dramática, hondísima, rubricada con media estocada a un tiempo para cortarle al agotado burel dos orejas irreprochables.

Pero el protagonismo estaba conquistado de antemano por Pedro Moya y el prometido séptimo astado, que iba a resultar el toro de la corrida y fue lanceado imperialmente por el salmantino como preámbulo de una faena en que el público tuvo más aliento que toro y torero juntos, porque el gas le duró poco a “Delicioso” y porque El Capea –sobreexcitado–se pasó de goloso muleta en mano y terminó cayendo en precipitaciones, aunque siempre con el mérito de mantener en vilo el entusiasmo de la gente, que un estoconazo al segundo envite y en la suerte de aguantar amenazó con convertir en delirio, terminando por trastornar también al juez Ramírez Fabela, tan exagerado al premiar al torero con dos orejas como al bravo animal con la vuelta póstuma.

Fue así como una corrida con visos de decepcionante pudo concluir con los tres espadas izados en hombros y la gente entregada, perdida la noción de todo y sin querer abandonar el coso. Es esa la maravilla de una fiesta donde lo inesperado está siempre al acecho. Y culminaba de tal modo, bajo un clima de apoteosis, una tarde que trajo la resurrección esplendorosa del Jorge Gutiérrez infalible de la temporada anterior y la confirmación de Miguel Espinosa –perdió por pinchar la oreja del quinto– como artista supremo, aunque medido, del pase natural.” (La Jornada de Oriente, semanario. 22 de enero de 1992)

El autor del grito. En los días subsecuentes, Miguel Ángel “El Negro” Aranda, miembro de la Porra Libre y mecánico de oficio, recorrió las redacciones de los diarios deportivos para conversar acerca de la ingeniosa expresión que “despertó” al Capea y regocijó a los aficionados –doblemente, por la gracia del grito y por su posterior efecto taurino–. En compensación, Pedro Moya le había brindado la muerte de “Delicioso” a la Porra Libre de sol, de donde partió la sonora exclamación.

Histórico cartel. La combinación Capea-Miguel-Jorge no sólo constituyó el cartel estrella de la campaña de 1991-92; seis años atrás había estado tan de moda que Alfonso Gaona, empresario en funciones, lo anunció dos veces en menos de un mes, y en ambas llenó la Monumental (20.04 y 11.05.1986). La verdad es que en ese entonces la terna se encontraba más en forma que al partir plaza por tercera vez en la arena de Insurgentes, Capea había inmortalizado el año anterior a “Manchadito” en la México y a “Cumbreño” en Las Ventas, y los dos mexicanos iniciaban la remontada a que los acuciaba la afición, señalándolos como incapaces de llenar el vacío que dejó la retirada de Manolo Martínez (30.05.82). Y salían a comerse a los toros. Si descendemos al prosaísmo de las cifras, sumadas las tres ocasiones en que alternaron, Capea paseó tres orejas –cortadas todas a toros de obsequio–, Miguel Espinosa otras tres y Jorge Gutiérrez nada menos que cinco.

La doble repetición de una misma terna en la historia de la Plaza México la comparte un cartel de otro tiempo, el integrado por Silverio Pérez, Antonio Velázquez y Rafael Rodríguez. Las fechas de su tríada: 09.01.49, 09.04.50 y 23.03.52.

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