Viernes, agosto 19, 2022

*≠@~€∏i Ω∂@®~Æ≠ $µ* Ω@∂®∑≠* (las picardías)

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El léxico de cualquier lengua cuenta con un buen número de palabras llamadas irónicamente “altisonantes” y no porque sean cultismos académicos, sino todo lo contrario. Todos las hemos usado en circunstancias particulares, aunque para algunos se trata del habla habitual y esos precisamente son los “mecos”, “pinacates”, “majaderos” “carretoneros”, “verduleras”, “léperos” y maleducados que hay en todos lados. Hay momentos para todo y en ocasiones el uso de esas “barbajanadas” es pertinente, pero cuando en la comunicación diaria algunos fulanos y fulanas emplean exclusivamente ese lenguaje áspero, solo evidencian su pobreza de vocabulario ya que son incapaces de usar correctamente un lenguaje sencillo y claro. Los niños aprenden fundamentalmente de sus padres, pero cuando en la escuela llaman a éstos por causa de sus criaturas “picardientas”, los papás y mamás se hincan horrorizados y abren los brazos en cruz negando enfáticamente ser el ejemplo de tales conductas.

¡No seamos hipócritas! No me digan que alguno de ustedes desconoce y no ha utilizado en algún momento el repertorio de ordinarieces, porque en el ambiente de la familia ampliada, en la escuela, en el trabajo o en la calle, estas palabras forman parte del vocabulario de cualquier idioma, las conocemos y aplicamos perfectamente, porque si no fuera así quedaríamos ayunos en la comprensión de lo que se nos dice en el medio social en el que nos desenvolvemos. A estas procacidades hay que agregar las “señas obscenas”, gestos, silbidos y trompetillas como parte del lenguaje no verbal: “violines”, “caracolitos”, “código de barras”, el brazo flexionado hacia atrás con el puño cerrado, el dedo índice jalando el párpado inferior y el clásico dedo medio hacia arriba y los dedos anular e índice contraídos. Todo esto aprovechamos cuando la ocasión, a nuestro juicio, lo requiere si el conflicto sube de tono y hay necesidad de mencionar a la progenitora de aquel que “se pasa de chorizo”.

Ya no se trata exclusivamente de lenguajes marginales correspondientes al hampa, a las cárceles, a los “barrios bravos” de las grandes ciudades como lo fueron hasta hace algunos años, sino de un habla más o menos generalizada en toda la sociedad, aunque algunos lo nieguen y se envuelvan en olor de santidad. He escuchado a algunas finas damitas y caballeritos que tienen una boca de carretonero y pienso… ¡quítate que ahí voy! Por otro lado, afirmo que no existen las “malas palabras” porque las que son calificadas así corresponden al momento particular de un grupo, además de que la cualidad de “malo” no corresponde al lenguaje, sino a los usuarios de ese lenguaje. Como podemos darnos cuenta el habla es cultural y pertenece a una región o regiones, en un tiempo determinado. No son las mismas “palabrotas” usadas en la Colonia Bondojito, en el norte de la ciudad de México, en 1950 que, en el mismo lugar, pero en la actualidad; probablemente ya ha cambiado ese lenguaje y hasta se “mientan” la “jefecita” en inglés: ¡fuck you!

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El idioma español es usado por más de 493 millones de hablantes nativos y 100 millones más de aprendientes; así, ocupa el 3er lugar en el mundo con un 7.5% de la población mundial. México es el país con mayor número de hablantes del español. Sin embargo, algunas palabras no tienen el mismo significado en todos los países hispanoparlantes, aunque hablemos el mismo idioma. Si viajando por Argentina usted tiene ganas de pedir “cajeta”, cuya imagen ha visto en la carta de un restaurante, pídala como “dulce de leche” o si se le ocurre calificar a algún sujeto confianzudo como “conchudo”, evítelo por favor si no quiere problemas. En algunos lugares de España los “perendengues” son aretes de poco valor y aquí en México podría darnos la tentación de calificar a alguien con esa palabra. Si algún amable joven, hombre o mujer, en Venezuela y particularmente en su capital Caracas le ofrece echarse un “palito” con usted, no se vaya entusiasmar demasiado, porque solo se trata de una cerveza y no de un “cojín” mexicano o un “polvo” español.

Hay que tener en cuenta que el significado de algunas voces está en relación con la región y el contexto en el que se utilizan, así como en la inflexión de voz, los gestos y actitudes que las acompañan y por supuesto la época. Los españoles suelen “coger” a toda hora y por cualquier motivo, pero en México somos más discretos y podemos simplemente “coger un ratón” —fuera del control de plagas— en algún establecimiento de alojamiento transitorio, de aquellos llamados de “alta rotatividad”, como dicen en el cono sur.

En una encuesta realizada en 2009 por “Consulta Mitowsky”, aplicada a mil mexicanos en su propia casa, a pesar de la condescendencia y la actitud elusiva de los entrevistados, los resultados grosso modo fueron que los mexicanos no nos vemos como “pinacates”, pues en una escala de 1 a 10 solo nos damos una calificación promedio de 4.6. Los hombres son los más “majaderos” y de estos, los jóvenes llevan la delantera. En todos los casos las mujeres son las menos “peladas”. El promedio diario de groserías que proferimos es de 20 en diferentes conversaciones que tienen lugar en el trabajo, con los amigos, en sitios públicos, etc. Los norteños y los chilangos son los más “raspa”, según declararon ellos mismos. Los más “modositos” pronuncian un promedio de 9 groserías por día y los más “ñeros” están en 42. El ambiente de los “amigotes” es el más propicio para “descoserse” con los improperios.

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El albur, calambur o retruécano es un tema que por si solo llenaría muchas cuartillas. Sólo diré que siempre tiene connotaciones sexuales aparentemente encubiertas y se practica casi en forma exclusiva entre hombres como un juego de posesión y sumisión íntima. Pierde aquel individuo que no acierta a responder adecuadamente y gana aquel que logra fungir como “activo”.

En la historia, el lépero fue uno de los tipos populares de la ciudad de México que ha sido mencionado profusamente en los textos costumbristas de la literatura romántica del siglo xix y también aparece registrado en documentos formales de las autoridades como reportes, actas administrativas o partes militares. Existen muchas descripciones de los léperos decimonónicos, incluyendo la de un soldado estadunidense que escribió sus memorias en la invasión del ejército “gringo” en 1847. Sólo para citar un notable personaje, don Guillermo Prieto en “Memorias de mis tiempos” describe al lépero de esta manera

“El lépero, generalmente hablando, como para caracterizarse de pura sangre, ha de ser mestizo, bastardo, adulterino, sacrílego y travieso, entendiéndose que más que picardía debe haber chispa o ingenio en el magín [inteligencia] y más que tendencia al crimen, inclinación a lo villano; pero estos caracteres llagando [afectando] el ingenio despejado, la aptitud para acciones generosas, el valor temerario y rasgos de gratitud realmente notables, todo sobre un fondo de amor a la holganza, de fanatismo y de simpatías poderosas por el robo, la embriaguez y el amor.

La leperita es limpia y hacendosa, heroica en el amor; feroz en el celo; sufrida en la miseria; sublime en la abnegación y en el peligro fanática, madre tierna y con volubilidad increíble hasta lanzarse a la locura si la acompañan la pasión y la alegría, o al martirio si se lo exigen la ingratitud de la persona amada o el capricho nacido del deseo de venganza o la soberbia. El desinterés de la china es sobre toda ponderación.”

Sobre el verbo chingar y sus derivados existen amplios estudios lexicográficos, filológicos lingüísticos, antropológicos, psicológicos y de otra índole, algunos de los cuales señala Carlos Montemayor en su libro “Análisis de nahuatlismos polémicos”. Empezando por la definición de este verbo y las diversas y aún disparatadas propuestas de su origen lingüístico. Lo que podemos afirmar es que los mexicanos le asignamos multitud de significados lo que ha llegado a considerarse un tema importante en algunos programas de la enseñanza del español para extranjeros en México. No es un tema juguetón ni de divertimento, anecdótico; se trata seriamente por su universalidad en la cultura mexicana y sus implicaciones emocionales y la innegable relación entre lenguaje verbal y lenguaje corporal. 

Muchas personas utilizan los eufemismos para suplantar aquellas palabras que les parecen desagradables o vergonzosas, aunque muchas veces sean las palabras correctas para definir algo y son los niños a quienes se les enseña ese lenguaje encubierto con connotaciones sexuales o escatológicas, como por ejemplo “popó” por caca, “plumita” por pedo, “pompis” por nalgas, “bubis” por senos o chichis, “la cosita” por vulva, “pajarito” por pene o la clásica seña de colocar hacia arriba los dedos agrupados de una mano, moverlos y expresar socarronamente que hay “cinco poderosas razones” para tal o cual cosa, lo cual significa que a la persona aludida se le frunce el “estafiate”, que tiene miedo.

Hace poco escuchamos en unas grabaciones la boca hALITOsica de un personaje de la política mexicana cuyo lenguaje coprolálico es solo el medio para mostrar que las marrullerías, las transas y las maniobras ilegales, son inherentes a las prácticas de un partido político que conocemos bien. No hay que espantarse como lo dice este fulano, sino que es lo que dice. Como podemos darnos cuenta, la intención, el contexto y el contenido es lo que debemos reprobar y no el lenguaje desvergonzado y ofensivo que usa para comunicarse, probablemente porque así lo llaman en su casa a la hora de la comida.

1 Bondo significa nopal en la lengua otomí. La ciudad de Mexihco-Tenochtitlan era llamada por los otomíes como Anbondo Amadetzana, que significa “la ciudad del nopal de en medio de la luna” que corresponde plenamente con su original etimología náhuatl.
2 Consulta Mitofsky. “El mexicano y las groserías”. 2009

http://www.opinamexico.org/opinion/20090720_MalasPalabras.pdf

3 Prieto, Guillermo. Memorias de mis tiempos. México: Ed. Porrúa, Colecc. “Sepan cuantos…”, No. 481, 2011, p. 174
4 Montemayor, Carlos. Análisis de nahuatlismos polémicos. México: INAH-CONACULTA, 2010, p. 82- 92.

5 Hernández Martínez, Laura. “Lenguaje y emociones. Un tema marginal de la lingüística”.

https://revistaiztapalapa.izt.uam.mx/index.php/izt/article/view/438/596

 

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