Tuve la oportunidad de ver la película “Frankenstein” (2025) de Guillermo del Toro en los cinemas del Complejo Cultural Universitario de la UAP y he de decir que me pareció estupenda, tanto por sus atributos fílmicos, entre los que destacaría el diseño de producción, el vestuario, la música, la fotografía -oscura, expresiva, envolvente, ¡bien por Dan Laustsen!–, las actuaciones –destacables Óscar Isaac, Chrstoph Waltz, Jacob Elordi y Mia Goth– y, sin duda, la dirección. Es una de las mejores películas del director mexicano que ha explorado a través del cine, numerosas “bestias” clásicas del séptimo arte y de otras áreas, como el vampiro en “Cronos” (1992), su ópera prima; el monstruo acuático en la “Forma del Agua” (2017); los “freaks de circo” en la enigmática “El Callejón de las Almas Perdidas” (2021); sus muy particulares visiones de lo macabro y lo grotesco en “El Laberinto del Fauno” (2006) y “El Espinazo del Diablo” (2001); y qué decir de su versión bastante cruda pero entrañable de “Pinocho” (2022). Incluso vale la pena mencionar las hollywoodenses “Titanes del Pacífico” (2013), “Blade II” (2002), “Hellboy” (2004) y “Hellboy II: el Ejército Dorado” (2008), “Mimic” (1997), cintas que, aunque fueran muy comerciales, no dejaron de tener elementos del universo de Del Toro. En todas ellas, la constante, diría yo, es que nos queda claro que los monstruos no son lo que parecen. Celebro esta cinta, lo mismo que la larga trayectoria del director oriundo de Guadalajara y espero con ansias ver la siguiente propuesta que nos tiene. Si pueden verla en cine, háganlo; de lo contrario, espérenla en las pantallas de sus hogares, pero no se la pierdan.
Además de la buena impresión que me dejó la cinta, me quedé con varias reflexiones dándome vueltas en la cabeza. Conocía desde hace varios años la novela de Shelley, por lo que comprendo la crítica que realizó en su momento la escritora romántica sobre la ilustración y sus efectos en la vida de las personas. Y tal como lo menciona Juan Sebastián Hernández Valencia en su artículo “Pesadillas poshumanistas: Frankenstein como caso de estudio” (2021), publicado en la revista Perseidas de la Universidad Católica Luis Amigó, Colombia, en “Frankenstein se observa una crítica dirigida contra la deformación social, cultural y antropológica causada por la Ilustración. En ella se cuestiona tanto la teoría como la praxis pedagógica y política, así como la estructura social de las élites económicas y culturales del siglo XIX. También en ella tiene un papel central el cuestionamiento de la ciencia moderna, llamada ‘filosofía natural’, y su tanatofóbica obsesión por liberar a la humanidad de la muerte”. Además, es justo decirlo, tiene un dejo moral religioso que critica la “osadía” del Dr. Frankenstein de jugar a ser Dios y crear vida, pecado por el que es castigado irremediablemente. Al hacer mis pesquisas para escribir esta entrega, me topé con este interesante artículo de Hernández que da en un punto crucial de la cinta de Del Toro: esa crítica al posthumanismo y a sus consecuencias en la vida real, mismas que vivimos día con día sin darnos cuenta. De acuerdo con Gabriela Chavarría Alfaro en su artículo “El posthumanismo y los cambios en la identidad humana” (2015), publicado en la Revista Reflexiones de la Universidad de Costa Rica, tanto “la cibernética como las biotecnologías son básicas para el pensamiento posthumanista porque sus descubrimientos han permitido a filósofos y científicos imaginar un mundo construido más allá de los postulados humanistas, con seres que traspasan los límites biológicos que son propios de nuestra naturaleza humana. Son ellos los que quieren afirmar radicalmente el fin de lo humano como se ha conocido hasta hoy, para proponer un ser que dirija su propia evolución genética”. Ese ser, de acuerdo con los postulados de esta corriente de pensamiento, surgida a principios de este siglo, es uno que se integra y se ve complementado por la máquina y que extiende su racionalidad incluso fuera del cuerpo -idea acuñada a través de la cibernética- y que busca a través de procesos genéticos y médicos, lograr la inmortalidad -biotecnología. “El pensamiento posthumanista -nos dice Chavarría- tiene como base las transformaciones en la noción de ‘identidad humana’ expuestas anteriormente y, además, explora los caminos que esos avances abren para el futuro. Rechaza, por tanto, la idea esencialista del ser humano, al cual pone en posición horizontal con la naturaleza y los agentes no-humanos, en un tipo de convivencia que puede considerarse postsocial como la del Actor Red. Un mundo de humanos, computadores y redes comunicativas, un engranaje tecnológico del cual el humano forma parte igualitaria y no singular”. Se trataría de una humanidad sin precedentes, con capacidades intelectuales, físicas y mentales muy superiores al trascender los sus límites.
Como vemos, Frankenstein ya no solo es una crítica a la modernidad y a la soberbia intelectual antropocentrista -muy eurocéntrica y patriarcal, dicho sea de paso-, sino que ahora, en la versión de Del Toro, es una crítica a este supuesto paso en la evolución que nos llevará a esa nueva humanidad, hado que se nos pinta como inevitable. Hernández nos dice que la “crítica antropológica de Frankensteín denuncia como un terrible error el enfrentar la contingencia humana como un enemigo al cual vencer. La muerte no debería ser entendida como el monstruo máximo, como lo siniestro que emerge desde lo secreto y oculto de la vida para, como lo sublime terrorífico, subyugarla por medio de su magnificente fuerza. Al contrario, la muerte hace parte de la condición contingente del cuerpo humano; es parte constitutiva de su sublimidad”. Por tanto, la muerte y la vida son condiciones naturales del ser humano y negarlas, implica un ejercicio ciertamente perverso. Por otro lado, en la cinta, como bien me decía mi pareja después de verla, se halla también la idea del cuerpo, de su modificación vía la explotación de otros cuerpos, de esos que son desechables o reutilizables. Es como la exploración de tratamientos y estudios clínicos en el mundo subdesarrollado para el perfeccionamiento de medicamentos y procedimientos que disfrutarán los ciudadanos del mundo desarrollado. Postergar la vida mediante la reconstrucción del cuerpo con tratamientos, con ejercicio y suplementos, con cirugías y modificaciones genéticas, también conlleva serias discusiones éticas, morales y tanatológicas. La decrepitud, la decadencia, el deterioro y la muerte son consustanciales al ser humano.
Es justo decir que no es el primer director que ha tratado estos temas recientemente. Recomiendo a quien lea esto que vea el cine del sudafricano Neill Blomkamp con sus distópicas y excelentes “Sector 9” (2009), “Elysium” (2013) o “Chappie” (2015) donde se hace una clara crítica a la modernidad y se rompe con la romántica idea de la convivencia de la máquina con el ser humano. Existen antecedentes interesantes de este discurso en la literatura y el cine Cyberpunk en donde la convivencia de la máquina se ve como algo inevitable, que se lleva en la vida cotidiana, pero no necesariamente se retrata como algo positivo. Son ejemplares las novelas de “Blade Runner o sueñan los androides con ovejas eléctricas” (1968) de Phillip K. Dick y su célebre versión cinematográfica de Ridley Scott (1982); las fabulosas “Ghost in the Shell” (1997) de Mamoru Oshii y “Akira” (1988) de Katsuhiro Otomo. Por otro lado, una especie de “amnistía” entre las máquinas y los seres humanos es lo que veríamos en la serie “The Matrix” de Lana y Lilly Wachowski (1999- 2021). Al final, como nos dice Hernández, “el poshumanismo no solo es pharmakon [que se refiere lo mismo a tratamiento que a veneno], también es una teratología negantrópica. Recordando a Bergson, Michel Onfray (2018) ha ilustrado sus objeciones contra el poshumanismo definiéndolo como ‘lo mecánico plantado en lo vivo’ (pp. 560-563). En esto mecánico yace la fuerza elemental absoluta que Onfray denomina ‘Potencia’: la entropía que impulsa todo el reposo destructivo. En esta visión, el poshumanismo es otra actualización más de la fuerza dialéctica negativa que surge de la entropía misma, oponiéndosele. Onfray la llama ‘negantropía’. Él arriesga una revelación futurológica: en el siglo XXI esta fuerza negatrópica reemplazará las ficciones mesiánicas liberal y comunista del siglo XX, haciendo surgir la civilización que se ocupará de abolir toda civilización”. ¿Será? Puede ser. Lo veo cotidianamente cuando mis estudiantes al recurrir a la IA, renuncian a pensar, escribir y leer y quedan a la merced no sólo de la máquina, sino de su propia ignorancia, lo que no impide que más adelante actúen impulsados por espasmos sumamente irracionales y voten por los nuevos fascismos de este mundo, que se ven harto beneficiados de esas actitudes tan “posthumanas”. Lo veo también con nuestras sociedades cada vez más dependientes de los sistemas, los teléfonos inteligentes y sus aplicaciones; lo percibo en las artes, incluido el cine, sucumbiendo a las “ventajas” de la IA. Es el monstruo de la civilización auto fagocitándose y excretando un nuevo mundo “maravilloso” a ritmo de la música que nos ponen los Elon Musk del mundo. “Al finalizar suscribo la denuncia de Onfray -nos dice Hernández-, no su predicción, desenmascarando la monstruosidad del poshumanismo, que esconde tras un pretendido y publicitado proyecto mesiánico de salvación tecnológica (¡literalmente: un deus ex machina!) su deseo siniestro de jugar a ser Dios, destruyendo una civilización para crear su modelo perfecto, anticontingente, como Víctor Frankenstein, dando a luz a un demonio”. Gracias Guillermo del Toro por esta estupenda llamada de atención, sólo espero que no llegue demasiado tarde. Y sí, citando a Guillermo: “¡Que se vaya a la mierda la IA!”


