Los griegos inventaron como género literario la tragedia y fue expresada, principalmente, a través del teatro. Hicieron de las tragedias un clásico de la literatura universal, aunque, a decir verdad, no nos legaron herramientas teóricas o conceptuales para profundizar sobre la tragedia, para entender y asumir el porqué la tragedia es siempre una condición de posibilidad, tanto en el presente como en el futuro.
La tragedia que se explicitaba en el teatro, es aquella, que, entre otros elementos, devenía por el odio, por las muestras de odio entre los sujetos de la época clásica; el odio, a través de la tragedia, estaba revestido por una considerable pasión, el odio como una pasión, como una emocionalidad circular que construye comunidades, el odio como un dogma de fe que genera adeptos, el odio como un principio teológico, que se justifica por la simbólica supremacía del sujeto o sujetos que lo pregonan y promueven, tanto para sí, como para los suyos.
El sujeto, así como tiene la facultad y libertad para elegir cualquier emoción que le venga en gana, es que puede elegir el odio. En esa elección radica una de las más profundas tragedias, en la autonomía que tienen los sujetos para elegir el ser para sí y ser para con los demás, con toda su comunidad, sea parroquial o global.
La tragedia griega, aun sin proponérselo, ha heredado al mundo su poesía y su narrativa, escritura que identifica el odio como un detonador de la tragedia. Paralelamente, también identifica además del odio, al poder y la locura. Elementos que para los griegos eran el telón de fondo, y asumen que es Dionisio, él como Dios está ahí sosteniéndolo siempre. Por tanto, bajo está lógica, Dios, la teología o Dionisio siempre están detrás del odio, el poder y la locura.
La lectura que se pueden hacer de las tragedias griegas además de ser clásicas es universal, universalizantes y atemporales. Por ende, pueden ser peligrosamente vigentes, aún después de tantos y tantos siglos.
Tan solo en días pasados fuimos testigos del montaje teatral al estilo de Hollywood de un acontecimiento político que, cual tragedia griega -que se creía superada- fue algo así como un desafortunado reciclaje.
El ritual catártico del republicanismo norteamericano, representado nuevamente por Donald Trump, el moderno Dionisio neoliberal, personaje en el que el teatro la diversión y el éxtasis está asegurado. La condición de posibilidad de que el odio sea una de nuestras tragedias recurrentes, quizá, una tragedia siempre latente, pero, hoy más cínica y teatralizada como principio político, un principio de valor acompañado de muchas sonrisas.
Trump vuelve a ser la visible máscara trágica de nuestro teatro neoliberal. Trump para muchos es la cosificación de la dualidad Dios-hombre, hace real la dualidad del gobernante-rey, el jefe de un clan emocional que aplaude y corea su poesía de odio, pregonándola como principio ético y moral. Trump como representante de una conciencia que asumió el odio y la tragedia que ello genera, como la única forma de resarcir el presente y tejer el futuro. Su futuro.
Trump es la máscara que oculta todos sus gestos, la cara visible de unos ojos vacíos, la máscara que oculta la gesticulación de lo que realmente se es, de lo que se elige ser: Edipo-tirano; rey-sabio. El odio como tragedia se estableció abierta y descaradamente como un elemento contradictorio, pero refundacional. La tragedia de la era dorada, la tragedia del renacer como nación en el teatro global.
Con la llegada de Trump triunfa la tragedia como condición permanente, como una latencia oculta en los principios demócratas, hoy la tragedia debe ser mostrada a los opositores, detractores y enemigos, mediatizar su pureza y poderío. Triunfa la tragedia de lo racional, lo ético y lo moral. Triunfa como tragedia la violación a la poca dignidad que le queda a todo lo vivo, todo eso que durante años ha sido intentado ser velado por los derechos internacionales.
Con la llegada de Trump regresamos a la más vulgar tragedia del poder y la locura dionisiaca, esa que delimita nuestro drama y le da una forma más ruin a nuestro dolor, nuestro horror, nuestras incertidumbres. Regresamos a la era en la que el poder republicano vence a la razón universal, la razón más “prudente” de los otros gobernantes del gran imperio.
La llega de Trump reafirma la tragedia de asumir que el presente y el futuro son algo que no está resuelto, por tanto, el héroe trágico, ese que porta la máscara de ojos vacíos debe enmendarlos, ese sujeto que eligió nuevamente partir del odio y la tragedia que ello genera para hacer del destino global algo providencialmente estable.
Otra vez triunfó la tragedia como poesía de odio, de ese odio como pasión, como una emocionalidad circular que construye narrativas y comunidades, el odio como un dogma de fe que genera adeptos, el odio como un principio teológico, que se justifica por la simbólica supremacía del sujeto o sujetos que lo pregonan y lo promueven, tanto para sí, como para los suyos.
