De unos años para acá, gracias a numerosos descubrimientos arqueológicos y paleontológicos, la ciencia empieza un largo proceso de revisión de viejos paradigmas para proponer visiones alternativas en cuanto a la historia de la humanidad y de aquellos aspectos en los que se sustentaba la idea de civilización acuñada en Europa y asumida como una verdad absoluta. Por ejemplo, la recurrente idea de que la civilización estuviera íntimamente ligada al surgimiento de la agricultura, esto es que, gracias a este conocimiento, el ser humano habría de sedentarizarse y construiría sistemas complejos, lo mismo sociales que religiosos, en torno a aldeas y zonas urbanas; concomitantemente, desarrollaría rituales, arquitectura, escritura y jerarquías sociales donde el poder estaría repartido entre lo civil y lo clerical. En este orden de ideas, las sociedades de cazadores recolectores serían o estadios evolutivos anteriores o meros estancos evolutivos y, por ende, no construirían civilización. El descubrimiento de Göbekli Tepe, zona arqueológica que se encuentra al sur de Turquía y que se estima tiene una antigüedad de 12 mil años, haría que nos cuestionáramos estos preceptos. En esta ciudad, mucho antes de que se hablara de la domesticación de los granos, ya existía una sociedad compleja con centros de culto que contaban con símbolos e imágenes de animales, entre otros atributos, que claramente vinculamos al concepto de civilización. Otro tanto sucede con el hallazgo de pan realizado con semillas producto de la recolección en campamentos cercanos a Jordania que se remontan a los 14 mil años antes de nuestra era. De ello me ocupé de una columna anterior denominada ¿Pan antes del pan?, publicada en febrero de este mismo año. Por tanto, lo dicho en libros de texto y en aulas de todos los niveles, debe ser cuestionado y reelaborado.
Otro tanto sucede con Mesoamérica, pues gracias a hallazgos recientes, debemos empezar a cuestionarnos mucho de lo que leemos y decimos. Vivimos una época fascinante donde gracias a nuevas tecnologías y a interpretaciones más abiertas e integradoras, encontramos preguntas y respuestas la mar de interesantes. Por ejemplo, recientemente el INAH reportó hallazgos interesantes en el sitio Aguada Fénix, en Tabasco, hallado hace algunos años gracias a la tecnología LIDAR (light detection and ranging). De él hablo en otra columna anterior, “Aguada Fénix”, publicada en 2024, donde afirmo que este sitio “supone más preguntas que respuestas. Primero que nada, al no encontrar estructuras habitacionales, los arqueólogos concluyen que se trató de una zona ceremonial donde se desarrollaron rituales que no se pueden identificar claramente. Otra de las conclusiones interesantes, es que no se encuentra evidencia de gobernantes o de líderes, como sí se ha identificado en San Lorenzo con terrazas similares en las que hay esculturas de los que han sido caracterizados como gobernantes. Ello hace suponer a los arqueólogos que se trata de un trabajo colectivo en el que, salvo por la elaboración de la terraza en fragmentos de diferentes colores –como en un tablero de ajedrez–, lo que sugeriría cierta identidad de grupo, lo que vemos es que se trata de una colectividad de colectividades reunidas para construir la mega estructura”. Bien, pues los nuevos hallazgos, publicados en un artículo de la revista Science Advances (2025) escrito por los arqueólogos Takeshi Inomata, Daniela Triadan, Verónica A. Vázquez López, Melina García Hernández, Juan Carlos Fernandez- Diaz, Ashley E. Sharpe, Claudia Alvarado, Atasta Flores, Xanti Ceballos, Kelsey E. Hanson, Ran Chen, Timothy Beach, Takayuki Omori, Hiroo Nasu, Kazuo Aoyama, Keitaro Yamada, Ikuko Kitaba y Takeshi Nakagawa, todos pertenecientes al equipo de excavación, se habla de que “el descubrimiento de Aguada Fénix, con su gran meseta artificial (Meseta Principal) construida durante el Preclásico Medio temprano, generó un debate académico sobre el desarrollo de las primeras civilizaciones mesoamericanas. A diferencia de los centros olmecas de San Lorenzo y La Venta, estos sitios del Preclásico Medio en el área maya no mostraron evidencia de jerarquías sociales prominentes. ¿Qué motivó a las personas a participar en grandes proyectos de construcción y cómo los llevaron a cabo en ausencia de élites poderosas? Estas preguntas tienen implicaciones de gran alcance para nuestra comprensión de los sistemas sociales, incluyendo el problema contemporáneo de cómo construir organizaciones a gran escala al tiempo que se minimiza la desigualdad excesiva”. En efecto, como ya he comentado en otras entregas, es con demasiada frecuencia que los arqueólogos e historiadores ocupen modelos de otras latitudes para explicar fenómenos mesoamericanos, entre los que se cuentan los políticos, religiosos y sociales, muchas veces tomados de la Grecia antigua, Mesopotamia, Egipto o Europa, mostrándolos como modelos universales. Y, es difícil concebir sociedades que trabajaran de forma igualitaria, sin la necesidad de grandes jerarquías que los “latiguearan” para realizar el trabajo. Aguada Fénix nos muestra que es muy posible. “Abordamos estas preguntas examinando el diseño y las funciones de Aguada Fénix –nos dicen los autores. Los resultados mostraron que el plano de Aguada Fénix consistía en patrones de cruces anidadas, que probablemente formaban un cosmograma que representaba cosmovisiones y conceptos calendáricos. La cruz más grande, que se extendía por todo el paisaje, rivalizaba o superaba la extensión de ciudades mesoamericanas posteriores, como Tikal y Teotihuacán. Incluía un sistema hidráulico a gran escala, compuesto por una represa y canales, de hasta 35 m de ancho y 5 m de profundidad. Aunque los canales no se completaron antes del abandono del sitio, la escala del diseño y la construcción de Aguada Fénix es más ambiciosa e impresionante que nuestra evaluación inicial, basada principalmente en el tamaño de la Meseta Central. Junto con el atractivo de las ceremonias colectivas, los banquetes y el intercambio de bienes, la construcción de un cosmograma, que materializaba el orden del universo, probablemente justificó la participación de un gran número de personas sin coacción. El desarrollo de Aguada Fénix ejemplifica las capacidades de organización humana sin desigualdades prominentes, pero también sugiere los desafíos que enfrentaron los constructores anteriores”. Por tanto, no sólo se trata de un espacio de intercambio y de celebración de rituales, sino como en muchas otras ciudades mesoamericanas, se trata de una reelaboración del cosmos. Fascinante en verdad.
De acuerdo con Jesús Galindo Trejo, en su artículo “Arqueoastronomía Mesoamericana” (2001) publicado en la revista Arqueología Mesoamericana, durante “el transcurso de una noche estrellada, un observador atento podría percatarse de que el movimiento aparente de la bóveda celeste describe una rotación natural en dirección este-oeste; perpendicular a ésta, la región norte se revela obviamente, al girar las estrellas en torno a un punto que hoy coincide aproximadamente con la Estrella Polar. Estas direcciones preferenciales en el espacio tienen trascendencia universal. El hombre mesoamericano percibió y reconoció estas direcciones cósmicas en forma de diseños que semejan una cruz de Malta, y asoció cada dirección con un color, una pareja de deidades, un árbol y un ave. En el centro aparecían deidades primigenias ligadas al tiempo”. Precisamente un cosmograma, en forma de cruz de Malta, como hemos visto, es lo que se diseñó en Aguada Fénix y que tiene una dimensión de 9 por 7.5 kilómetros, según el boletín del INAH, y cuya parte central, el Grupo E, fue construido en el Preclásico Medio (1000- 750 a.C.). Según Galindo, reconociendo “la importancia de algunas direcciones especificadas por el movimiento aparente de los astros, los sacerdotes astrónomos mesoamericanos idearon una manera muy peculiar de rendir culto a las deidades que habitaban en el firmamento. Así, se levantaron estructuras arquitectónicas orientadas hacia esas direcciones, para poner en armonía la obra humana con el cosmos”. Esto nos lleva a corroborar la importancia de un sitio como este que bien podría haber servido como un antecedente de otros modelos constructivos y cosmológicos de la región maya, antes siquiera del auge de una ciudad tan importante como el Mirador, en Guatemala, en torno al 300 a.C.
De todo esto considero que es fundamental empezar a hacerse nuevas preguntas que deriven de la observación de estos espacios y fenómenos desde las perspectivas mesoamericanas y no de otras latitudes. En verdad debemos partir, como bien señala Federico Navarrete en un artículo reciente denominado “Más allá de la cosmovisión y el mito. Una propuesta de renovación conceptual”, disponible en la Revista Estudios de Cultura Náhuatl (2018) de una visión centrada en las realidades de aquí y no de otros espacios. Por ejemplo, nos dice, las “investigaciones sobre los reyes del Clásico maya, por ejemplo, podrían dejar de intentar reducir a estos personajes a nuestra noción de la persona y de las figuras reales, y reconocer que no se trataba sólo de individuos biológicos, sino de personas complejas que incorporaban a deidades, antepasados y animales compañeros y que ejercían su capacidad de acción histórica de maneras muy variadas –sobre la tierra y en otros planos cósmicos– en el presente y en otras temporalidades”. Lo mismo sucede con las relaciones de poder establecidas en ese Preclásico mesoamericano, que permitían que grupos diversos de personas decidieran construir estructuras tan intrincadas como un cosmograma, sin necesidad de ser “forzadas” por rígidos sistemas jerárquicos “estatales” o por condiciones de esclavitud. ¿Acaso estaríamos hablando de una organización comunitaria donde el bien común se antepusiera al de las elites? Eso es impensable el día de hoy, sin duda. Pero si exploramos en la historia de estos pueblos y en su presente también, sin romantizar, nos encontraremos que lo comunitario es una constante en sus relaciones sociales y de poder. Aguada Fénix nos está demostrando que nos falta mucho todavía por aprender y que, para hacerlo, debemos anteponer las epistemologías de estos pueblos a las nuestras, de manera que podamos acuñar nuevos modelos de análisis. También me parece pertinente evitar construir nuevos paradigmas que se conviertan en otras verdades absolutas; es necesario, por el contrario, construir modelos plásticos, posiblemente regionales y temporales, que permitan comprender procesos y tendencias más que afirmaciones categóricas. Falta descolonizar nuestra mente y adaptarla a ver otras realidades.


