Sábado, diciembre 4, 2021

Alfredo y la profundidad

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En los dos últimos años han fallecido numerosos especialistas del ámbito de los estudios mesoamericanos e indígenas en nuestro país. María del Carmen Valverde Valdés, entrañable maestra y amiga, estupenda historiadora del mundo maya; Laura Caso Barrera, estudiosa de los itzaes y del Chilam Balam de Ixil, entre muchas otras cosas; Guillermo Bernal Romero, joven y talentoso epigrafista especializado en Palenque. Todos ellos y muchos otros y otras de los que no tengo conocimiento y que se han ido ya sea por la pandemia o por otras causas, dejan un vacío importante que aquellos que sobrevivimos debemos reconocer y complementar con trabajo e imaginación. Retomaré este punto en un momento. Más recientemente, hace tan sólo unos días, falleció Alfredo López Austin, investigador y docente en el Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM y referencia obligada cuando hablamos de la cosmovisión de los pueblos mesoamericanos. Allá por 2013 le dediqué un par de entregas de esta columna, justo al terminar el segundo año que estudié su cátedra sobre la cosmovisión de los pueblos mesoamericanos que dictaba en el auditorio Dr. Jaime Litvak King en el Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM, mismo que compartía el Posgrado en Antropología con otros entre los que estaba el de Estudios Mesoamericanos que estudié. En esas sesiones tuve la oportunidad de escuchar de primera mano muchos de los conceptos que podemos leer en libros como “Los Mitos del Tlacuache”, “Hombre-dios. Religión y política en el mundo náhuatl”, “Cuerpo humano e ideología. Las concepciones de los antiguos nahua”, “El conejo en la cara de la Luna. Ensayos sobre mitología de la tradición mesoamericana”, por mencionar los más conocidos de su obra. Pero no sólo eso, tuve la oportunidad de comprender la forma en que elaboraba esos conceptos, cómo devanaba el conocimiento adquirido para así producir nuevos conocimientos a su vez, que más adelante nos ofrecía y ponía a discusión en su seminario.

Lo que más llamó mi atención, desde las primeras sesiones, era la cantidad de fuentes consultadas para la elaboración de sus propuestas: lo mismo acudió a textos coloniales, en especial a Sahagún, que a la revisión de los reportes de arqueólogos (fuentes arqueológicas) que a la consulta de trabajos de antropólogos (fuentes etnográficas) de México, Guatemala y otras latitudes. Por tanto, hay que decir que quizá uno de sus aportes más importantes al conocimiento de nuestro pasado (y, por ende, del presente), es el trabajo multidisciplinario, aunque él siempre se considerara un historiador. Para mí, lo que subyace en su trabajo es la necesidad de profundizar en el conocimiento de lo mesoamericano y para ello, juzgó pertinente la utilización de múltiples fuentes, tan simple y complicado como suena. Pero ojo, no estoy considerando a las fuentes como las contemplan muchos historiadores que se centran exclusivamente en los documentos y manuscritos. Para mí, son fuentes perfectamente válidas para comprender lo que hablamos las arqueológicas, las pictóricas, etnográficas, mediáticas, hemerográficas, en fin, todo aquello que pueda ser útil para la comprensión de los fenómenos históricos. Como sostiene López Austin en una entrevista realizada por el INAH y recientemente publicada:

“Para mí el historiador es el hombre que estudia los procesos sociales. No la sociedad humana detenida, sino que la estudia en su transformación”.

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“Si yo doy una definición de esta naturaleza -continúa López Austin -, de la que estoy profundamente convencido, tengo que incluir en el mismo cajón -cosa que no les va a gustar a muchos que los incluya- a los arqueólogos, a los etnólogos, a los sociólogos, a los lingüistas, a los periodistas, etcétera”. Esta misma opinión la encontramos corroborada en su ensayo denominado “Autobiografía en digresiones y aforismos”, publicado en el libro “Egohistorias: el amor a Clío”: “¿Qué enseñanzas pueden superar a las de la historia? La historia del lenguaje es, en términos braudelianos, una historia de muy larga duración. Es sólo un tipo de historia: la de los innumerables sujetos, la de las acciones mínimas, la de los innumerables años, la de los triunfos más profundos del pensamiento humano, la de las innumerables vías de incidencia, la de la creación inconsciente. El historiador podrá elegirla como su objeto de estudio; pero podrá preferir la historia de los ciclos o la del individuo y el acontecimiento; porque historia lo es tanto la transformación casi imperceptible de los hechos que parecen dormidos en el transcurso de los milenios, como el veloz suceso que constituye la materia corriente de los diarios. Pueden ser considerados historiadores tanto el lingüista como el periodista, siempre y cuando manejen su objeto de estudio desde la perspectiva del devenir”. Claro, pero para ello, el historiador debe estar abierto a percibir otras dinámicas de producción de conocimiento, cosa al parecer insalvable para muchas y muchos colegas que se autodenominan historiadores y que no sólo niegan la pertinencia de la revisión de fuentes arqueológicas o de cualquier otro tipo, sino que incluso las juzgan casi ajenas a las históricas. Cuántas veces he escuchado frases como estas: “La historia no se lleva con la arqueología”; o “las pinturas murales en templos católicos del siglo XVI no son fuentes”, como me dijera un historiador hace años; o como me dijo otro historiador cuando le dije que me interesaba hacer un estudio entre regiones y momentos históricos diferentes: “yo soy muy historiador y no creo en ese tipo de estudios”.

Yo no me considero un historiador, no al menos como dictan los modelos “tradicionales” de la disciplina histórica. Para mí, y llevo un enorme ejemplo de López Austin en ello, hay que estudiar los procesos sociales que abordamos desde la profundidad que nos hace extender nuestra mirada hacia el pasado y al futuro (nuestro presente, acaso) de ese proceso. Es decir, discernir el origen de tal proceso, a dónde fue después y qué raíces podemos ver en el presente. Fueron numerosas las referencias a estudios etnográficos o a experiencias del propio Alfredo con las comunidades en sus clases, para corroborar o ampliar el sentido de lo registrado en alguna fuente colonial; lo mismo su constante interés en darnos noticia de tal o cual investigación, documental cinematográfico o trabajo sociológico, antropológico, comunicacional o de ciencia política que se estuviera publicando en el momento. Su seminario fue muestra fehaciente de lo que digo, pues en él participamos todo tipo de estudiantes de muy diversas formaciones, desde matemáticos, zoólogos, físicos, agrónomos, comunicólogos, hasta los ya consabidos historiadores, antropólogos y arqueólogos y presentábamos nuestras investigaciones para comentarlas entre todos. “El historiador del documento es uno más entre los historiadores -continúa Alfredo en su autobiografía-. El historiador deberá investigar las formas de inclusión de unos hechos históricos en otros, sus articulaciones, las modalidades de las permanencias y de los cambios, los desfases con sus causas y consecuencias, en fin, deberá tomar en cuenta que el gran proceso histórico es un conjunto de transformaciones simultáneas que operan a distinta velocidad y que se afectan unas a otras en forma de ajustes, desajustes y recomposiciones”.

Como lo he sostenido en columnas anteriores, es necesario que avancemos hacia nuevas interpretaciones de nuestro pasado para ofrecer mejores explicaciones del presente. Difícilmente lo haremos si seguimos acotados por ese terrible “disciplinamiento” -harto positivista y colonial- que más que ordenar el conocimiento lo ha fragmentado indiscutiblemente hasta evitar que pueda existir diálogo entre esas mismas disciplinas; pero que a su vez motiva la discriminación de unas sobre otras, como suele suceder entre las Humanidades y otras disciplinas sociales o entre aquellas autodenominadas “exactas” y el resto del mundo académico. En esa falta de diálogo de estos “clanes o clubes” en los que se han convertido las Humanidades, las Ciencias Sociales o las de corte económico administrativo gana enormemente el sistema en general que busca que quien estudie administración, contaduría o mercadotecnia nunca abra un libro de historia, literatura o filosofía; o que estos últimos no se “rebajen” a saber nada de divulgación o administración. Finalmente, como dice Alfredo en su autobiografía, “¿Para qué la historia de la religión mesoamericana? ¿Para qué la historia de una religión que desapareció hace siglos? Y la respuesta —al menos la primera respuesta— apunta a una tradición que está presente en México y Centroamérica en las creencias y prácticas de millones de seres humanos. La religión mesoamericana, en efecto, terminó con la colonia; pero de la colonia nacieron nuevos credos y prácticas formados por dos vigorosas corrientes tradicionales: la mesoamericana y la cristiana. No se construyeron por mera composición, porque su particularidad histórica las hizo productos de su momento, religiones coloniales; pero muestran, con el predominio de uno u otro de sus antecedentes, la fuerte presencia de ambas tradiciones. Difícilmente podrá entenderse el pensamiento indígena actual sin comprender el alcance de la tradición mesoamericana. Y difícilmente podrá respetarse lo que no se entiende”. Por tanto, coincido con él cuando afirma en carta enviada al “correo ilustrado” de la Jornada, allá por 2019: “No perdono al colonialismo, ajeno o interno, que desangra a los pueblos indígenas, llamándolos hipócritamente connacionales o hermanos y los considera retrasados, infantiles, incultos, incapaces de decisiones justas, para así arrogarse el derecho de decidir por ellos, negando su derecho de libre determinación al forjar, por propia voluntad, su propio destino. (…) Yo, mexicano, no perdono al México racista que ha prolongado por dos siglos la injusta situación heredada del colonialismo hispano”. En efecto, lo que no se entiende, no se respeta y se aprovecha como bandera de justicia nacionalista o de colonialidad hispana, ambas posturas surgidas de versiones deliberadamente sesgadas de la historia. Por eso, celebro la profundidad de los estudios de Alfredo y los tomo como guía de trabajo y de vida. Hasta donde te encuentres, querido Alfredo, ¡muchas gracias!

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