Música y memoria fueron los caminos de celebración de los 90 años del Museo de arte religioso ex convento de Santa Mónica, recinto inaugurado el 1 de enero de 1935 en el que no sólo se resguarda una importante colección de arte sacro novohispano, sino que a través de su arquitectura deja ver la vida monacal femenina y las interacciones entre sus ocupantes, la vida cotidiana y el contexto cultural, político y económico de la Puebla virreinal.
Este sábado 15 de noviembre poco después del mediodía, en medio de los disturbios viales causados por una marcha y el ruido habitual de una zona de comercio, mercado y alta visita religiosa, el museo adscrito al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) abrió sus puertas para conmemorar casi un siglo de ser uno de los mayores exponentes de la vida conventual en el país.
“El edificio como tal es una pieza de museo que habla cómo era la vida de las monjas que estuvieron enclaustradas en el mismo inmueble”, dijo el titular del Centro INAH Puebla, Gustavo Donnadieu González.
Sobre todo, dijo durante una breve entrevista, la edificación deja ver cómo era la arquitectura novohispana, cómo estaban resueltos los espacios y los mobiliarios para el servicio de sus ocupantes, y cómo interactuaban entre sí templo, convento, vida religiosa y vida cotidiana.
“El edificio como tal ya es una pieza de museo que estamos tratando de cuidar para que tenga mejores condiciones y quede para generaciones futuras”, dijo en referencia a los actuales trabajos de remodelación que se realizan en el inmueble ubicado en la 18 Poniente 103 en el Centro Histórico de Puebla.
Recordó que, desde su inicio, el Museo de Santa Mónica buscó congregar expresiones del arte religioso, siendo que en él se contiene arte sacro que va de los siglos XVI al XIX conformado en su mayoría por las colecciones de antiguos conventos femeninos de la ciudad: Santa Mónica (Agustinas Recoletas), Santa Catalina (Dominicas), del Señor San Joaquín y Santa Ana (Capuchinas) y La Soledad (Carmelitas Descalzas).
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“La obra habla de cómo se dieron las manifestaciones artísticas y culturales de su época”, confió Donnadieu González.
Para el director del museo, Sergio Andrade Covarrubias, el celebrar los 90 años del museo significa recordar su importancia local y nacional, al ser uno de los primeros edificios convertidos en espacios museales que se incorporó al INAH tan sólo un año después de que este fuera instaurado.
“Es un momento especial de satisfacción y festejo el estar aquí”, dijo al destacar que es importante que los jóvenes visiten y se acerquen al museo, pues es necesario pasar la estafeta del conocimiento de un recinto como este, que fue resultado de las continuas exclaustraciones que, a partir de 1857 con la promulgación de las Leyes de Reforma, llevó a las comunidades de religiosas a vivir de manera discreta e “ilegal”, ocultas tras los muros de sus conventos.
Fue el caso del convento de Santa Mónica, el cual tuvo una serie de expulsiones transitorias y sucesivas ocupaciones que comenzaron en 1861 cuando tuvo lugar la primera exclaustración, una situación que continuó por un cuarto de siglo hasta la época porfiriana, con una nueva etapa caracterizada que llevó a la comunidad a sortear las circunstancias anticlericales del régimen estatal, misma que concluyó el 20 de mayo de 1934 cuando las religiosas dejaron el convento que habían habitado durante 250 años, luego que el detective Valente Quintana denunciara la existencia de una comunidad religiosa que ocupaba el edificio marcado con los números 101 y 103 de la avenida 18 Poniente.
Memoria conventual y voces de sus trabajadores
La historia monacal del antiguo museo, de sus ocupantes y su fundador, así como las voces de antiguos trabajadores que habitaron el espacio durante 25, 30 y hasta 35 años, poblaron el video documental que realizaron jóvenes de servicio social y prácticas profesionales del Museo de Santa Mónica, guiados por la encargada de Difusión cultural, Victoria Huitzil Alvarado.
Bajo la guía histórica Jesús Joel Peña Espinosa, investigador del Centro INAH Puebla, el video introduce a la colección de arte religioso expoliado de los citados conventos, y de cómo el “edificio es en sí la mejor expresión para comprender el modo de vida de las religiosas de clausura” que han existido en la historia de Occidente.
Asimismo, como describe el historiador, el museo permite acercarse a las formas de vida espiritual, a la vida cotidiana de las mujeres en clausura, y a las características arquitectónicas desarrolladas para poder albergar a una comunidad femenina que debía vivir con un patrón de vida diseñado por las reglas y constituciones de su orden.
“En estos 90 años, el museo busca acercarse a todos los públicos, renovarse y tratar de mantener este diálogo brindando no sólo los contenidos históricos, las explicaciones estéticas y formas dinámicas para apreciar las obras del pasado novohispano”, apunta Peña Espinosa en el video producido y dirigido por el estudiante universitario Héctor Beltrán.
En el video aparecen también las memorias, voces, vivencias y nostalgias de don Antelmo, doña Leticia, don Adelairi y don José Carlos, quienes durante décadas dedicaron su vida laboral al Museo de Santa Mónica como custodios, vigilantes y administrativos, que se dedicaban no sólo a su trabajo sino que “hacían de todo”: desde limpiar y mantener en orden la visita, hasta compartir sus conocimientos sobre la historia del museo y lo que a la “gente les gustaba saber, como la puerta secreta que había en el despacho de la superiora”.
Una composición entre tiempos pasados y futuros
Tríptico para los vestigios del silencio, es el nombre de la composición que el músico y catedrático Daniel Jiménez García dedicó a los 90 años del Museo de arte religioso ex convento de Santa Mónica, presentado como un homenaje al recinto fundado en 1688 por el obispo Manuel Fernández de Santa Cruz, quien hizo profesar allí a 24 colegialas bajo la orden agustina recoleta en el que sería el primer convento de esta congregación en América.
La pieza musical, describe el artista sonoro en una breve entrevista por separado, es un memorial. “El primer movimiento es una pieza para órgano como si fuera una Tocata, un estilo común en el Barroco (…), que está en la tonalidad en La menor; el segundo movimiento es para piano en Fa mayor, una combinación de acordes basados en esta transición total; y el tercer movimiento es algo mucho más contemporáneo, fresco y minimalista, para hacer el recuerdo y los casi cuatro siglos de fundación del edificio”, dijo.
Abundó que la Tocata está escrita en La menor por una razón: “porque las notas Si, La, Mi, Do, es el nombre de Santa Mónica puesto en letras, y después de ahí metí algunos nombres de monjas que estuvieron aquí como Raquel o Rosa, que están impregnadas en los movimientos, y esos nombres están hechos en notas y se derivan en contrapuntos y en armonías”.
El poner su nombre sobre las notas, detalló el profesor universitario que regresó recientemente de una estadía artística en Berlín, Alemania, donde compuso una obra al Muro de Berlín, significa que cada vez que se reproducen estos tonos, es como si las religiosas “vivieran un instante, como si volvieran a habitar y empezaran a jugar en su antiguo espacio”.
Así, concluyó antes de brindar el recital en homenaje a los 90 años del Museo de Santa Mónica, “cada línea sonora de la pieza significa repetir el nombre creado artísticamente o desde un pensamiento abstracto, para que las monjas que habitaron aquí vuelvan a habitar este presente y estén de una manera poética navegando en el espacio y en el tiempo”.
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