Jueves, enero 22, 2026

Alejandra Pizarnik: cuando ni todo el reconocimiento te salva de ti misma

Transcurría la madrugada del 25 de septiembre de 1972, y Alejandra Pizarnik caminaba hacia su despacho del departamento que poseía en Buenos Aires. Agarrando una tiza que aproximó hacia el pizarrón de su pared, escribió sus últimos versos. 

Retornando a su habitación, se provocó una sobredosis ingiriendo cincuenta pastillas de Seconal sódico, muriendo aquella noche. 

A sus tan solo 36 años, Pizarnik decidió volar hacia el fondo, dejando tras de sí uno de los legados poéticos más importantes de latinoamérica.   

“Alguna vez, alguna vez tal vez, me iré sin quedarme, me iré como quien se va”.

Flora Alejandra Pizarnik nació en Buenos Aires el 29 de abril de 1936, hija de Elías Pizarnik y Reizla (Rosa) Bromiker, inmigrantes ucraniano-judíos y ambos provenientes de la ciudad de Rivne, Ucrania. Al igual que muchas familias inmigrantes de apellidos eslavos, su apellido original, Pozharnik, sufrió de castellanización al instalarse en Argentina.

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Cristina Piña (biografa de Pizarnik desde 1982) expone que su infancia estuvo marcada por dos grietas importantes: la comparación constante con su hermana mayor que su propia madre propiciaba y la naturaleza extranjera que poseían como familia. 

Durante su adolescencia contó con severos problemas de acné y además con una gran tendencia a subir de peso. El asma, tartamudez y autopercepción física de la poeta sentaron las bases para su autoestima.

“Se trata de esa sensación de angustia que trae el ahogo asmático y que, muchos años más tarde y ya convertida en Alejandra, Bluma (apodo en su infancia) interpretaría como la manifestación de una temprana angustia metafísica”.

 

Esto desarrolló aún más las diferencias entre ella y Myriam, quien se privilegiaba de aquellas cualidades que sus padres apreciaban: delgada y bonita, rubia y perfecta según los ideales de su madre, que todo lo hacía bien y sin tartamudez, ni asma y que no montaba líos en el colegio.

De igual manera, su vida pasada la perseguía. El nazismo y la Segunda Guerra Mundial eran constantes entre los padres de Pizarnik, pues la sombra del conflicto no dejó de acecharles, ya que  prácticamente todos sus parientes fueron perseguidos en Rivne, Ucrania, y perecieron en el Holocausto, lo que marcó como una época sombría la infancia de ambas hijas. 

Adolescencia y sus primeros pasos en la poesía 

En esta etapa supo descubrirse como un ser distinto, con un carácter inclinado hacia al caos y la inestabilidad, surgió en ella la necesidad de ser reconocida por el mundo (muy a pesar de nunca estar de acuerdo consigo misma). 

Bluma, nombrada así por su familia, comenzó a separarse de este apodo y, así mismo, cortó los lazos familiares. 

“Supongo que tuvo que ver con la voluntad de ser otra, de abandonar a la Flora, Bluma, Blímele de la infancia y la adolescencia y construirse una identidad diferente a partir de esa marca decisiva que es el nombre propio, esa inscripción de la ley y el deseo paterno y materno en el sujeto que llegamos a ser”.

La incursión en las letras figura como el inicio de la desgarradura. En el secundario Alejandra mostraba gran fascinación por la literatura. No sólo con aquella que enseñaban en el colegio o con la que, en secreto, iba descubriendo y haciendo circular entre sus compañeras, sino también con la que escribía.

Existencialismo, libertad, filosofía y poesía fueron tópicos de lectura favoritos de la poetisa, así como la identificación, favoritismo que perduró toda su vida con autores como Antonin Artaud, Rimbaud, Baudelaire, Mallarmé, Rilke y el surrealismo; hecho por el cual ha sido considerada una poetisa maldita.

Dando paso así a que la lectora se convirtiera en creadora, promoviendo sus manuscritos con el deseo de sobresalir, de triunfar.

Pizarnik encaró el modelo ideal de estudiante en la escuela secundaria, un prototipo de recato y discreción, buena conducta y ser aplicada en la escuela. Hecho que no hizo más que desarrollar a la mujer rebelde, estrafalaria y subversiva que habitaba en Alejandra, algo que contrastaba mucho con la imagen del adolescente común de los años cincuenta. 

La concepción de su cuerpo tomó importancia médica cuando las anfetaminas formaron parte esencial en su estilo de vida: la obsesión por su peso corporal inició la progresiva adicción a los fármacos. Sus más allegados de esa época supieron de su adicción progresiva, tan grave que uno de ellos se refería a la casa de Alejandra como “La farmacia” por el despliegue de psicofármacos, barbitúricos y anfetaminas que desbordaba de su botiquín.

En 1953, finalizó sus estudios secundarios llena de grandes dudas. Las expectativas académicas que tenía le hicieron imposible establecerse en un solo sitio, pues pasó de la carrera de Filosofía a la de Periodismo, luego a la de Letras, al taller del pintor Juan Batlle Planas para, finalmente, abandonar todo estudio institucional y dedicarse plenamente a escribir. 

Durante esa misma época inició sesiones de terapia con el psicoanalista León Ostrov, un hecho fundamental en su vida y en su poesía («El despertar» uno de sus poemas más famosos, fue dedicado a él). 

Gracias a León Ostrov, se inclinó hacia una unión entre la literatura y el inconsciente, despertando a su vez su interés por el psicoanálisis. Buscando así, no sólo restituir su autoestima y aminorar su ansiedad, sino también emplear un ejercicio poético en el que practicaba la reflexión sobre la subjetividad y los problemas internos.

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París 

Alejandra Pizarnik emprendió un viaje a París, permaneciendo en esa ciudad entre 1960 y 1964, desarrollándose como traductora, periodista y lectora de escritores franceses. Para Pizarnik, París fue un refugio literario y emocional, una perfecta armonía entre la soledad y compañía que Alejandra necesitaba para vivir. 

Trabajó en la revista Cuadernos, publicó poemas y críticas en varios diarios, tradujo a Antonin Artaud, Henri Michaux, Aimé Césaire, Yves Bonnefoy y Marguerite Duras. Forjando también amistad con Julio Cortázar, Rosa Chacel y Octavio Paz.

Julio Cortázar y Alejandra Pizarnik formaron un estrecho lazo lleno de admiración mutua que fue más allá de la literatura. Julio le llegó a confiar el único manuscrito que tenía de Rayuela. Alejandra le llegó a afirmar “yo soy la Maga”, haciendo alusión al personaje de aquella novela, y Cortázar no se animó a contradecirla.

En su regreso a Buenos Aires, convertida en una poetisa madura, publicó algunas de sus obras más destacadas: Árbol de Diana (1962), Los trabajos y las noches (1965) y Extracción de la piedra de locura (1968).

Trabajos que le valieron reconocimiento, otorgándole las prestigiosas becas de Guggenheim (1969) y Fullbright (1971), que no llegó a contemplar.

Parecía que Pizarnik, por fin había obtenido todo eso que tanto deseaba, sin embargo, no fue suficiente. 

Caída

Un hecho que marcó su vida fue la muerte de su padre el 18 de enero de 1967, quien murió de un infarto. Alejandra ya en Buenos Aires, encontró confidencia sólo a su íntima amiga Olga Orozco, quien la acompañó en el velorio.

“Muerte interminable, olvido del lenguaje y pérdida de imágenes. Cómo me gustaría estar lejos de la locura y la muerte. La muerte de mi padre hizo mi muerte más real”.

Luego de un segundo viaje a París, y al no hallar la misma compañía que encontró en su primera estancia en dicha ciudad, regresó antes de lo que ella esperaba, marcando así el principio de su desgaste emocional. Sus amigos dieron testimonio de que a su vuelta de aquel amargo viaje, Alejandra inició un proceso lento de cierre progresivo, que como primera culminación, cometío un primer intento de suicidio, en 1970.

En 1968, Pizarnik se mudó junto a su pareja, la fotógrafa Martha Isabel Moia, sumándose a estos cambios su continua adicción a las pastillas, volviéndose cada vez más necesarias para explorar la noche y la escritura o convocar el sueño. 

Tras la publicación de la Extracción de la piedra de la locura (1968), publicó sus últimas dos obras en medio de una profunda depresión, El infierno musical (1971), Genio Poético (1972) y una edición en formato libro de su ensayo de 1965, La condesa sangrienta (1971). 

En su último año de vida, en colaboración con Arturo Carrera (poeta y escritor argentino) a quien conoció en su retorno a Buenos Aires) produjo una grabación con estimada duración de tres minutos y medio del primer poema de Arturo, para presentarlo después en el Centro de Arte y Comunicación de Buenos Aires, siendo este el único registro existente de su voz. 

Tras haber sido internada en reiteradas ocasiones, debido a su cuadro depresivo y luego de dos intentos de suicidio 

“Van cuatro meses que estoy internada en el Pirovano. Hace cuatro meses intenté morir ingiriendo pastillas. Hace un mes, quise envenenarme con gas”, confesaba una Alejandra devastada en octubre de 1971.

Pizarnik le escribió una polémica dedicatoria a Julio Cortazar en La pájara en el ojo ajeno (1970), donde Alejandra confesaba entre versos su intento de suicidio y su posterior internación en un hospital psiquiatrico, Cortázar en repuesta, le escribió una carta a su entrañable amiga: 

“Mi querida: Tu carta de julio me llega en septiembre, espero que entre tanto estés ya de regreso en tu casa. Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de. Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza -y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte.

Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya. Eso otro es también vos, lo sé, pero no es todo y además no es lo mejor de vos. Salir por esa puerta es falso en tu caso, lo siento como si se tratara de mí mismo. El poder poético es tuyo, lo sabés, lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima. Yo te reclamo, no humildad, no obsecuencia, sino enlace con esto que nos envuelve a todos, llámale la luz o César Vallejo o el cine japonés: un pulso sobre la tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria.

Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra. Escribíme, coño, y perdoná el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen te quiero a cada chicotazo”.

Sin embargo, fue durante un fin de semana de permiso de salida del hospital psiquiátrico de Buenos Aires, cuando, luego de una lucha constante contra sí misma, escribió en su pizarrón: 

“no quiero ir, nada más, que hasta el fondo”

y decidió huir de la vida. 

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