La relación entre pobreza y Alzheimer no solo involucra la falta de recursos para atender o tratar el padecimiento, sino también cómo las condiciones socioeconómicas precarias pueden contribuir al desarrollo de esta enfermedad.
Aunque es común pensar que la pobreza únicamente restringe el acceso a servicios médicos y tratamientos, lo cierto es que, a través de sus múltiples dimensiones, puede ser un factor determinante en el desarrollo de trastornos neurodegenerativos como el Alzheimer, de acuerdo a un estudio publicado en el American Journal of Preventative Medicine.
En dicho estudio, ‘Privación socioeconómica, riesgo genético y demencia incidente‘, se analizó información de 196 mil 368 participantes del Biobanco del Reino Unido, evaluando su predisposición genética a desarrollar demencia.
Los investigadores examinaron el impacto de la pobreza —entendida como bajo nivel socioeconómico— en dos dimensiones: a nivel individual (considerando factores como bajos ingresos y situación económica personal) y a nivel comunitario (analizando indicadores como tasas de empleo y proporción de personas con automóvil o vivienda propia en una zona). Luego, compararon estos factores con el riesgo genético de padecer demencia.
El estudio concluyó que tanto la privación socioeconómica individual como la del entorno comunitario aumentan el riesgo de desarrollar demencia. Este riesgo fue significativamente mayor en personas que residían en zonas con altos niveles de marginación.
Esto significa que quienes enfrentan pobreza no solo lidian con carencias materiales, sino con un estrés constante debido a la inseguridad económica, la falta de acceso a servicios de salud adecuados y la escasez de recursos básicos como educación y vivienda. Este estrés prolongado puede desencadenar alteraciones en el cerebro, como inflamación y cambios en la estructura neuronal, que son factores asociados con el Alzheimer. El estrés también interfiere en los mecanismos de autorregulación del cerebro, dificultando la capacidad de reparar los daños neuronales a lo largo del tiempo.
A esto se suma que la pobreza restringe la posibilidad de mantener estilos de vida saludables, como una dieta balanceada, espacios seguros para la actividad física o la continuidad en procesos educativos y de socialización, elementos que se han identificado como protectores frente al deterioro cognitivo.
En el caso de México, en 2024 habían 38.5 millones de personas que se encontraban en situación de pobreza multidimensional y siete millones estaban en situación de pobreza extrema, de acuerdo a datos del Inegi; paralelamente, se estima que en el país aproximadamente un millón 300 mil personas padecen la enfermedad de Alzheimer, cifra que representa entre 60 y 70 por ciento de los diagnósticos de demencia y afecta con mayor frecuencia a las personas mayores de 65 años, según la Secretaría de Salud.
La comparación internacional muestra aún más clara la relación entre desarrollo y salud. Según el gerontólogo Kenneth Langa, en países como Alemania, Holanda, Suecia e Inglaterra la incidencia del Alzheimer es menor, lo cual se vincula con sistemas de salud más sólidos, capaces de garantizar atención médica temprana y estilos de vida más favorables para la prevención.
Así, el Alzheimer no puede entenderse sólo como un problema médico, sino como una cuestión social. La pobreza no solo dificulta el acceso al diagnóstico y tratamiento oportuno, sino que además crea las condiciones que favorecen la aparición de la enfermedad. De ahí que la verdadera lucha contra el Alzheimer no solo debe darse en hospitales y laboratorios, sino también en espacios públicos que incluyan la desigualdad como tema de partida, y de esta forma sea posible hablar de prevención para garantizar condiciones de vida digna.
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