Se suele destacar el papel central de los métodos anticonceptivos modernos como herramientas clave para reducir embarazos no deseados y mejorar la salud de las mujeres, principalmente, como es el caso de la píldora anticonceptiva; pero pocas veces se recuerdan las implicaciones que estos tuvieron al ser desarrollados, como ocurrió con la experimentación en mujeres de Puerto Rico.
El desarrollo de la píldora incluyó pruebas clínicas no éticas realizadas en mujeres latinoamericanas durante la década de 1950, muchas de ellas de bajos recursos, con poca o nula educación y sin pleno conocimiento de los riesgos asociados al fármaco experimental que se les administraba.
Curiosamente, fueron dos mujeres, Edris Rice Wray –activista y científica estadounidense– y Margaret Sanger –fundadora de la Federación Americana de Planificación Familiar– quienes hicieron posible que se realizaran las pruebas para demostrar la eficacia de la pastilla, diseñada por los científicos John Rock y Gregory Pincus, logro que consiguieron a partir de la hormona creada por el mexicano Luis Ernesto Miramontes Cárdenas.
Cabe mencionar que, Sanger era conocida no sólo por su activismo a favor del control de la natalidad, sino por defender la eugenesia: “la idea del control de natalidad era bueno porque la gente pobre tendría menos hijos”, recupera la historiadora Margaret Marsh.
Así, las mujeres puertorriqueñas con las que se experimentó, fueron seleccionadas por su vulnerabilidad social, bajo una lógica colonial y eugenésica que consideraba a las mujeres pobres, especialmente las racializadas, como sujetos disponibles para la experimentación, sin que sus vidas y cuerpos importaran, según se muestra en el documental de 1982 ‘La Operación’, bajo la dirección de Ana María García.
Si bien, las pruebas ya habían iniciado en Massachusetts, se usó en pacientes de un psiquiátrico y fueron 50 las familias que accedieron a que las internas participaran, pero estas no eran suficientes para realizar el estudio; entonces fue que se eligió a Puerto Rico, país en el que la esterilización era legal, poblado en su mayoría por gente pobre y con un alto índice de natalidad.
Las pruebas se aplicaron en la clínica Río Piedras, a las afueras de San Juan, lugar que se encontraba cercano a viviendas en construcción. Ahí, la píldora fue administrada a alrededor de 500 mujeres, a las que sólo se les comentó que la pastilla evitaría que quedaran embarazadas, sin mencionar que se trataba de un medicamento en prueba y que los posibles efectos secundarios eran desconocidos.
Se registró que la mayoría de las mujeres experimentó mareos, náuseas, dolor de cabeza, vómitos y dolor de estómago; sin embargo, Pincus descartó estos efectos y los atribuyó a una consecuencia psicosomática: “la mayoría de los síntomas ocurren porque las mujeres esperan que pasen”, afirmó el científico en una entrevista con el New York Times.
Además, tres mujeres fallecieron durante los ensayos clínicos. Pero no se realizaron autopsias, por lo que no se sabe si sus muertes estaban relacionadas con el medicamento, según el diario The Washington Post.
Tras concluir el estudio, y una vez que la Agencia de Drogas y Alimentos (FDA, por sus siglas en inglés) aprobó el anticonceptivo oral en 1960, cuyo nombre comercial fue Enovid, los científicos dejaron la isla caribeña, abandonando a las mujeres que ayudaron a crear el innovador descubrimiento.
Actualmente la píldora anticonceptiva es el segundo método más usado por las mujeres a nivel mundial, con un 14.8 por ciento, según un estudio de Statista y el tercero más utilizado en México, con un 15.6 por ciento, según la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica. Cabe resaltar que los efectos secundarios siguen presentes, ya que de acuerdo a la Secretaría de Salud se puede experimentar: dolores de cabeza, náuseas, sensibilidad en los senos y sangrado intermenstrual, cambios en el estado de ánimo, hinchazón, cambios en los ciclos menstruales y coágulos sanguíneos, en algunos casos.
Sin mencionar el beneficio que este consumo trae a la industria farmacéutica, tan solo en el caso de la farmacéutica Bayer, en un informe para Latinoamérica, se indicó que el 30 por ciento de su facturación anual corresponde a la división de los anticonceptivos, con un estimado de 14 millones de euros.
Este episodio revela una contradicción: la autonomía de unas se construyó sobre la falta de consentimiento y la deshumanización de otras. No se trata de rechazar los avances en salud reproductiva, sino de entender que la autonomía sexual y reproductiva debe ser libre, informada, ética y accesible para todas, sin excepciones ni jerarquías.
En un mundo donde aún hay millones de mujeres sin acceso a servicios de salud sexual y reproductiva, sin información veraz o enfrentando coerciones y violencias por ejercer su derecho a decidir, cabe recordar historias como la de las mujeres puertorriqueñas.


