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No pedimos mucho

Por: Yassir Zárate Méndez

2012-06-29 04:00:00

No pedimos mucho: sólo un país donde se pueda vivir sin miedo. Un lugar donde nuestros hijos puedan volver a jugar en la calle, sin que tengamos el temor de que alguien los lastime o nos los arranque.

No más un país en el que los padres entierren a sus hijos. Heródoto lo consigna sabiamente: en la paz, lo natural es que los hijos sepulten a sus padres, que llagan al final de la vida; en la guerra, se violenta ese curso, porque son los padres quienes se tienen que despedir amargamente de sus hijos, a los que ven marcharse, rotos y humillados.

Vivimos en medio de la zozobra, y ya no queremos seguir así. Nos han querido vender la idea de que sólo las armas pueden detener a las armas. Y esa es una falacia. La violencia sólo engendra violencia; desgarra el espíritu; mutila el ánimo. Y mata. Y la muerte ya no tiene remedio, aunque le hayan dado permiso.

Este ha sido un país que continuamente se devora a sí mismo. Un país atrapado en los callejones de una historia circular. Un gigante de pies de barro que se ha mirado numerosas veces en un ilusorio espejo que distorsiona la realidad. Pocos han sido nuestros momentos brillantes, y muchos menos los personajes que no han sucumbido a las tentaciones del poder.

Pocos, muy pocos se han puesto cera en los oídos para no verse arrastrados y perdidos por el canto de las sirenas. Curiosamente, la mayor parte de las veces se ha tratado de gente que sabe de las penas y las miserias de las que padecen sus semejantes, porque han sufrido esas mismas miserias y penas.

Hombres violentos y paradójicamente solidarios. Como Francisco Villa, que fundaba escuelas en los pueblos que liberaba, porque sabía lo que vale la educación; él, un hombre rudo y casi analfabeta, no precisamente un santo, pero sí un tipo consciente.

(Claro, ahora me hablarán de su tosquedad, de su rudeza, de todas las mujeres que tuvo, de su talante más bien violento, pero al menos pudo vislumbrar una forma distinta de hacer las cosas, apostando por la educación).

Pancho Villa fue alguien que se sentó en la silla presidencial y no se dejó seducir por ese poder que a otros, a muchos otros atormenta y atrapa y devora, y por lo tanto aniquila, al menos en sus principios éticos… si es que los tienen todos aquellos que se afanan por ejercer el poder, así sea la más miserable de las presidencias municipales.

El asunto es mandar por encima de los demás. Y a ese placer nada se le compara. El mayor placer es el que otorga el ejercicio del poder.

Tal vez muy pocos, apenas un puñado, y a ellos los han detenido de una u otra forma: los han matado, como a Madero y a Belisario Domínguez; o los han aislado, como a Heberto Castillo; o de plano les han cerrado el paso, como a Cárdenas en 1988 y a López Obrador en 2006.

No pedimos mucho: sólo que se acabe la vergonzante inequidad e iniquidad. No más monstruosas fortunas de miles de millones de euros (porque ni siquiera se miden en pesos), que contrastan brutalmente con los bienes y recursos que la inmensa mayoría de personas de este país posee. Apenas unos cuantos pesos en el bolsillo, que se exprimen, se alargan para que rindan lo más que se pueda. Ahorrar un par de monedas a veces es todo un sacrificio. Ya no más de esto.

No pedimos mucho: sólo que despierte esa mayoría silenciosa, a la que se quiere mantener callando y obedeciendo; a la que se da una telenovela tras otra; a la que se quiso engañar con un personaje oscuro e ignorante, para que se entretenga, para que se ilusione, para que no sienta cómo es engañada de nuevo.

Nosotros, la gente de a pie, quienes no gozamos de privilegios ni de prebendas, heredadas o compradas, ya no queremos que la vida siga así.

Ya no más un país para unos cuantos, que se enriquecen a costa de casi todos nosotros. Que se burlan de la ley, que se reparten lo que hay o que venden lo que tenemos. Que han subastado al país y lo han doblegado una y otra vez.

No más jóvenes que sólo tengan como alternativa la televisión, la cerveza o las armas, para morir en la más completa de las sinrazones.

Ya no más eso.

No más impunidad, no más abusos, no más arbitrariedades, no más desigualdades, no más pobreza, no más desprecio, ni más humillaciones.

No más miedo.

No más muertos.

No más sangre, y menos de inocentes.

Que Pandora vuelva a abrir la caja, para que finalmente salga la esperanza.

¿Acaso es mucho pedir?

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