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Ignominia de la sentencia

Por: Yassir Zárate Méndez

2012-09-07 04:00:00

El dinero ha dictado sentencia. Acotados por los poderes fácticos que controlan al país, los integrantes del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) avalaron una de las contiendas electorales más sucias de la historia de México, sólo parecida a la que hace seis años llevó a la silla presidencial a Felipe Calderón.

Uno por uno, fueron desechando los alegatos interpuestos por la coalición izquierdista. Fue una sentencia esperada, casi prevista en el guión que se comenzó a escribir desde hace un año, o más, desde que se catapultó a Enrique Peña Nieto a través de las pantallas de Televisa rumbo al estrellato político.

(Ahora hagamos un experimento/encuesta mental. Que alguien me diga quién diablos había oído hablar de Enrique Peña Nieto hace ocho años. Salvo para la mafia mexiquense que lo conocía muy bien, para el Gran Elector EPN era poco menos que un desconocido, un funcionario de segunda fila arropado por su padrino político Arturo Montiel, el que decía que las ratas no tenían derechos y que se acabó comprando un castillo en Francia, con su humilde salario de gobernador del Edomex. Si alguien sabía de Peña Nieto hace ocho años, y sobre todo si intuía o anticipaba que iba a encabezar el retorno del PRI a Los Pinos, tiene garantizada la medalla al visionario del milenio y una beca en el Instituto Nostradamus.)

La previsibilidad de la sentencia emitida por el TEPJF no deja de indignar a quienes tienen un gramo de conciencia.

El despilfarro cometido durante la campaña del atlacomulquense fue vergonzante por su dimensión estratosférica. Sabedores de que la revisión de las cuentas a cargo del Instituto Federal Electoral se extendería mucho más allá de diciembre de este año, cuando todo estuviera consumado, los dueños de la campaña de Peña Nieto no dudaron en gastar a manos llenas.

Sin embargo, las evidencias del derroche fueron debidamente ignoradas por las autoridades y los jueces electorales, reducidos éstos a tinterillos legalistas, desde cuya posición de subalternos validaron la ilegalidad y dieron a luz a la ilegitimidad.

Es cierto que en la democracia se gana y se pierde por un voto (y si no, pregúntenle a Arístides y a Temistocles), pero también es cierto que los procesos electorales en México han sido pervertidos por el poder del dinero.

Queda claro que cuando un candidato no es del gusto de las élites económicas del país, sobre todo cuando amenaza con tocar sus privilegios y canonjías, simplemente echan a andar toda la maquinaria que tienen a su disposición para cerrarle el paso.

La confabulación de empresarios con dueños de medios de comunicación (o incluso la intervención de dueños de medios con intereses económicos diversificados, como los Azcárraga o los Vázquez Raña), para mantener el estado de cosas, incluyendo la corrupción y la impunidad, ha dado nuevas muestras de su poderío, que cerró el paso a Andrés Manuel López Obrador a través de su demonización, sólo porque el tabasqueño amagaba con ponerle punto final a los abusos y la corrupción de garganta profunda de los grandes empresarios.

Ahora, con la infame e ignominiosa sentencia dictada hace una semana, se valida la irrupción obscena del dinero en las campañas políticas; de aquí en adelante no valdrá lo que se evidencie, sino lo que se haga. Es la ley de la selva llevada a sus últimas y nefastas consecuencias. Estamos a las puertas de una época oscura, liderada por corruptos ineptos ignorantes (¿cuál es el adjetivo?, cuál el sustantivo?) Hagan fila y pasen por su tarjeta: el dinosaurio invita.

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