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¿Al fin la primavera mexicana?

Por: Yassir Zárate Méndez

2012-05-25 04:00:00

Para Ximena Ariana,

por la esperanza

 

Tras la ola de manifestaciones juveniles que recorrieron el norte de África, el cercano Oriente y España hace un año, el virus de las protestas organizadas, dirigidas y compuestas por jóvenes ha contagiado a México.

Paradójicamente, el brote se dio en dos instituciones académicas ligadas íntimamente con el establishment nacional: el Tecnológico de Monterrey y la Universidad Iberoamericana.

La recepción que dieron alumnos del Tec a Andrés Manuel López Obrador, llamándolo presidente, contrastó violentamente con la sacudida que los chicos Ibero le endilgaron al candidato priista.

Sólo faltaba una chispa para encender la mecha. Y esa vino por cortesía de Pedro Joaquín Coldwell, quien descalificó a los jóvenes que cuestionaron la trayectoria y el proyecto de Peña Nieto.

“Porros y acarreados” los llamó el ex gobernador de Quintana Roo, apelando a una retórica manida, completamente trasnochada, que trató de echar oscuridad a un movimiento ciudadano genuino.

Y tembló en sus centros la tierra.

El movimiento Yo soy 132 ha subido de volumen a su discurso de apertura democrática en los medios de comunicación. Y si bien enfocó sus baterías en empresas claramente identificadas (Milenio y Televisa), ha logrado articular una propuesta que trasciende la cuestionable actuación de estos dos corporativos.

La marcha de la Estela de Luz sirvió de marco para presentar un proyecto de acción que enfatiza la necesidad de respetar dos derechos fundamentales: la libertad de expresión y la libertad de información.

(Paradójicamente, en su momento, Televisa llegó a dar cobertura a los movimientos protagonizados por los jóvenes de Egipto, Argelia y España. La primavera árabe y el 15 M hispano tuvieron amplia cabida en noticieros y mesas de análisis y opinión. El emporio televisivo difunde con asiduidad los movimientos democráticos en otros países, pero tolera mal los domésticos.)

Mayo le viene bien a la libertad.

El empuje de los jóvenes es por lo menos contagioso. Verlos marchar recuerda inevitablemente las jornadas de mayo–octubre del 68, con la diferencia de que ahora han desplegado un programa coherente y, sobre todo, hay pluralidad. Nunca antes se habían tomado del brazo estudiantes de orígenes sociales tan diversos. Y ese es otro punto a favor de Yo soy 132.

El reto que tendrán es el de mantener el carácter apartidista que han exhibido hasta ahora. Si bien en más de una ocasión han expresado su repudio al candidato priista y expresado simpatía por López Obrador, deberán tener cuidado de conservar la independencia que hasta ahora han mostrado. Cualquier paso en falso en ese sentido podría acarrear la disolución y la desilusión.

Estos jóvenes han logrado sacudirse la etiqueta de apolíticos, impasibles y abúlicos. Su fuerza radica en la frescura de las movilizaciones, todas ellas tachonadas de pancartas rebosantes de frases agudas e inteligentes. Un tenue viento libertario recorre las calles.

(Quién iba a decir que el adefesio arquitectónico de la Estela de Luz iba a jugar un papel simbólico en el crecimiento de Yo soy 132. Una paradoja más de nuestra singular historia.)

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