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Paso atrás del Puebla

Por: Horacio Reiba

2013-01-28 04:00:00

Hace algunos años, Rafael Márquez y un cantante vernáculo, asociados con otros presuntos inversores, lanzaron sus redes buscando adquirir al Atlas, equipo mucho más relacionado históricamente con la metafísica que con el futbol. Los hizo desistir la renuencia de los propietarios a mostrarles los papeles contables del legendario club, que en Guadalajara llegó a tener gran predicamento social y deportivo, con su suntuoso campo de golf –allí germinaría una flor llamada Lorena Ochoa– y su extensa variedad de disciplinas atléticas de pista y cancha. Hoy, lo que fue exuberancia es imparable decadencia.

Esa reticencia de la administración atlista para transparentar el estado de cuentas del club –común a todo el futbol mexicano, por lo demás– vivió esta semana un episodio lamentable, al presentarse en sus instalaciones autoridades del Sistema de Administración Tributaria (SAT) para embargar cuantos bienes fuera posible, dado el adeudo de 4.6 millones de pesos que desde 2008 arrastraba la organización rojinegra (dicho sea lo deorganización con todas las reservas del caso). Se llevaron un autobús y todos los muebles. Y amenazan con volver en breve.

No quisiera generalizar, seguramente habrá en México equipos profesionales –incluso de futbol– con su economía razonablemente saneada. Lo que sí está claro es que el balompié nuestro, financiera y contablemente hablando, es un galimatías infernal. Y que si la Femexfut se decidiera algún día a exigir a sus socios garantías de limpieza en ese sentido, para ver un partido tendríamos que emigrar todos al llano.

O lo que quede del mismo en nuestras caóticas y ya insufribles ciudades.

¿Vela, negativo? Aunque el Chepo de la Torre declaró –a raíz de la dispensa solicitada por Carlos Vela para no ser incluido en la Sub 20 que se preparaba para Londres 2012– que nunca más lo llamaría a la selección, resulta que ese llamado acaba de producirse. Y la negativa de Vela a reproducirse, llenando de santa ira a numerosos comentaristas patrióticos.

Por supuesto, lo ideal sería que una selección nacional estuviese integrada por los mejores futbolistas del país. Pero eso casi nunca sucede. Basta repasar las listas de cada seleccionador a lo largo de la historia para llegar a la conclusión de que éstos recurren al lote de sus confianzas, cuando no de sus conveniencias y las de los agentes que pululan en el medio. A lo mejor ha sido el representante de Carlitos quien le aconsejó olvidarse del Tri y concentrar esfuerzos en Europa, que es donde está el billete grande. A lo mejor es falso que Cruyff se haya negado a acudir al mundial de Argentina como protesta contra la dictadura militar organizadora del certamen, un gesto que, de ser cierto, redimiría con creces su sensible ausencia (aunque peor la habrían pasado Videla y secuaces si Holanda llega a ganar la final, como probablemente hubiera sucedido de contar la Naranja con el futbolista más grande del país).

Bastante más discutible fue el caso de Hugo en EU 94, cuando, llamado por Mejía Barón a calentar, en plena prórroga del decisivo partido de octavos contra Bulgaria, simplemente se negó y permaneció en la banca, emberrinchado por no haber sido incluido en el cuadro titular. Un caso, éste sí, de indisciplina grave. Pocos años antes se había autoexcluido de la selección germana Bernd Schuster, que estaba en pleno apogeo –no como Beckenbauer al desligarse de las convocatorias justo antes de Argentina 78–; se dijo entonces que fue la señora Schuster quien llevó en eso la voz cantante, cansada de que las concentraciones le robaran al marido durante meses enteros. En fin, que en torno a la decisión de no vestir los sagrados “colores nacionales” podría escribirse la biblia.

Conformémonos, más modestamente, con no confundir el rábano con las hojas. Ni suponer que encierra traición a la patria dejar voluntariamente de vestir los colores nacionales en un campo de futbol. Podrá no ser la respuesta más apropiada pero, nacionalidades aparte, hay que reconocer que excusarse ante una convocatoria del seleccionador forma parte de los derechos inalienables del deportista en cuestión.

Más tenis que glamour. En las últimas décadas, el atractivo no confeso pero evidente del tenis femenil ha estado depositando en el palmito de las tenistas, de suerte que partido que no remede la excitación de la pasarela o, mejor, de la alfombra roja, como que pierde una parte vital del color y el sabor anhelados.

En el primer torneo de grand slam de este año –sobre la hierba de Melbourne, en Australia–, ese glamour alcanzó trabajosamente las semifinales, la última estación para María Sharapova, a la que la china Na Li bajó del tren con toda autoridad y justicia. En la final del sábado, la oriental se enfrentaba a Victoria Azarenka, de Bielorrusia, que entre otras víctimas notables contaba a Serena Williams, la verdadera favorita del certamen (las apuestas por Sharapova pasan más por los ojos que por la raqueta, la verdad sea dicha).

Así que nos dispusimos a disfrutar de una final en toda regla, entre dos mujeres de físico agradable pero nada impresionante, muy normales ambas. Y en posesión de buenos recursos tenísticos. Ganaría la que mejor los administrara desde la sala de máquinas del cerebro, que es donde el carácter y la fortaleza psicológica se asientan, para bien o para mal.

Vencedora indiscutible la bielorrusa (4–6, 6–4, 6–3). El respaldo del público le alcanzó a Li para apuntarse la primera manga, pero las decisivas las inclinó Azarenka en su favor. Con más dificultades, eso sí, de lo que pudiera insinuar lo holgado del marcador. Atacando con golpes profundos para mantener a su adversaria en el fondo del court. Apelando al músculo pero también al talento. Sin alardes sublimes pero aportando la consistencia necesaria.

Visto lo visto y disfrutado a lo largo de estos años (Sabatini, Capriati, Hingis, Kournikova, Coetzer, Ivanovic, Hantushova, Wozniacki, Kirilenko y demás proveedoras de agridulces sueños globales), hay que convenir en que la mejor de todas ha sido Chris Evert, que con su aire de niña buena les abrió el camino a las demás. A menos que alguien decida incluir en la lista a Steffi Graf, atléticamente la más completa. Y también la más ganadora.

Djokovic, número uno del mundo. Todo de negro hasta los pies vestido, Novak Djokovic ligó su tercer título consecutivo en el abierto australiano, hazaña sin precedentes en la era profesional. Fue ayer en la madrugada –la nuestra, pues para ellos era tarde soleada–, y el escocés Andy Murray la víctima. En realidad fue partido de dos sets, los iniciales, resueltos ambos en muerte súbita luego de sendos empates a 6. El primero fue para Murray y en el segundo, disputadísimo, emocionante hasta el límite, el serbio tomó desquite. Vaciado por el esfuerzo, el británico fue cediendo terreno paulatinamente y despejándole el camino a su oponente (6–7, 7–6, 6–3 y 6–2).

Djokovic ha ganado ya cuatro veces el abierto de Australia: 2008, 2011, 2012 y 2013.

El peor Puebla. El sábado, en el Azul, la franja fue pan comido y desmigajado. Con una defensa lenta, abierta y mal escalonada, un medio campo sin chispa ni capacidad de enlace y una ataque prácticamente ausente hasta que, ya con la goleada hecha, el Cruz Azul se relajó, el equipo de Lapuente se ofreció como víctima inerme de un Cruz Azul que dejó atrás altibajos y titubeos para recrearse en la faena hasta construir un marcador de escándalo. Que, por lo demás, pudo ser más abultado de lo que el 4–0 indica.

Abrió la cuenta Giménez (palomita a los 34 minutos ), manoteó Álvarez un balón que debió ser suyo y del barullo derivó un claro penal que convirtió Pavone (45+2); se estrenó Teófilo Gutiérrez con un balazo angulado (50’) y cerró la cuenta un desatado Aquino (62’), ya en pleno baile.

Cuentas turbias. De los coleros, el único ganancioso fue Atlas, que le rompió la rachita al América, un poco sin saber cómo, resistiendo más que atacando, soportando tres soponcios–postazos en el segundo tiempo y favorecido con un penalti inventado por el juez. Así y todo, 2–1 y tres puntos de oro que lo ponen dos arriba del Querétaro (perdió 0–2 con Tigres un feo, violentísimo choque) y lo acercan relativamente al Puebla (87 unidades contra las 95 en que la franja quedó anclada).

En números netos, los cocientes rumbo al descenso marchan así: Puebla, 1.0674; Atlas, 0.9775, y Querétaro, 0.9550.

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