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Noé, Armstrong y Guardiola

Por: Horacio Reiba

2013-01-21 04:00:00

Semana vertiginosa y densa ha sido la tercera del año 13. Pasó de la miseria deportiva en su expresión más lamentable y penosa –Lance Armstrong– al anuncio doloroso del deceso de Noé Hernández –nuestro último medallista olímpico en caminata–, y en nota no menos sorpresiva, aunque de signo completamente opuesto, a la contratación de Pep Guardiola por el Bayern de Munich, poniendo fin al año sabático que el catalán ha pasado en Nueva York.

Al lado de semejantes noticias bomba, todo lo demás quedó relegado a segundo término.

Desenlace funesto. Noé Hérnandez estaba marcado por la muerte desde que el 30 de diciembre último un disparo de arma de fuego, ocurrido durante un asalto, le vació el ojo izquierdo y afectó severamente la visión del derecho y sus funciones neurológicas. El incidente ocurrió en un bar del municipio mexiquense de Los Reyes y el lesionado, tras semana y media en el hospital, aunque consciente, fue traslado a su domicilio para continuar ahí el tratamiento (o eso se dijo). Hasta que en la mañana del miércoles pasado (día 16) un paro respiratorio acabó con su vida.

Noé conquistó medalla de plata en la prueba de 20 kilómetros–caminata durante los JO de Sidney 2000. Como se recordará, a partir de 1968 México logró reconocimiento de potencia en dicha especialidad atlética, cuando explotó la generación encabezada por el mítico Sargento Pedraza. Vendrían luego Daniel Bautista, Carlos Mercenario, Ernesto Canto, Raúl González y Bernardo Segura, entre varios más. De 1968 a 2000, el medallero fue generoso con los marchistas mexicanos,  discípulos en su mayoría del polaco Jerzy Hausleber, verdadero padre de la prolífica criatura. Pero fuera de las pistas, nuestros marchistas rara vez tuvieron el destino de su lado –excepto alguno como Raúl González, avispado cómplice del poder político. A los eternos lamentos del humilde y ninguneado Pedraza se fueron sumando continuas descalificaciones que, en sucesivas olimpiadas, persiguieron a muchos de ellos. Se llegó a hablar de una conspiración antimexicana, fácilmente explotable dada la imposibilidad de cualquier competidor de esa disciplina de permanecer, como la regla marca, en permanente contacto con el piso, y la antojadiza interpretación de la misma por el cuerpo arbitral, aleatoriamente distribuido a través de la ruta.

Con conspiración o sin ella, a la muerte de Hausleber la caminata en México inició su decadencia.

Consecuencias de un show. La larga entrevista de Lance Armstrong en el programa de Oprah Winfrey presumiblemente estrena una época del deporte–mercancía: la de la antiapoteosis del ídolo caído, que, acorralado, voluntariamente se autoinmola, bajo el estímulo de varios millones de dólares. Una telaraña de contradicciones, muy a tono sin embargo con el enrevesado tiempo que estamos viviendo. Ante un teleauditorio global, Armstrong reconoció lo que la Agencia Antidopaje de Estados Unidos (USADA) había documentado exhaustivamente, obligando incluso a la muy remisa y complaciente Unión Internacional de Ciclismo (UCI) a reconocer el reiterado dopaje de uno de sus personajes más emblemáticos del deporte de la bicicleta, tan cuestionado desde todos los frentes desde hace varias décadas.

Más frío que pesaroso, Armstrong le fue respondiendo a Oprah sus incisivas preguntas. Pero no nos engañemos: la entrevista había sido pregrabada y se editó cuidadosamente de conformidad con un minucioso guión acordado por ambas partes. Cada anuncio comercial –unos 60 por dos programas de una hora– costó más de medio millón de dólares al anunciante, y el riesgo de desfalco para el hasta hace poco multimillonario deportista es del tamaño de las multas y reembolsos que sus desvanecidos “triunfos” le reportaron en su momento (se habla de entre 75 y 100 millones en billetes verdes). Moral y económicamente destruido –su nombre desaparece automáticamente de las estadísticas del ciclismo internacional y olímpico, en los que arrasó al ritmo de esos siete Tours de Francia ganados, cifra sin precedentes– el tejano ha buscado matar dos pájaros con la última piedra disponible: resarcirse en algo de la debacle financiera que se le viene encima y dejar su huella en la historia del deporte aunque sea por la vía indirecta de una inédita confesión a cielo abierto. Otra manera de perpetuar su nombre y marcar nuevos caminos.

Lo que puede venir. Lo fundamental de las afirmaciones de Lance Armstrong, más allá de aceptar lo que siempre se rumoró y él negó obstinadamente a través de los años, no está tanto en el “valor” de reconocer sus faltas –éstas habían sido ya exhibidas y sancionadas recientemente sin mayor reacción de su parte–, como en la seguridad con que se refirió a lo imposible que es ganar sin recurrir al dopaje. Él hizo lo que hacen todos –vino a decir– por ambición de triunfo, pero también porque era la única manera de enfrentar en pie de igualdad a los demás competidores. Su error, que él llamó estupidez, estuvo en mentir al respecto –lo que, por cierto, podría llevarlo a la cárcel, pues al hacerlo ante los tribunales de su país incurrió en perjurio, delito grave según la constitución norteamericana. Pero ya había soltado y puesto a circular por el mundo algo que  todos sospechábamos y varios atletas habían aseverado con anterioridad, pero sin la resonancia ni la contundencia de Armstrong en el Show de Oprah.

Desde luego, tanto el COI como las federaciones atléticas se han apresurado a condenar al reo, al tiempo que prometen multiplicar su rigor contra la trampa del dopaje. La cuestión es si podrán logarlo, y no tanto por las elevadas erogaciones implicadas por su presunta cruzada como por la capacidad de innovación de los científicos al servicio del fraude. La historia dice que los métodos de control viajan a un ritmo fatalmente lento en relación con el desarrollo de nuevas y más sofisticadas técnicas para potenciar artificialmente la capacidad atlética de los competidores profesionales. Va a resultar ahora que Coubertin tenía razón, y que el deporte de paga portaba, a un plazo no tan largo, la sentencia de muerte del espíritu olímpico, entendido como competencia leal e igualitaria.

Pero, más allá, en lo tupido del monte, otro lobo más voraz asoma las orejas. Y trae en los babeantes colmillos otra posibilidad, una vuelta de tuerca más: que en el futuro lleguen a anunciarse justas deportivas abiertas a los más diversos tipos de estimulación y dopaje. Y que se acepten como buenas, con sus apuestas y sus shows televisivos globalizados.

Todo sea por la avidez económica de un mundo cada día más desquiciado.

Guardiola, al Bayern.  Una noche inolvidable, platicando con Nacho Trelles, me decía el maestro que llevaba media vida teorizando sobre el futbol ideal. Y que, desde los lejanos tiempos de sus conversaciones con Donato Alonso y otros estudiosos del balompié, imaginaban e incluso planteaban partidos a ritmo de basquetbol, quimera inalcanzable en la práctica dadas las exigencias físicas y mentales que imponía. Una vez reconocida la imposibilidad de que la tal teoría prospere –afirmaba socarrón–, nosotros y los futbolistas hacemos lo que podemos, con las limitaciones del caso.

Viene a cuento dicha plática porque lo que éste temprano siglo XXI ha revelado es un ideal futbolístico propio, sin semejanzas con el básquet no con ningún otro deporte. En uso de unos medios y recursos homologables sólo consigo mismo, es decir, con el desarrollo y uso de la técnica y del sentido colectivo exclusivos de este deporte, que si bien se juega con los pies –en realidad, con todo el cuerpo, excepto brazos y manos–, puede y debe tener la fortaleza mental como fuente, y como meta la unificación de la inteligencia sutil en once sujetos integrados a una misma idea, preparados para llevarla a cabo en todos los ámbitos de la cancha. Esto no lo inventó Josep Guardiola. Flotaba ya en el futbol total que Michels y Cruyff llevaron a Barcelona –ecos danubianos había en él– pero la interpretación más refinada del mismo es, por ahora, la que Pep le impuso al Barça de estos últimos años. Los previos al sabático que se tomó en Nueva York, y al que pronto pondrá fin tras firmar con el Bayern Munich.

Una precisión más, digna de tomarse muy en cuenta: antes de aceptar este contrato con el club bávaro, Guardiola recibió ofrecimientos bastante más jugosos en lo económico, procedentes de dos grandes de la Liga Premier: Chelsea y Manchester City. A Abramovich, cuya oferta era la más jugosa, rápidamente le dijo que no. La del City la pensó más, atraído por la presencia en el club de dos ex blaugranas de pro, Beguiristáin y el directivo Ferran Soriano. Finalmente, tomó una decisión que lo pinta de cuerpo –y mente– enteros prefirió la Bundesliga por ser un medio menos tensionante en lo deportivo y en lo periodístico, con estadios siempre llenos por un público entusiasta pero respetuoso, como marco de la liga económicamente más saneada de Europa y, en el caso concreto del Bayern, de un club perfectamente organizado, cuya directiva está formada por grandes ex jugadores como Beckenbauer (presidente de honor), Uli Hoeness (presidente), Karl–Heinz Rummenigge (presidente ejecutivo), Matthias Sammer (director deportivo), ídolos todos del público muniqués. Y donde le espera un plantel lleno de buenos jugadores (Neuer, Ribéry, Javi Martínez, Robben, Müller, Mario Gómez, Lahm, Schweinsteiger…), candidato principal al título de la Bundesliga, finalista de la Champions última y deseoso de hacer historia, siguiendo ahora los lineamientos del futbol más evolucionado que se conoce.

Un reto a la medida de Guardiola, el grande.

Batacazo. Por cierto, el Barcelona había cerrado la primera vuelta con 55 puntos e invicto. Ya no lo está. El sábado fue a San Sebastián, tomó dos goles de ventaja sobre la Real Sociedad (Messi y Pedro)… y repentinamente se le apagó la luz: Piqué expulsado, el equipo replegado, y dos goles de Castro para complicarle la vida. Faltaba lo peor: ya en tiempo de descuento, un centro de Martínez fue cazado en las barbas de Valdés por el suplente Agirretxe, que acababa de entrar por Carlos Vela. Y adiós invicto. Como cabeceó un periódico, los culés también son humanos.

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