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El arbitraje, entre anacronismos e incogruencias

Por: Horacio Reiba

2012-02-06 04:00:00

Esta columna lleva bastante tiempo machacando en la necesidad de abrir  el arbitraje del futbol a las posibilidades de la tecnología audiovisual. En la esquina opuesta se sitúan quienes abogan por mantener la virginidad de un concepto que data de 1863 y reserva a un único juez central absolutamente todas las decisiones que afectan el desarrollo de los encuentros. Aducen que buena parte de los encantos de este juego reside precisamente en las interminables discusiones post mortem que sirven para fomentar la pasión y el interés de público y protagonistas. Un arbitraje inmaculado, alegan, convertiría a nuestro deporte en un producto aséptico y descafeinado.

Por el contrario, aquí hemos encontrado en dicha postura la fuente de cada vez más decisiones erróneas –hoy el juego es más físico y rápido que nunca–, que no sólo desnaturalizan la justicia deportiva sino, estadísticamente, tienden a favorecer a los equipos más populares o económicamente poderosos, cosa fácil de demostrar si tomamos los abundantísimos casos registrados en cualquier Copa del Mundo, varias de las cuales –Italia 34, Inglaterra 66, Argentina 78, Corea–Japón 2002… – pasaron a la historia más por el cúmulo de trapacerías arbitrales que por la calidad del espectáculo y los merecimientos del vencedor.

Pero si los mundiales son el ejemplo más notorio, nada tiene que envidiarles lo que actualmente ocurre en nuestro futbol, aunque el problema de fondo es universal. Y de nada ha servido tratarlo con analgésicos de corto alcance, como la adopción del cuarto árbitro como “auxiliar” del titular, o la intercomunicación entre éste y el exterior a través de un misterioso audífono –un primer paso, no declarado ni aclarado como tal, para interferir en su autoridad supuestamente absoluta–. Pero no es con medias tintas ni con veladas hipocresías como ha de deshilarse esta madeja cada día más intrincada.   

A grandes males, grandes remedios

 

Esta columna ha esbozado en el pasado algunas sugerencias remediales: manténgase al árbitro central como autoridad máxima, pero liberándolo del conteo de tiempos y tarjetas mediante una mesa de apoyo operativo, como en el basquet. Permítase a la banca de cada equipo solicitar el auxilio del video en un máximo de dos ocasiones por partido y con un tiempo máximo de interrupción no superior a 90 segundos, con el fin de aclarar acciones a su juicio mal sancionadas: las repeticiones, desde varios ángulos, serían analizadas por dicha mesa de apoyo, que comunicaría al árbitro la realidad de lo que, por comprensibles apremios de visualidad y tiempo, pudiera haberlo inducido a error; un recurso similar al ojo de halcón que se usa en el tenis.

Son solamente algunas ideas, útiles para reducir el índice de errores y combatir injusticias tan flagrantes como el ilegal gol Villa al Atlante o la mano de Henry que permitió a Francia concurrir al último mundial. Es claro que el arbitraje perfecto no existirá nunca, y para seguir alimentando la polémica habría yerros irreversibles: un gol en offside, como el de Argentina a México en Sudáfrica 2010, se anularía mediante el ojo de halcón; pero un falso offside señalado como tal en una posible jugada de gol no tendría forma de corregirse, por ejemplo.

Esta misma discusión conceptual en torno al arbitraje, ¿no es en sí una polémica de innegable sabor futbolero?

 

Así nos ven

 

El caos de irregularidades y decadencia que envuelven a nuestro futbol “profesional” trascienden fronteras y, por lo pronto, esta semana el deportivo madrileño Marca ha publicado un somero recuento de daños, repasando la retahíla de calamidades que asuelan al balompié azteca. La nota no tiene desperdicio, pero hay un párrafo, suscrito por Felipe Monforte, que sintetiza la situación en corto y por derecho. Veamos:

El futbol mexicano no se encuentra en su mejor momento. Estadios anticuados que durante los partidos parecen templos vacíos, árbitros poco competitivos que son mandados a la nevera para redimir sus errores, problemas de liquidez en muchos equipos que desembocan en la expropiación de estadios o en una posible quiebra. Y, por si no fuera poco, una multipropiedad que pone en entredicho la credibilidad y honestidad del futbol en México (Marca, 30/01/2012).

Dos días después, al comentar el impacto de su nota anterior, el mismo diario señalaba: Según la Federación Internacional de Historia y Estadística de Fútbol (IFFHS), la Primera División de México está por detrás de los campeonatos de Brasil (3), Argentina (8), Chile (10) y Paraguay (12). Algo inadmisible para los mexicanos y para el propio fútbol, pues por inversión, presupuesto y número de aficionados, la liga mexicana debería ser la más importante de Latinoamérica (Marca, 01/02/2012).

Poco queda por añadir a lo anterior. Si acaso, que los lectores de Semanálisis llevan años familiarizados con puntos de vista muy semejantes a los del corresponsal de Marca. Tanta es la similitud que incluso pareciera cliente habitual de La Jornada de Oriente.  

 

Menudo contraste

 

En los últimos días, dos eventos deportivos concitaron especial atención, aun estando medidos con distintos raseros. Uno, la épica final varonil del Abierto de Australia, pasó inadvertida para la mayoría. El otro, la final de la versión gringa del rugby conocida como Super Bowl, nos la metieron hasta en la sopa y claro, tanta publicidad acabó por convertirla, ilusoriamente, en “el evento del año”. Ilusoriamente porque mal puede un montaje puramente comercial, que transcurre ajeno a su calidad deportiva, compararse con un partido como el que Djokovic y Nadal regalaron a los ojos asombrados del mundo.

El presunto superchoque Gigantes–Patriotas, sea lo que sea y salga como saliere, fue finalmente lo de menos; lo que atrae la avidez consumista del norteamericano medio –y sus muchos sucedáneos locales– es el consabido coctel hollywoodense que combina dosis masivas de sexo, violencia y patriotería en un éxtasis de diseño a la altura del sueño americano. Nada nuevo, en el fondo: para la televisión, sus anunciantes y fieles, la envoltura importa más que el contenido.

Días antes, en Melbourne, habían batallado durante 5 horas 53 minutos dos de los tenistas más grandes de la historia. Nowak Djokovic y Rafael Nadal –fuertes y frescos al principio, presas del agotamiento y la deshidratación conforme transcurrían cinco reñidísimos sets, pero inspirados siempre por la firme decisión de vencer– se enfrascaron en una lucha memorable. Ninguno merecía perder, pero al final –justo al final: 7–5 la manga decisiva– el serbio logró refrendar su dominio sobre el español, que muy cara vendió la derrota (5–7, 6–4, 6–2, 6–7 y 7–5). Quien pudo soportar sin pestañear aquella catarata de emociones, desglosada en épicos intercambios y magistrales, audacísimas devoluciones, seguramente va a encontrar en 2012 muy pocos actos deportivos donde la clase, la entrega y la determinación de los contendientes alcance alturas semejantes.

¿El Super Bowl? Como de costumbre, un buen espectáculo tipo Disneylandia o MTV. Un poco de chatarra edulcorada para que los chicos festejen y engorden a gusto.

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