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Las prácticas curativas populares y la atención a las dolencias

Por: Rafael H. Pagán Santini

2012-07-04 04:00:00

 

A pesar de los adelantos científicos modernos, las prácticas populares para la atención de las dolencias continúan desde hace decenas de miles de años. Esto ha exigido una explicación, no sólo de la efectividad de las mismas, sino sobre las razones sociales de su existencia. En ese intento podemos señalar dos elementos comunes que comparten las prácticas curativas populares, que sin importar el tiempo y el espacio las prácticas se han mantenido a través de los milenios. Un elemento en común fundamental es la base religiosa que comparten este tipo de prácticas. Sin importar cual sea la religión a la que nos refiramos, la curación de la dolencia en el pensamiento del participante dependerá de que una entidad–fuerzas intervenga, lo que le da el carácter mágico–religioso. Otro elemento que comparten las actividades curativas populares es su integración a un rito.

Las interrogantes sobre las prácticas curativas populares se han extendido al método más utilizado en las pruebas clínicas para la aprobación de la efectividad de un medicamento. Resulta que la utilización de un placebo en una prueba clínica puede dar una variabilidad de 0 a 100 por ciento, aún mayor que cuando se utiliza un medicamento verdadero. Esto se conoce como el efecto placebo, el cual indica que una sustancia sin ninguna actividad farmacológica produce un efecto curativo. Por lo que se puede inferir que se trata, por lo tanto, de un fenómeno psíquico–neurológico.

Tanto en las pruebas clínicas como en las prácticas populares este fenómeno tiene en común la expectativa de un beneficio (gratificación). Los actos donde se espera (expectativa) una gratificación estimulan la liberación de dopamina en regiones del cerebro como el cuerpo estriado y el núcleo accumbens. La dopamina es un neurotransmisor, el cual participa en el control del comportamiento, actividades motoras, motivación, además de ser fundamental en la asociación entre estímulo ambiental y la anticipación de una gratificación. Su liberación en el núcleo accumbens es sinónimo de placer. A través de técnicas de imagen como la resonancia magnética funcional, se ha demostrado que tanto en los rituales de plegarias así como en el uso de placebo para el tratamiento médico se produce un aumento en la liberación de dopamina. Lo que indica que en ambos actos los efectos obtenidos son producto de la actividad cerebral y no de la reparación o de la curación de una lesión o enfermedad.

En una excelente revisión, Ted J. Kaptchup1señala que los ritos son repeticiones de un comportamiento formal prescrito, y más o menos de una secuencia invariante con actos y enunciados no totalmente codificados por el ejecutante2. Por lo general, los ritos comparten un procedimiento u orden que las estructura, el cual les da sentido y propósito, dirigido a alcanzar el objetivo deseado, además, contiene un apercibimiento de que son un acto diferente a los de la vida cotidiana3. Algo importante de resaltar es que estos se encuentran incrustados en una verdad cultural de autoridad con una estructura narrativa general. En el caso de los rituales de sanación, estos llevan al participante “al corazón de los conceptos sociales de poder y potencia, sus fuentes y sus modos de manifestarse, así como hacia la persona que tiene el “poder”4. Dentro del ritual, los símbolos son el componente unitario más pequeño, los cuales mantienen propiedades específicas del rito, repitiendo invariablemente todo el mensaje del rito. El rito, además de generar una expectativita en el participante, el ejecutante subyuga al participante a través de un procedimiento donde éste rinde su voluntad y su capacidad discriminative ante el ejecutante.         

Al señalar el elemento mágico–religioso de las prácticas curativas populares reforzamos el concepto de que para alcanzar las curaciones se tienen que buscar con “fe”. En la práctica, la fe no es otra cosa que una expectativa de obtención, sin la cual no sería posible alcanzar lo que se desea. Esto añade un componente social a las prácticas curativas populares debido a que las experiencias religiosas son generadas neurológicamente, lo que resultan común para todo el mundo. Lewis–Williams, al hablar de la experiencia religiosa, señala que, en algunos contextos, la gente interpreta estas experiencias mentales como testimonios de la existencia de mundos cosmológicos (los “conceptos de un orden general de existencia” de Clifford Geertz) y de seres sobrenaturales que pueden afectar a la vida material cotidiana, una idea central en las religiones imaginistas y doctrinales5. Las experiencias de esta naturaleza sustentan las expectativas –fe–creencias que predisponen al solicitante a recibir la curación. Según este autor, en otras circunstancias, más mundanas, la gente entiende las mismas experiencias no como algo sobrenatural, sino como una especie de fulgor estético–, la respuesta del poeta William Wordsworth a una belleza inesperada: “¡nunca vi, nunca sentí, una calma tan profunda!”. En algún punto intermedio entre la experiencia sobrenatural y la estética está la sensación de ser uno con el universo, lo que se denomina “ser unitario absoluto”.

Al ser estas experiencias mentales generadas neurológicamente, se convierten en la base de la religión y en el sustento subjetivo de las prácticas curativas populares. Además, explican el origen social del comportamiento que rodea a ambas prácticas. Cualquier individuo puede experimentarlas, resultan comunes para todo el mundo; cuando hablen de ellas, otros entienden lo que hablan. Las creencias compartidas sobre esas experiencias, en vez de visiones idiosincráticas de las mismas, se convierten en un rasgo de la sociedad: la gente desarrolla un conjunto de creencias compartidas y fundamentales sobre el mundo espiritual (generado neurológicamente) y una penumbra de prolongaciones debatidas de esas creencias centrales. A partir de ahí, la elaboración de la creencia religiosa adquiere vida propia dentro de una estructura social que posee sus propias tensiones y divisiones6.

Por lo que podemos ver, las sensaciones de la exaltación religiosa, la calma, el “ser unitario absoluto”, y la curación con placebo están directamente asociadas al comportamiento cerebral. Y es eso, precisamente, lo que le da el sustento social ya que, todos poseen la misma estructura cerebral capaz de reproducir dicha experiencia. En lo referente al dolor, el placebo estimula el sistema analgésico endógeno, el cuerpo produce su propio opio (endorfinas) para eliminar el dolor. Y en lo referente al bienestar, tanto el placebo como los rituales estimulan la liberación de dopamina, lo que genera un estado de bienestar que incita a repetir la experiencia. Lo que nos lleva a concluir que carecen de capacidad curativa pero no de un potencial analgésico y placentero.     

1. Kaptchuk TJ. 2011, Placebo studies and ritual theory: a comparative analysis of   Navajo, acupuncture and biomedical healing, Phil. Trans. R. Soc. B 366, 1849–1858

2. Seligman, A. D., Weller, R. B., Puett, M. J. & Simon, B. 2007 Ritual and its consequences. New York, NY: Oxford University Press.

3. Tambiah, S. J., 1981, A performative approach to ritual. Proc. Br. Acad. 65, 113–169.

4. Tambiah, S. J. (1977) The cosmological and performative significance of a Thai cult    of healing through mediation. Cult. Med. Psychiatry 1, 97–132.

5. Lewis–Williams D. (2009) Dentro de     la mente neolítica, ed Akal, Madrid

6. Ibid, Lewis–Williams

Si desea más información sobre esta   columna puede escribir al correo electrónico [email protected]

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