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La voluntad y la tragedia griega

Por: Rafael H. Pagán Santini

2013-03-27 04:00:00

Anosotros, herederos de la Ilustración y víctimas de la post–modernidad, nos es casi imposible imaginar a un individuo sin voluntad, a no ser que hablemos de un autómata o de un incapacitado mental. El “Sujeto”, concepto tan cacareado en nuestros días sería inimaginable sin voluntad. No podríamos concebir un sujeto si éste no está constituido por su identidad y personalidad, con sus deseos y deliberaciones, donde en y por el querer, centro autónomo de sus decisiones, surge la fuente verdadera de sus actos, lo que a su defecto llamamos, voluntad. Sin embargo, la voluntad no es un dato de la naturaleza humana, es una construcción compleja cuya historia parece tan difícil, múltiple e inacabada como la del Yo, de la que es gran parte solidaria1. Este es uno de los tantos conceptos sociales contemporáneos que equivocadamente damos por siempre existentes, universales y permanentes.

Los autores Según Jean–Pierre Vernant y Pierre VidalNaquet2 señalan, “nos han llevado a creer que el hombre se decide y actúa “voluntariamente” igual que tiene brazos y piernas. Incluso en una civilización, como la Grecia arcaica y clásica, que no posee en su lengua palabra alguna que corresponda a nuestro término “voluntad”, apenas dudamos en dotar a los hombres de aquel tiempo, como a pesar suyo, de esta función voluntaria que ellos sin embargo no nombraron.” Pero este periodo arcaico y clásico encierra un proceso de transformación donde se desarrolla conjuntamente con la ciudad un sistema de instituciones, de conductas y un pensamiento propiamente político. El régimen de la polis comienza a remplazar las antiguas formas místicas de poder y acción social así como a las prácticas y mentalidad con ellas solidarias. Con el advenimiento del derecho y la institución de los tribunales ciudadanos, la antigua concepción religiosa de la falta se difumina. La intención aparece en adelante como un elemento constitutivo del acto del delito, sobre todo del homicidio3. La intención en el acto delictivo se convierte en el pleno conocimiento de causa, lo que implica que el delincuente debía haber actuado “conscientemente”. principio jurídico que aún persiste en nuestros días.   

Para mirar de forma somera el origen occidental del concepto de voluntad revisaremos las expresiones artísticas conocidas como las tragedias griegas. La tragedia surge en Grecia a finales del siglo VI, siglo caracterizado por ser uno de construcción política y social. Los griegos rompían con los tiranos e institucionalizaban formas de gobierno basado en leyes, asimismo los mitos pasaban a un segundo plano dando vida a una actividad cívica basada en la virilidad y en el ejercicio político del hombre libre. Estos cambios exigieron una nueva visión del mundo en la que se insertó la tragedia griega. Este género literario recogió la ambigüedad del momento y cuestionó la realidad social donde se desempeñó. Se sirvió de las incertidumbres del pensamiento jurídico para traducir los conflictos entre los valores jurídicos y una tradición religiosa más antigua y de una reflexión moral naciente en la que el derecho es ya distinto, sin que su dominio esté claramente delimitado en relación con los suyos.    

Los autores de las tragedias sacrificaron las expresiones faciales por los cambios en la tonalidad de la voz para alcanzar los efectos del teatro. Aunque la función principal de la cara en el lenguaje corporal es la expresión de las emociones y con esas expresiones se logra establecer una relación interlocutor y receptor, los dramaturgos favorecieron el lenguaje del texto a fin de que este fuera claro y transparente en toda su polivalencia y ambigüedad para el espectador. De acuerdo a Vernant y Vidal–Naquet4, en el momento mismo en que ve a los protagonistas adherirse exclusivamente a un sentido y, así cegados, desgarrarse o perderse, el espectador debe comprender que existen en realidad dos sentidos posibles, o más. El lenguaje se vuelve para el espectador transparente y el mensaje trágico comunicable sólo en la medida en que llega a descubrir la ambigüedad de las palabras, de los valores, del hombre cuando reconoce el universo en conflicto y cuando, abandonando sus certidumbres antiguas y abriéndose a una visón problemática del mundo, se hace él mismo, a través del espectáculo, conciencia trágica.

La tragedia se nutrió del conflicto jurídico entre las nociones de intención y responsabilidad, lo que plantea el problema de los grados de compromiso del agente en sus actos. En un ambiente donde los ciudadanos discuten los asuntos de Estado de forma pública y profana, el griego comienza a experimentarse a sí mismo como un agente autónomo respecto de las fuerzas religiosas que dominan el universo, más o menos dueño de sus actos, con dominio, gracias a su juicio y prudencia, de su destino político y personal.  Esto será la semilla de lo que historia psicológica del hombre occidental se conocerá como voluntad. En cierta medida, producto de la noción de naturaleza humana y de la separación entre lo divino y lo humano.    

Actualmente, después de siglos de contar con un sistema jurídico que descansa en el  concepto de “voluntad”, sobre todo en su parte criminológica, la neurobiología destrona el propio concepto y pone en entredicho el libre albedrío. El concepto de toma de decisiones o el poder decidir nuestros actos y de decidirlos racionalmente, a la luz de expectativas y deseos está obligado a contextualizarse. De acuerdo a Joaquín Fuster5, la evidencia actual señala que (1) los humanos no son los únicos organismos capaces de tomar decisiones; (2) que no todas las decisiones son racionales; (3) que algunas decisiones se toman no conscientemente y (4) que muchas decisiones, verdaderamente la mayoría, son en parte el producto de experiencias previas de las cuales no estamos conscientes (memoria implícita). Por lo tanto la decisión de actuar, esto es, la elección de una acción (incluyendo la de no actuar), está inextricablemente y por definición vinculada a la función ejecutiva del organismo ejecutada en el lóbulo frontal del cerebro.

De acuerdo a la evidencia presentada por varios investigadores el proceso de iniciar una acción voluntaria ocurre en el inconsciente, se es consciente después de haber tomado la decisión, pero justamente antes de iniciarse la acción, por lo que se requiere la consciencia para aprobar o vetar la acción. Según el investigador Zoltan Toery6; esto no es libre albedrío en todo el sentido de la palabra, pero es una forma ingeniosa de alcanzar una autonomía funcional, lo más cercano a ello en un mundo determinista. Según el autor, el estado consciente (la única condición en la cual podemos pensar o reflexionar) se inicia en un punto definido a lo largo de una secuencia de eventos neuro–funcionales, cuyos componentes tempranos (aquellos ocurridos antes del inicio del estado consiente) siempre son inaccesibles y por consiguiente desconocidos.

A consecuencia del desarrollo político–social de las ciudades y del desarrollo de las instituciones jurídicas, especialmente en la modernidad, donde el “hombre libre” no tan sólo debía ser responsable de sus actos sino también de su propia vida, el constructo social voluntad se institucionalizó. Hoy los filósofos de la menta, los deterministas como los indeterministas, debaten la existencia del libre albedrío, de una voluntad que para ser voluntad debería ser consiente pero que ocurre en el inconsciente. 

1Vernant JP., Vidal–Naquet P., (2002) Mito y Tragedia en la Grecia Antigua, ed. Paidós, Barcelona, Vol I pp. 46.

2Ibid pp. 30.

3Ibid pp. 56.

4Ibid pp. 39.

5Joaquín M. Fuster, Cortex and Mind, (2003) Oxford University Press, USA

6 Zoltan Torey,The crucible of consciousness, 2009, First MIT Press Edition, Cambridge, MA, USA, p 147154

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