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La experiencia emocional y su relación con el poder

Por: Rafael H. Pagán Santini

2012-10-24 04:00:00

En muchas ocasiones asociamos el silencio que una persona pueda guardar cuando está “atendiendo” a otra con la capacidad de escuchar. Cuando observamos debates donde dos personas hablan a la misma vez decimos que no se están escuchando. Sin embargo, cuando dos personas parten de un punto coincidente en una conversación pueden hablar al mismo tiempo y no nos atreveríamos a decir que no se están escuchando, por ejemplo, al comentar lo bonito de algo o lo feo de ese mismo objeto, al asistir las opiniones políticas coincidentes. El comportamiento o la expresión facial no necesariamente es isomórfico a la intencionalidad del individuo. Por lo que de forma simple podemos inferir que el comportamiento silencioso no necesariamente quiere decir que se está escuchando. En nuestro primer ejemplo se confrontan ideas divergentes, situación que depende en cierta medida del grado de subordinación que uno de los interpelantes tenga en relación al otro, si es total, probablemente, el silencio será total.   

Existen diferentes definiciones de “poder”, pero en esta ocasión utilizaremos la que Cameron Anderson y Jennifer L. Berdahl1 utilizan en su excelente artículo sobre la experiencia del poder. De acuerdo a los autores “el poder es la habilidad de proveer o retener recursos valiosos o administrar castigo”. Según los autores, una propiedad importante del poder es que es contextual, definido con referencia a una relación en particular o a un grupo. Esta definición permite diferenciar al poder de otros comportamientos relacionados con él como lo sería el domino o el liderazgo. Si tomamos esta definición como marco de referencia para interpretar los ejemplos antes expuestos no nos cuesta mucha dificultad concluir que si mi comida, mi seguridad, mi trabajo, entre otros, dependen del que está hablando, guardaré silencio, aunque no lo escuche.

En nuestra disertación utilizaremos el esquema expuesto por Keltner, et al2, en su teoría de acercamiento/inhibición del poder, a fin de entender los efectos del  poder en las personas que lo ejercen. Esta teoría retoma las dos tendencias fundamentales que impulsan el comportamiento: el acercamiento y la evitación. Keltner asocia al poder con recursos y limitaciones, ubicándolo en el mundo motivacional. De una forma simplista diríamos que aquellos que tienen poder poseen más recursos y experimentan menos limitaciones que aquellos que no lo tienen. 

La teoría de acercamiento/inhibición del poder señala que cuando los individuos tienen mucho poder, están más atentos a los aspectos de recompensa del ambiente social, mientras que los que tienen menos poder están más atentos a los aspectos amenazantes del ambiente social. Las personas con mucho o poco poder difieren en sus tendencias perceptuales más que en la precisión global de sus percepciones. No es que unos perciban una realidad diferente a la del otro, sino que ellos van un paso más allá, interponen qué consecuencias va a traer el comportamiento en el contexto del ambiente social donde se lleva cabo, recompensa o castigo. La respuesta individual ante una situación ambigua es muy diferente entre una persona con poder y otra que no lo posee. Mientras el poderos camina como dueño de la casa el carente de poder camina atientas, en desconfianza y con miedo a ser objeto del crimen y del abuso.

Sustentando sus argumentos con la evidencia presentada por otros investigadores, Anderson y Berdahl señalan que, en el campo de las emociones se ha planteado que el poder le da forma a la experiencia emocional. Por ejemplo, los individuos con diferentes niveles de poder exhiben diferencias en la demostración de la ira o enojo así como en el comportamiento sonriente. Esto, al igual que la percepción, no quiere decir que las personas con mucho o poco poder sientan las emociones de forma diferentes, sino que, cuando la actividad cerebral relacionada con la recompensa no percibe tal, la respuesta es inhibida, por lo que en el caso de las personas carentes de poder, la respuesta a los estímulos se correlacionan a estados de ánimos negativos. La función primordial de la emoción es el coordinar los sistemas de respuestas y su regulación tiene ésta misma finalidad3. Las emociones son estados mentales consientes que guardan una relación o un significado situacional, son representaciones mentales, las cuales pueden ser placenteras o desagradables4. Gran número de estos estados emocionales son el resultado de interpretaciones de situaciones sociales y de la evaluación de las consecuencias de estas mismas. Por tal motivo, la respuesta emocional va directamente relacionada al grado de poder que un individuo posea y a la interpretación que el haga de su ambiente social. Su demostración de la emoción que experimenta dependerá igualmente de estas correlaciones. 

Cuando un individuo se enfrenta a situaciones ambiguas, la corteza prefrontal envía señales sesgadas a otras regiones del cerebro para facilitar la expresión de tareas responsivas apropiadas frente a competencias alternativas potencialmente fuertes. En el domino afectivo la corteza prefrontal implementa procesos anticipatorios afectivamente dirigidos. Se puede esperar que en personas inhibidas, desde la perspectiva de la teoría de acercamiento/inhibición, esto es, sin poder, las respuestas cerebrales comprometan la representación de metas.

Las emociones poseen una cualidad imperativa, lo que les permite interrumpir lo que estamos haciendo al hacerse presente en nuestro consciente, éstas tienen que competir con otras respuestas que también están siendo ocasionadas por la matriz social en las que típicamente las emociones juegan5. Esta última cualidad es precisamente la que más se relaciona con la regulación de la emoción. La posibilidad de ser inhibida o exteriorizada hace a la emoción sujeto de control. Probablemente, esta es la razón por la que nos equivocamos al evaluar la respuesta emocional de una persona; el individuo con menos poder puede demostrar menos ira pero puede estar sintiéndola mucho más.   

Las emociones sirven, además de lo antes mencionado, para facilitar el comportamiento adaptativo y la toma de decisiones en respuesta a eventos salientes. Las emociones que son pobremente reguladas o se encuentran fuera de contexto pueden impedir un buen funcionamiento6. La incapacidad para disminuir los estados emocionales negativos, y muy probablemente la incapacidad para aumentar, mantener y estimular los estados emocionales positivos, son una señal de vulnerabilidad ante desordenes anímicos. Por lo que podemos concluir que, la democratización del poder no es sólo un problema político, sino también de salud mental.

 

1 Anderson C, Berdahl JL., (2002) The Experience of Power: Examining the Effects of Power on Approach and Inhibition Tendencies, Journal of Personality and Social Psychology Vol. 83, No. 6, 1362–1377.

2Keltner D, Gruenfeld DH, Anderson C. (2003) Power, approach, and inhibition. Psychological Review 110:265–284.

3Levenson, R.W. (1999). The intrapersonal functions of emotion. Cognition and Emotion, 13, 481–504.

4Annu.Rev.Psychol. 2007, (58): 373–403.

5 James J. Gross (ed), Handbook of Emotional Regulation, (2007), The Guilford Press, New York (pp 45).

6Davidson, R.J. (2000). Affective style, psychopathology, and resilience: Brain mechanisms and plasticity. American Psychology, 55, 11961214  

 

 

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