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La emergencia del lenguaje

Por: Rafael H. Pagán Santini

2012-03-07 04:00:00

 

Uno de los errores más comunes al estudiar el desarrollo de los homínidos es pensar que el surgimiento de las distintas especies fue lineal y que una es descendiente de la otra, como en una escala natural. Si esto fuera correcto, la edad del homo sapiens tendría que ser más antigua, situación que contradice el análisis genético de esta especie. La aparición del homo sapiens, con sus características únicas de la estructura craneal y su citoarquitectura cerebral, nos permiten tratar su inusual morfología como un acompañante pasivo hacia el tema principal que nos aqueja, los cambios cognitivos.

Existen varis hipótesis sobre el origen del homo sapiens (especie animal, del latín homo–hombre, sapiens–sabio), perteneciente a la familia Hominidae, especie que da origen a lo que se conoce como ser humano. La más aceptada establece que los humanos modernos aparecieron de manera repentina, en algún lugar de África, hace entre 100 mil y 150 mil años. Muy probablemente la especie homo sapiens, al igual que otras especies del género homo, aparecieron a través del proceso biológico conocido como especiación alopátrica. Esta ocurre cuando la especiación tiene lugar en poblaciones que inicialmente están geográficamente aisladas, como en el caso de la fragmentación de hábitat o las migraciones, lo que hace que se produzcan cambios muy rápidos en la apariencia y el comportamiento de los organismos. La especiación en los organismos que se reproducen sexualmente es el resultado de un aislamiento reproductivo seguido de una divergencia genealógica.

Ian Tattersal y Jeffrey Schwartz1, como medida de parámetro, han señalado nueve características craneales que aparecen entre los homínidos, que son autoapomórfica (rasgo deriva que es único a un grupo terminal determinado) a los homo sapiens. El cráneo característico del homo Sapiens incluye varias áreas del hueso temporal, una conformación bipartita supraorbital y la presencia de una mandíbula verdadera (la cual morfológicamente es una pieza mucho más compleja que las aparentes o reales que se presentan en la línea media de la sínfisis que se puede observar en los fósiles homínidos). Con relación a la familia de los homínidos, se ha podido establecer una relación muy general sobre el tamaño del cerebro: para hace aproximadamente 2 millones de años el tamaño del cerebro de los homínidos no era mucho más grande que el del cerebro de los simios; para hace un millón de años habían duplicado su tamaño, y para aproximadamente 100 mil habían duplicado su tamaño nuevamente. 

El aumento del volumen cerebral en el género homo ha consistido principalmente en un incremento de la corteza cerebral, que ha crecido tanto que constituye aproximadamente 80 por ciento de nuestro cerebro. En el homo moderno el número de columnas corticales se ha elevado considerablemente. Y al haber de más columnas, hay que hacer más conexiones, tanto entre las diversas zonas de la corteza como entre la corteza y otras zonas del cerebro o del sistema nervioso. Las columnas corticales son ensambles y redes pequeñas de neuronas; es una forma de organización que está constituida por entre 80–100 neuronas con un diámetro de unos 30 micrómetros. Se comunican entre ellas mediante interneuronas, que al mismo tiempo modulan su respuesta.

Sin embargo, la llegada del homo sapiens al mundo de los homínidos no trajo cambios sustanciales inmediatos en el uso y en la manufactura de herramientas propias del Paleolítico medio. No fue hasta varias decenas de milenios de años cuando un nuevo tipo de comportamiento, un comportamiento totalmente sin precedente y sin ningún tipo de anticipación emergió, lo que en su turno, llevó a un patrón acelerado de cambios tecnológicos. El mejor ejemplo de esto se puede encontrar en la cultura auriñaciense europea, entre 35 mil y 40 mil años antes del presente. Los hallazgos más destacables son hojas curvas de pedernal, raspadores para madera y hueso, huesos de ave con orificios (que podrían ser un instrumento musical), diversos objetos de hueso y marfil, ocre utilizado como colorante, pendientes hechos con dientes de cérvido, de lobo, de zorro y de hiena, y conchas agujereadas. El hombre de Cro–Magnon es asociado con esta cultura lítica. Si en algo hay coincidencias es que los procesos cognitivos del ser humano son primordialmente únicos en ser simbólicos y los procesos mentales pueden verse a través de sus representaciones física, algo evidente en el homo sapiens.

Ian Tattersal resalta uno de los puntos más importantes en el estudio de nuestra historia al comparar los años transcurridos desde el origen del homo sapiens y la manufactura de herramientas e instrumentos: “el homo sapiens vino a la existencia como una entidad anatómica importante antes de adquirir cualquier cambio comportamental que lo distinguiera marcadamente de sus predecesores inmediatos”2. Según este autor, la capacidad de pensamiento simbólico probablemente ocurrió en concierto con los cambios anatómicos y reproductivos distintivos de su especie. Esto implica que la capacidad de pensamiento simbólico del ser humano tenía que ser descubierto por sus poseedores, y que el potencial biológico subyacente tenía que ser liberado por alguna innovación cultural subsecuente con su aparición inicial. Esta innovación, según Tattersal, fue el lenguaje.

El sustrato neuronal que sustenta la capacidad simbólica humana nació en el mayor desarrollo y reorganización genética, lo que resultó, finalmente, en la entidad física que conocemos hoy como ser humano, pero esta capacidad subyacente sólo pudo ponerse en práctica hasta que hubiera un medio para organizar el pensamiento. Es difícil, si no imposible, imaginar el pensamiento simbólico en ausencia del lenguaje. El lenguaje involucra formar símbolos intangibles en la mente, y nos permite combinar esos símbolos en formas nuevas. Además, nos permite elaborar la pregunta “¿qué pasa si?”, lo que a su vez nos permite relacionar nuestro mundo en una forma diferente y sin precedente3.

El correlato neuronal del lenguaje puede comprenderse al relacionar las neuronas espejos en el ser humano junto al ciclo percepción–acción que retroalimenta la interacción entre el mundo que nos rodea y el sujeto. La interpretación simbólica de la escena visual adquirida al vivir de forma especular la escena vista permite al observador comprender el comportamiento del otro, algo que ocurre en el mundo interior del sujeto. En el mundo externo llamado exocerebro por Roger Bartra4 y cerebro gigante por Robert Wright5, se refiere a la forma como los grupúsculos familiares del homo sapiens se mantenían en comunicación en vastas regiones territoriales, así como a la capacidad que los circuitos cerebrales mantienen para usar en sus diversas operaciones conscientes los recursos simbólicos, como si fuera una extensión de los sistemas biológicos internos. Como acto reflexivo, señala Tattersal, la inteligencia parece ser un subproducto de diferentes factores estimulados por el desarrollo cultural y no de la ingeniería de la naturaleza.      

1. Tattersall I., (2004), The Dual Origin of Modern Humanity, Coll. Antropol. 28 Suppl. 2 77–85

2. Ibid p 82.

3. Tattersall I., (2004), What Happened in the Origin of Human Consciousness? The Anatomical Record (Part B: New Anat.) 276B:19–26,

4. Bartra R., Antropología del Cerebro, 2008, ed Fundo de Cultura Económica, México

5. Wright R., Nonzero; The logic of human destiny, 2000, Random House, New York p 51 

Si desea más información sobre esta columna puede escribir al correo electrónico [email protected]

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