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La cultura como prótesis cerebral

Por: Rafael H. Pagán Santini

2012-02-22 04:00:00

El Homo sapiens llega a nuestra era con varios cambios evolutivos que definieron su futuro. Entre ellos, la bipedestación, lo que desarrolló un espacio supra–laríngeo que aumentó enormemente la cámara de resonancia formada por la garganta y la boca, permitiendo producir una variedad de sonidos que van mucho más allá de las capacidades de los simios. Además, la encefalización y la braquicefalización que le confirió mayores capacidades cognitivas y una mayor inteligencia. Sin embargo, recogiendo uno de los principios darwinistas, según Gould1, hay que hacer hincapié en que los organismos son sistemas integrales y un cambio adaptativo en una de sus partes puede llevar a modificaciones no adaptativas de otros caracteres. Las modificaciones no adaptativos del Homo sapiens hicieron que dejara de reconocer una parte de las señales procedentes de su entorno. Para sobrevivir utiliza nuevos recursos que se hallan en su cerebro: se ve obligado a marcar o señalar los objetos, los espacios, las encrucijadas y los instrumentos rudimentarios que usa. Según Roger Bartra2, estas marcas o señales son una prótesis semántica que le permiten complementar las tareas mentales que tanto se le dificultan. Así, va creando un sistema simbólico externo de sustitución de los circuitos cerebrales atrofiado o ausente que da origen a la cultura como prótesis cerebral.

Las teorías más plausibles que explican las adquisiciones culturales del ser humano, como la aritmética y la escritura, descansan en los conceptos darwinista llamados “tinkering–bricoler–chapucero” postulado por Francois Jacob3 (1977), y por el de “exaptación” presentado por los paleontólogos Stephan Jay Gould y Elizabeth S. Vrba4. El primero, la chapucería, recoge la idea del trabajo de un aficionado en la que su actividad creativa reutiliza lo preexistente. La evolución, de acuerdo a este principio, combina y reagrupa lo preexiste en todos los sentidos, y el carácter aparentemente desordenado de muchas estructuras biológicas es una consecuencia de la historia evolucionaria del organismo.

Gould y Vrba, al explicar el origen de adaptaciones sumamente complejas a partir de estructuras sencillas postulan el concepto de exaptación, que identifica a aquella estructura de un organismo que evoluciona originalmente sin una función o que juega un papel muy diferente al que finalmente tiene. Un ejemplo conocido son las plumas: se originan por la ramificación de los pelos corporales (protoplumas) de dinosaurios terópodos para mantener la temperatura corporal de forma más eficiente. Su funcionamiento como estructura voladora apareció más tarde tras servir de paracaídas. Lo importante en este proceso es la refuncionalización de las modificaciones no adaptantes llamadas spandrels por Gould. Este término arquitectónico, espacios triangulares que no tienen ninguna función y que quedan después de inscribir un arco en un cuadrado (enjuta), representa un tipo de subproducto evolutivo.

Al revisar cuáles serían estas estructuras cerebrales refuncionalizadas que dan pie a las adquisiciones culturales del ser humano, los expertos en el área han encontrado una arquitectura cerebral homologa en otros primates que posee funciones estrechamente relacionadas con las que eventualmente se llevan a cabo en el ser humano. Aún más, muchas de las funciones que hacen altamente eficiente el procesamiento de las herramientas culturales del humano, ya están presente en algunos primates no–humanos. Por consiguiente, Stanislas Dehaene, señala que se requerirían cambios mínimos suficientes para adaptarlos a su nuevo dominio cultural.   

Dehaene, al exponer su hipótesis de “reorientación (recycling) neuronal”, postula que la capacidad humana de aprendizaje cultural descansa en un proceso de reorientación de los circuitos neuronales ya existentes5. De acuerdo a este punto de vista, la arquitectura del cerebro humano está limitada y comparte muchos rasgos con otros primates no–humanos. Ésta se establece bajo fuertes restricciones genéticas, aunque con un margen de variabilidad. Por lo que postula que las adquisiciones culturales son solamente posibles  en la medida en que encajen en este margen, al reconvertir para otro uso las predisposiciones cerebrales preexistentes. 

En el caso de la aritmética, un instrumento fundamental en nuestra cultura, estudios de neuroimágenes convergentes así como pruebas neuropsicológicas han corroborado la asociación entre el lóbulo parietal y la aritmética mental. Siempre que un sujeto aborda un cálculo las regiones parietales derecha e izquierda se activan. Su grado de activación es proporcional a la dificultad aritmética de la tarea, medido éste por el tamaño de los números involucrados, la distancia numérica que los separan o el número de operaciones que realizan en un tiempo determinado. Recientemente, se han llevado a cabo estudios en animales que indican que la numerosidad es parte del repertorio representacional espontaneo de muchas especies animales. Aunque, solamente los humanos tienen la habilidad de acceder a las representaciones numéricas a través de los símbolos escritos y hablados, mediante el estudio de imágenes de resonancia magnética funcional y el método de deformación anatómica, Dehaence ha identificado áreas parietales en macacos que podrían ser homologas a las del ser humano. Según Dehaence, la presencia en animales de un precursor evolutivo de la aritmética ayuda a resolver el paradigma del tiempo evolutivo necesario para desarrollar tal capacidad en el humano, demostrando que la aritmética no es, después de todo, una invención arbitraria de la cultura. Por lo que nuestra verdadera habilidad al inventar los símbolos consiste en el conocimiento básico, en la comprensión intuitiva del “sentido numérico”.   

Bartra supone que ciertas regiones del cerebro humano adquieren genéticamente una dependencia neurofisiológica del sistema simbólico de sustitución. Para Dehaence, la dotación genética limita el conjunto de objetos que se pueden aprender y el efecto de este aprendizaje cultural puede traducirse en una reducción en el espacio cortical disponible para habilidades previas. Por lo que, el aprendizaje cultural dependerá de la distancia entre la función inicial y la nueva. Según Dehaence, la expansión de la corteza pre–frontal y las conexiones corticales–corticales en los seres humanos pudieron haber generado nuevas habilidades para movilizar precursores preexistentes de forma arriba–abajo dentro de un espacio de trabajo neuronal consciente. Por lo que, la diferencia entre los primates no–humanos y humanos no recaer en la capacidad de reconvertir circuitos cerebrales a través del aprendizaje, sino en la verdadera habilidad de crear nuevos usos a los viejos circuitos cerebrales evolucionados.

Aprovechando las nuevas capacidades adquiridas durante el proceso de encefalización y braquicefalia que separó a los homínidos de sus congéneres neandertales, el ser humano fue creando un sistema simbólico externo que les permitió complementar las tareas mentales. Este sistema, obviamente, se transmite por mecanismos culturales y sociales. En palabras de Bartra, es como si el cerebro necesitase la energía de circuitos externos para sintetizar y degradar sustancias simbólicas e imaginarias, en un peculiar proceso anabólico y catabólico.

1Gould SJ., 2006, El pulgar del Panda, ed Drakontos Bolsillo, Barcelona, p 55.

2Bartra R., Antropología del Cerebro, 2008, ed Fundo de Cultura Económica, México.

3Jacob F., (1977), Evolution and Thinkering. Science, 196 (4295), 1161–1166.

4Gould SJ. And Vrba ES., 1982), Exaptation,: A missing term in the science of form; Paleobiology 8: 4–15.

5Dehaene S., Duhamel JR., hauser MD., Rizzolatti G., 2005, From Monkey Brain to Human Brain, MIT Press, Mass.

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