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La cultura como invención y necesidad biológica

Por: Rafael H. Pagán Santini

2012-02-29 04:00:00

El concepto de cultura ha variado desde su uso original, basada en el en término latino utilizado por Cicerón, el cual haciendo uso de una metáfora agrícola hablaba acerca de una cultivación del alma o cultura animi, hasta el actual orientado más al reconocimiento de las expresiones físicas y simbólicas de un determinado grupo social. En cierto sentido, de alguna forma la cultura se asocia al comportamiento humano, su pensamiento simbólico, sus expresiones artísticas, valores y otras prácticas sociales compartidas por el grupo en cuestión.

Una de las tesis expuestas por Roger Bartra1 en su libro La antropología del cerebro, señala que los seres humanos adolecen de una incapacidad genéticamente heredada para vivir naturalmente, biológicamente. Esto obliga a los seres humanos a vivir culturalmente requiriendo de un exocerebro para desarrollar su capacidad adaptativa. Las bases de esta actividad cultural basada en formas de comunicación simbólica aprendida deben buscarse en los substratos neuronales de la comunicación social heredado, un proceso biológicosocial que ha durado millones de años, si incluimos a nuestros antecesores los primates.  

 

División cerebral

 

Tradicionalmente se ha dividió al cerebro en tres partes: la sensorial, la motora y la asociativa. Todos los fenómenos sensoriales, perceptivos y motores se consideraban repartidos por las zonas corticales, nítidamente diferenciadas. El área sensorial, supuestamente incluye las zonas visuales, (localizadas en el lóbulo occipital), la zona auditiva (circunvolución temporal superior), las somatosensoriales (circunvolución poscentral), etcétera. El área motora está situada en la parte posterior del lóbulo frontal, y entre ambas áreas se interponen regiones corticales denominadas áreas asociativas, a las cuales les estaría encomendada la tarea de juntar las informaciones de las distintas áreas sensoriales y de formar perceptos objetuales y espaciales para enviarlos a las zonas motoras con vista a la organización de los distintos movimientos. Bajo este esquema, el sistema motor desempeñaría un papel periférico y eminentemente ejecutor.

Sin embargo, los descubrimientos más recientes indican que la corteza motora posee una estructura anatomofuncional mucho más compleja que permite superar la aparente dicotomía entre el sistema motor, de un lado, y los sistemas sensoriales del otro. Esto ha llevado a la conclusión de que el sistema motor no es en modo alguno periférico ni está aislado del resto de las actividades cerebrales. El sistema motor parece ser parte de una compleja trama de zonas corticales capaces de contribuir de manera decisiva en las transformaciones sensoriomotoras de las que dependen la individualización, la localización de los objetos y la actuación de los movimientos solicitados por la mayor parte de los actos que dirigen nuestra vida cotidiana. Además, el hecho de que la información sensorial y la motora sean reducibles a un formato común, codificado por específicos circuitos parieto–frontal, sugiere que la percepción y el reconocimiento de los actos ajenos, la imitación y las mismas formas de comunicación gestuales o vocales, pueden remitir al sistema motor y encontrar en él su propio sustrato neuronal primario.  

A mediados de 1990 un grupo de investigadores dirigidos por Giacomo Rizzolatti2 descubrieron en el lóbulo frontal de monos lo que ellos llamaron, neuronas espejo. Estas neuronas son bimodales: son células que responden a estímulos tanto motores como visuales. Originalmente, estas células fueron identificadas en la corteza ventral premotora de los monos (área F5), tienen la particularidad de reaccionar cuando el mono realiza una actividad (como por ejemplo, coger la comida) como cuando observa a otros individuos (el experimentador) realizar una acción parecida. La función de estas neuronas sería la del reconocimiento y de la comprensión del significado de los actos motores, es decir de los actos de los demás3. Según Rizzolatti, por comprensión no se entiende necesariamente la conciencia explícita (ni siquiera reflexiva) por parte del observador (en este caso de monos) de la identidad o semejanza entre la acción vista y la acción ejecutada. Sencillamente es la capacidad inmediata de reconocer en los actos motores observados un determinado tipo de actos, caracterizado por una modalidad de interacción específica con los objetos, así como de diferenciar determinado tipo de otros y, eventualmente, de utilizar una información similar para responder de la manera más apropiada. Lo que implica que dichos actos adoptan significado para el observador.

 

Sistema neuronal

 

Aunque, Rizzolatti es claro al señalar que no pretende decir que la presencia de un sistema de neuronas espejo, como el que se encuentra en el mono, sea de por sí suficiente para explicar la emergencia de un comportamiento comunicativo intencional o incluso lingüístico. Sin embargo, es muy probable que este sistema sea la base neuronal de las formas sociales de reconocimiento y de entendimiento de las acciones de otros individuos. Por ejemplo, si observamos el comportamiento de animales podemos ver como la conversación de gestos caracteriza las fases preliminares de muchos de sus comportamientos, desde la lucha hasta el cortejo o desde el cuidado de la prole hasta el juego. El desarrollo cultural que observamos hoy día ha implicado profundas transformaciones a nivel cerebral, y en particular en la corteza motora. Se puede afirmar que nuestro antepasado emparentado con el mono (que se remonta a más de 20 millones de años) poseyó un sistema de neuronas espejo que le permitió ejecutar y reconocer actos motores como coger con la mano, sostener, etcétera, y que nuestros antepasados emparentados con el chimpancé (unos 5–6 millones de años) disponía de un sistema de neuronas espejo que le permitía ciertas formas genéricas de imitación. Finalmente, es plausible sostener que también el paso al Homo sapiens (hace 250 mil años) estuvo marcado por una ulterior evolución del sistema de las neuronas espejo, un sistema capaz de responder al crecimiento ya del patrimonio motoriv.

La evolución que llevó a la aparición del hombre moderno (Homo sapiens sapiens) debió compartir la condición sine qua non de toda forma de comunicación, es decir, la condición de paridad, según la cual emisor y destinatario no pueden por menos de compartir la comprensión de lo que cuenta. La base de la cultura es el comportamiento con significado, el cual se expresa con representaciones tanto físicas como simbólicas. La cultura se va generando por los actos con significado los cuales son comprendidos por el otro. Los gestos, los sonidos, las marcas y los colores, que posteriormente se transformaron en lenguaje y escritura, dicen porque tienen significado para los interlocutores. La identificación del código o del símbolo utilizado así como la comprensión de estos sienta las bases para la comunicación, ya sea escrita o hablada. Antes de que el Homo sapiens pudiera clasificar y representar sus experiencias con símbolos sus antecesores biológicos tuvo que heredar las estructuras neuronales capases de dar significado a sus actos. Sin estas estructuras el género Homo hubiera incapaz de vivir en sociedad.   

1Bartra R., Antropología del Cerebro, 2008, ed Fundo de Cultura Económica, México.

2Rizzolatti G., fadiga L., Foggassi L., Gallese V., (1996). Premotor cortex and the recognition of motor actions, Cognitive Brain Research 3 131–141.

3Rizzolatti G. y Sinigaglia, C. (2006). Las neuronas espejo. Barcelona: Paido.

4Ibid 153–163.

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