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La antropofagia gastronómica y la conciencia de la individualidad

Por: Rafael H. Pagán Santini

2012-09-12 04:00:00

La mayoría de las fuentes indican que en
Mesoamérica, en general, el canibalismo ritual
fue prerrogativa de las clases superiores

 

En el interior de la cueva de la Gran Dolina, Europa, se encontraron fósiles humanos troceados, con marcas de descarnado, y golpes producidos con utensilios de piedra, que datan de 800 mil años ap, lo que indicaría que en esta cueva, campamento del Homo antecessor, se practicó un canibalismo que, con toda seguridad, carecía de cualquier intención ritual. Es muy probable que un grupo de homínidos cazara y diera muerte a otro grupo, que luego devoraron como una presa más en un acto de puro canibalismo gastronómico. Mezclados con huesos de animales se hallaron los restos óseos de seis homínidos; los huesos de dos niños, dos adolescentes y dos adultos muy jóvenes. Nada que pudiera sorprender a un arqueólogo, ya que la semejanza de estos homínidos con sus antepasados simios es más estrecha que con sus predecesores los Homo sapiens, que poblaron la tierra hace aproximadamente 200 mil años. Lo sorprendente es que esta práctica continuó expandiéndose entre los Homo sapiens para luego desaparecer en el Viejo Mundo, mientras que en Mesoamérica se expandió y se perpetuó como ideología de estado hasta hace apenas 500 años.

Podríamos atribuir estos cambios “gastronómicos” al desarrollo cognitivo y cultual de las viejas civilizaciones; sin embargo, las civilizaciones mesoamericanas no tienen nada que envidiarle a las del viejo continente. Tanto el lenguaje como el pensamiento abstracto se desarrollaron ejemplarmente en Mesoamérica. Lo que nos lleva a preguntarnos que conocimiento o conciencia se tenía sobre el Otro ser humano. Para esto revisaremos algunos conceptos sobre la conciencia para llegar a conclusiones.

Partiendo de Locke, Roger Bartra entiende a la conciencia como una serie de actos humanos individuales en el contexto de un foro social y que implican una relación de reconocimiento y apropiación de hechos e ideas de las cuales el Yo es responsable. La conciencia como proceso de ser consciente, según Bartra, surge de la capacidad cerebral de reconocer la continuación de un interno en circuitos externos en el contorno. La cultura, producto del ser humano, retroalimentaría al cerebro del individuo dando pie así a la consciencia1. Desde una perspectiva biológica, la conciencia es una experiencia del “sí mismo” en el pensar. Debido a que el “sí mismo” no es una función cognitiva en sí, carece de un sustrato neuronal. Por lo tanto, la consciencia debe considerase como un fenómeno concomitante del pensar –de la cognición. La experiencia consciente emerge de cualquiera de las funciones cognitivas: percepción, memoria, atención, lenguaje e inteligencia2. Por lo que, podemos decir que la retroalimentación cíclica sensorial–motora actúa como intermediario entre los códigos externos y las señales químicas y eléctricas propias del cerebro. La relación cuerpo, cerebro y mundo, serían un requisito sine qua non para el desarrollo de la conciencia. 

Como buen analista de la sociedad K. Marx señala que, la conciencia nace de la necesidad, de los apremios de las relaciones con los demás hombres… La conciencia, por tanto, es ya de antemano un producto social, y lo seguirá siendo mientras existan seres humanos. La conciencia es, en principio, naturalmente, conciencia del mundo inmediato y sensorio que nos rodea y conciencia de los nexos limitados con otras personas y cosas, fuera del individuo consciente de sí mismo; y es, al mismo tiempo, conciencia de la naturaleza, que al principio se enfrenta con un poder absolutamente extraño, omnipotente e inexpugnable, ante el que la actitud de los hombres es puramente animal y al que se sometan como el ganado; es, por tanto, una conciencia puramente animal de la naturaleza (religión natural)3. Desde una perspectiva biológica, sólo cuando las capacidades semánticas, la habilidad para expresar sentimientos y referirse a objetos y a eventos por medios simbólicos así como la capacidad para entender los conceptos de pasado y presente, es cuando florece, en el curso de la evolución, la conciencia.

Los mesoamericanos eran caníbales, especialmente los de la clase aristocrática. La mayoría de las fuentes indican que en Mesoamérica, en general, el canibalismo ritual fue prerrogativa de las clases superiores. Uno de los privilegios que obtenían los guerreros tequihua era poder comer carne humana, “la gente común jamás la comía sino la gente ilustre y principal. Los niños y cautivos muertos en honor de los dioses del agua “se repartían entre la gente noble y caudillos de guerra, a los cuales sólo les era lícito aquel manjar y potaje y en ninguna manera a los comunes plebeyos4. Esto no quiere decir que el pueblo no comía carne humana, todos la comían y la apreciaban más que cualquier otro manjar, pero la obtenida por rituales les pertenecía sólo a los ofrendadores y a los ilustres.

Algo muy familiar entre nosotros, sobre todo para hacer negocios, son las comidas en grupo, y entre los mesoamericanos no era la excepción. El banquete, como bien señala Gonzáles–Torres, era importante porque comer juntos es una forma de afirmar los lazos o vínculos que unen a la gente que comparte los alimentos, al mismo tiempo que afirman el valor del que ofrece el banquete. Ahora bien, el banquete en el que se ofrecía la carne de una víctima humana que había sido sacrificada adquiría mayor relevancia, aunque a éste sólo se invitaba a los principales y a los parientes5. Frente a nosotros tenemos dos eventos que en algún momento de la historia mesoamericana se unieron: el canibalismo como antropofagia gastronómica y el canibalismo unido al sacrifico humano. Todo parece indicar que ambos casos existieron entre los pueblos civilizados del altiplano, sobre todo cuando se refieren a las víctimas de las guerras.

Podemos decir que los lazos sociales reales entre los mesoamericanos se extendían sólo hacia sí mismos, jamás hacia otros que no fuera uno de ellos. Esto lo demuestra el hecho de que la única carne que estaba prohibida comer era de los parientes o de los miembros del propio grupo o tribu. Si en algún momento un individuo era capturado por otro grupo podía ser acecinado e ingerido en ese momento. La vida de los mesoamericanos, hasta y durante la conquista española, se mantenía ligada al grupo del cual era parte y al que estaba vinculado. Su individualidad no estaba limitada ni definida debido a que no es consciente de ella y su vida no tiene un seguro principio ni un bien marcado, dado que no concibe la vida del Yo desligado de sus infinitas prolongaciones6. La vida y la muerte no son sino el paso a nuevas formas. La contraparte del Yo no es el Otro sino la Cosa, de ahí la atribución de cualidades inexistentes a las cosas, por ejemplo, los españoles son dioses.

Las estructuras cerebrales, así como la cultura, han evolucionado llevándonos a un punto donde pareciera que sólo nuestra historia inmediata hace nuestra consciencia. La conciencia individual es conocimiento de nuestras acciones y es por esto que podemos hacer examen de conciencia. Sin embargo, para poder hacer un examen de conciencia los actos se deben confrontarse con los hábitos, que en griego sería virtud (hábito–héxis en griego) y con las costumbres, que en latín sería moral (costumbre–mores, en latín). De ahí que Aristóteles7 señale que sólo actuando virtuosamente, esto es conforme a los hábitos y a la costumbre–moral, se alcanza la felicidad. Siendo nuestras costumbres y hábitos primordialmente occidentales, donde sólo los cristianos comen carne humana–dios pero de forma simbólica, no está en nuestro menú la opción de carne humana, lo que nos parece una atrocidad. Sin embargo, los mexicas y en general los mesoamericanos comían carne humana. Si bien, nuestro pasado no siempre nos gusta, en algún momento de nuestro presente tendremos que hacer un examen de conciencia de nuestra historia. Aprovechemos la frase de K. Marx para una buena reflexión: “No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia”.

 

1Bartra R., Antropología del Cerebro, 2008, ed Fundo de Cultura Económica, México.

2Fuster, Joaquín M., Cortex and Mind, (2003) Oxford University Press, USA.

3Ibid. Marx, p 29.

4González–Torres, (2012), El Sacrificio Humano entre los Mexicas, segunda impresión, ed FCE, México.

5Ibid, p 286.

6Castiglioni A., primer reimpresión 1981, Encantamiento y Magia, ed. FCE, México.

7Ética nicomáquea.

 

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