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Lunes, 13 de junio de 2011
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 OPINIÓN 

Caravana del Consuelo (zócalo, 10 de junio de 2011)

 
JULIO GLOCKNER

Somos millones los que en el país hemos seguido paso a paso la ruta de la Caravana del Consuelo de Cuernavaca a Ciudad Juárez.

Somos millones los que acompañamos moralmente a los familiares de las víctimas en su dolor e indignación.

Somos millones los que exigimos un cambio radical y urgente en esta estúpida guerra desatada por una delirante ocurrencia de Felipe Calderón.

Todos recordamos cómo se hizo del poder este señor y la forma vergonzosa en que tomó posesión como presidente de la República. Fue precisamente en este acto indigno, ensombrecido por la certeza de un fraude electoral, que se comenzó a gestar la descabellada idea de iniciar una guerra frontal contra el narcotráfico, con la finalidad de legitimar una presidencia hundida en el descrédito más grande que ha tenido el poder ejecutivo desde los tiempos de Díaz Ordaz. Es decir, esta guerra se inició con un criterio político militar, viendo en el consumo de las drogas un problema moral y delictivo y no un problema de salud pública. Es decir, esta guerra ha sido un error fatal desde sus inicios.

La guerra de Calderón se inició repentinamente, sin un trabajo de inteligencia previo, sin voluntad para dar seguimiento a las cuentas bancarias, a los nexos de los narcotraficantes con la clase política, ni a tomar medidas fiscales indispensables para detectar el lavado de dinero y proceder a la incautación de bienes, es decir, en todos estos años no se ha tenido la firme voluntad de atacar a los cárteles en el punto decisivo: sus monumentales ganancias y la repartición que de ellas hacen entre políticos y funcionarios públicos de todos los niveles de gobierno.

El país no está dividido entre “gobernantes buenos” y “delincuentes malos”, como pretende Felipe Calderón. Esas fronteras no existen porque están permeadas por la complicidad y la corrupción, por el encubrimiento y la simulación. Los delincuentes están de un lado y del otro y el esclarecimiento y el castigo de unos y otros es lo que exigimos millones de ciudadanos en este momento.

Los expertos en el tema han venido repitiendo desde hace cuatro años las medidas más adecuadas para combatir al narcotráfico y todos han señalado como absolutamente errónea la guerra frontal que sólo expande la violencia y el dolor por el país sin lograr ningún resultado. Al contrario, lo único que se ha logrado es incrementar las muertes, la inseguridad social y el consumo de drogas, que en algunos casos, como el de la cocaína, se ha duplicado.

40 mil muertos son ya una montaña de cadáveres que el necio que ocupa la presidencia de la república ve con beneplácito como una purga entre delincuentes. Hasta Vicente Fox, que es casi débil mental, reconoce que esta guerra ha sido un fracaso.

Hace apenas una semana la Comisión Mundial de Políticas sobre Drogas declaró el fracaso rotundo de la guerra antidrogas, iniciada por Richard Nixon hace 40 años. Esta Comisión recomienda el cambio urgente de estrategia, que pasa por el bloqueo de las cuentas bancarias; la creación de comisiones autónomas que investiguen los vínculos entre el narcotráfico y la política; abordar el tema como un problema de salud pública y no considerar a los adictos como delincuentes sino como pacientes y legalizar el consumo de sustancias como la marihuana.

El problema que enfrentamos no es sólo de violencia sino de una profunda incomprensión del tema. Las drogas están rodeadas de un tabú que las hace inaccesibles a la comprensión de su naturaleza. En tono a ellas sólo hay prejuicios, opiniones mal sustentadas o un silencio cargado de ignorancia.

Entre las acciones que debemos emprender como ciudadanos adultos, libres y responsables, está no sólo el demandar la pacificación y el cambio de política, sino también el de informarnos sobre el tema. Lo que hoy llamamos drogas se refiere a sustancias que han sido consumidas a lo largo de la historia de la humanidad por prácticamente todas las culturas que han existido sobre la tierra. La antropología moderna ha planteado incluso que el origen del pensamiento religioso es un fenómeno vinculado al consumo de sustancias psicoactivas. En México el consumo de sustancias psicotrópicas se remonta a miles de años en los más diversos pueblos indígenas.

Todas las culturas han sabido resolver el consumo de estas sustancias aprendiendo a vivir con ellas. Sólo algunas sociedades modernas no han podido lograr este objetivo, porque han criminalizado su consumo y han tendido un espeso manto de ignorancia sobre el tema de las drogas.

Debemos aplicarnos a leer información científica y confiable para disolver esa bruma de prejuicios que nos impide la comprensión cabal de un tema que necesita ser tratado en voz alta y con toda claridad.

La propaganda oficial invita a rehusar el consumo de drogas sin proporcionar información alguna. La comisión mundial y el sentido común nos dicen que debemos informarnos para saber de qué estamos hablando. Es necesario que cumplamos también con esta responsabilidad.

 
 
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