Búsquedas en el diario

Proporcionado por
       
 
Lunes, 10 de enero de 2011
La Jornada de Oriente - Tlaxcala -
 
 

 OPINIÓN 

De memoria y olvido

 
Yassir Zárate Méndez

La memoria es un árbol moribundo que sólo da frutos podridos; su pervivencia suele atormentarnos, aunque también nos ofrece momentos placenteros, al traernos de vuelta instantes en los que hemos gozado.

Memoria y olvido forman una pareja de suplementarios: uno entra en lugar del otro. Cuando aquélla se va, entra éste. En medio de los dos está la amnesia: el momentáneo triunfo del olvido, hasta la recuperación de la memoria... cuando se logra traer nuevamente de vuelta.

Se ubica a la mitad porque no implica un abandono total de la persona, ya que casi siempre se trata de un bloqueo parcial, una suerte de eclipse del recuerdo, aunque su vivencia y sus consecuencias suelen ser molestas.

Crishtopher Nolan se ha encargado de regalarnos algunas de las imágenes cinematográficas más poderosas de los últimos años. Una de ellas es la de Guy Pierce tatuándose la piel para abatir el olvido, al encarnar su papel protagónico en Memento, la cinta escrita y dirigida por Nolan, en la que el personaje busca la manera de fijar lo que ha acontecido, en un intento por retener en su memoria hechos que podrían salvarlo de la locura.

La amnesia momentánea es uno de los eventos clínicos más traumáticos, por su capacidad de infligir un profundo dolor espiritual, al ponernos de frente con la idea de que ignoramos quiénes somos y qué hemos hecho en nuestra vida. Es una suerte de paréntesis existencial que podría ampliarse hasta la muerte.

Por otra parte, nos desnuda existencialmente al dejarnos sin la posibilidad de darle sentido vital a nuestra memoria: nos vacía de sentido al colocarnos en una posición sin defensa posible.

En tanto seres anclados en el devenir, nos injertamos en la cadena del tiempo, esa magnitud que pareciera fluir hacia adelante, hasta desembocar en el océano del futuro, allá, lejos en el tiempo.

Miles de instantes se encadenan en un presente perpetuo, dejando atrás al pasado consumido en llamas y desplazándose hacia un devenir que pareciera que nunca llega. Y sin embargo ahí está, siempre en rotación, siempre girando y escapando de nosotros. Por esto pareciera que sólo existe el instante, que es inasible por su propia naturaleza fugaz, indeterminada.

En buena medida somos el cúmulo de recuerdos que hemos apilado, que han sobrevivido al naufragio cotidiano de la memoria. La inmensa mayoría de nuestros actos perecen por su misma condición nimia, banal, intrascendente.

No se quedan grabados a fuego en nuestra memoria. La sátira de esta condición nos la muestra Borges en “Funes el memorioso”, personaje que es capaz de recordarlo todo... y vivir atormentado por ello.

La lección de Borges apunta precisamente hacia la necesidad que tenemos de descargar nuestra conciencia, de aligerar el equipaje de nuestras vivencias.

La memoria es la materialización del pasado, y con ellos nuestra reivindicación como individuos. Los olvidos momentáneos, la amnesia parcial y la debacle llamada Alzheimer son tres rostros de una misma condición: la pérdida de la memoria, y con ella la anulación de parte de nuestro ser.

Empeñados en fijar el pasado por cualquier medio, nos hemos lanzado a una interminable carrera tecnológica para diseñar los mejores dispositivos que nos permitan retener el pasado: congelarlo en toda la gloria del instante. Objetivarlo en la realidad, para palparlo y usarlo una y otra vez, en alivio de nuestra mente.

La fotografía, el cinematógrafo, la televisión son tributarios de nuestra obsesión por resguardar la memoria, tan frágil y quebradiza como lo demuestra cualquier enfermo de Alzheimer.

Apoyados en esos aparatos, nos preparamos para hacerle frente al olvido, para no perder a nuestro ser. Para seguir siendo quienes somos. 

 
Copyright 1999-2011 Sierra Nevada Comunicaciones - All rights reserved
Bajo licencia de Demos Desarrollo de Medios SA de CV