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Viernes, 3 de diciembre de 2010
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 ENTREPANES 

El tío Ramiro

 
ALEJANDRA FONSECA

Con hora exacta vive con un día de retraso, según su reloj de pared que marca sábado y es domingo. Alto, fornido, esbelto, gallardo y espigado, el tío Ramiro, a sus 72 años de edad, te espera, bien vestido, muy pulcro y elegante, con mandil y toallita anexa, en la entrada de su casa.

Hace honor a su pasado: chef de la presidencia de la República en Los Pinos, desde Adolfo López Mateos, pasando por Díaz Ordaz, Echeverría y López Portillo hasta Miguel de la Madrid Hurtado, a quien le renunció. Después se fue con Elias Ayub al Aeropuerto Internacional de la ciudad de México. Carlos Salinas de Gortari lo llamó, pero declinó la oferta. “Era mucha presión, –dice. ¡Tantos años! Ya estaba cansado.”

También fue luchador libre durante 15 años en las diferentes arenas de la República Mexicana: Acapulco, Pachuca, Guanajuato, San Luis Potosí y donde los dueños de la arena lo llevaran. Su nombre: El Barón Rojo. Ganó cinco trofeos y al último, un cinturón de campeonato Welter.

La mesa de su casa cumple con todos los cánones del servicio experto. Desde la entrada te atiende con solicitud, como si estuviera en funciones. La opípara comida es servida con todos los rituales. El tío Ramiro no se sienta. Está acostumbrado a estar de pie y atento a lo que se ofrezca. Obsequioso, no olvida detalle alguno y, parado, enciende uno y otro cigarro. Y platica.

Fuma Delicados. Comenta cómo es que empezó a fumar: “un día le llevé su jugo de uva con manzana a López Mateos. Era temprano. No estaba en su despacho y me dijeron que no iba a ir, que se iría a otro lugar. Ya en su despacho, se me hizo fácil sentarme en su sillón, subir las patas al escritorio y tomarme su jugo. Después, abrí uno de los cajones y encontré varias cajas de Delicados. Abrí una, saqué una cajetilla y tomé un cigarrillo. Lo encendí y empecé a fumar.

“Estaba ahí fumando cuando él entró. Me dijo ‘mi jugo’. Me levanté y respondí: ‘Sí, ahorita se lo traigo. Salí volando. Me fui a la cocina todo perturbado. Estaba haciendo el jugo cuando apareció el general Arévalo Gardoqui. ‘Te habla el señor presidente –me dijo–, ¿qué te comiste?’ Terminé de hacer el jugo y fui a dejárselo. Pensé que me iba a correr. Llegué a su despacho, sacó una caja de cigarrillos y me la regaló: ‘Tenga, Ramiro –me dijo–, cada lunes le voy a regalar su paquete de Delicados’. Desde entonces fumo Delicados”.

Nunca ha estado casado: “¿Quedaste muy decepcionado de algún amor?”, pregunté. “Yo creo que sí. Tuve una novia que quise mucho. Su papá me quería, pero su mamá no. Murió el viejo y la mamá hizo lo imposible por separarnos. Lo logró. De ahí nada más empecé a agarrar muchachas y no me dio por decir ‘me voy a casar’. Tengo un hijo, pero hastai. Todavía me acuerdo de ella…

“Aun ahora no tengo ganas de nada. Ya no, ya así me quedo. La gente no escarmienta: Se casa una y otra y otra vez. Aunque ahora, a mi edad, le piensa uno como le he pensado yo: ‘te vas a quedar solo’. Pero no me falta a quien invitar a comer y platicar…”

¡Qué historias tiene para contar!

 
 
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