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Jueves, 21 de octubre de 2010
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 OPINIÓN 

Katz

 
Israel León O’farrill

Diría Braudel que “nuestra época es demasiado rica en catástrofes, en revoluciones, en imprevistos, en sorpresas. La realidad de lo social, la realidad fundamental del hombre, nos parece nueva; y, se quiera o no, el viejo oficio de historiador no cesa de retoñar y de reflorecer en nuestras manos.” Así, con una sentencia donde queda de manifiesto la inmediatez del momento social frente a la flexibilidad y plasticidad de la historia, Braudel iniciaba una disertación interesante donde llamaba la atención a las llamadas ciencias sociales con respecto a su relación con la historia y donde exponía, de manera brillante, su obsesión: la “larga duración”. Ante la larga duración de la historia y algunas de sus manifestaciones que cambian gradualmente –siguiendo a Lotman–, la angustiante y terrible realidad que vivimos nos puede parecer vacua, insípida; o por el contrario, ante lo sórdido, corrupto y grotesco de nuestro presente, y la vertiginosidad con la que se desarrollan los acontecimientos –mejor dicho, que tenemos noticia de ellos–, el quehacer del historiador podría parecer una auténtica pérdida de tiempo. 

Mal negocio el de la historia, especialmente hoy que todo tiene que ser veloz, eficaz y productivo; mal la “ociosidad” en la que se sumen los hombres de historia al observar detenidamente un momento, varios acontecimientos, una época; mal hacemos en recordar algo que “debe” ser olvidado, dejado en paz, en el olvido, ya no digamos analizarlo y, en su caso, poner en entredicho las posibles estructuras que han resultado de movimientos políticos y sociales. Mal, mal negocio, a menos que pueda justificar leyendas, construir mitos y endiosar líderes. Muchos han sucumbido al deseo por construir una historia a modo de las circunstancias del presente: a ellos, la historia habrá de olvidarlos... Existen muchos otros –menos, por supuesto– que han hecho de la historia su vida, y que, como el mismo Braudel, han propiciado el retoñar y el florecer. Su labor, por supuesto, no cabe en un folletín entregado junto con bandera e himno; su trabajo es pleno, ambicioso y por ende, generador.

Nombres hay y valiosos: Brading, López Austin, Chevalier, Duverger, Lafaye, Rubiales, De la Garza, León–Portilla... y, sin dudarlo, Friedrich Katz (1927–2010). Flaco homenaje podré hacer en este breve artículo para comentar su obra y aportaciones, pero sí intentaré acercarme quizá a uno de sus trabajos más monumentales y, como sucede frecuentemente, una de sus obras más ambiciosas e interesantes. Me refiero a su biografía de Pancho Villa. Trabajo de rigor sorprendente –equiparable a las grandes biografías desarrolladas para personajes pilares de la historia universal–, tiene la maravilla de estar sustentado en uno de los personajes más anodinos en apariencia, pero que comporta una complejidad tal que Katz tuvo que editar el texto en dos volúmenes. Trabajo ineludible para cualquiera que decidiera probarse como historiador y como traductor de los acontecimientos para el lector hábil e interesado; Villa, personaje entrañable aprovechado por el sistema como estandarte, sin embargo, vilipendiado en todo momento junto con lo que representa –bastedad, ignorancia, violencia, rebeldía y un sentido peculiar de la justicia, pero efectivo– por un Estado que poco ha tenido de comprensivo y menos de integrador. Mucho menos ahora que el panismoneoliberaloligarcamercantil se ha posicionado en el poder haciendo a un lado al priismoneoliberaloligarcamercantil, pero que al menos, en el discurso, sí le reconocía un pequeño rinconcito al Centauro del Norte en nuestro santuario de lo nacional.

Katz observa al personaje con dureza, con celo; pretende ser exacto y concienzudo... Lo logra indudablemente y nos entrega un excelente trabajo de archivo y un análisis de los acontecimientos sin igual. A diferencia de otros que han estudiado al comandante en jefe de la División del Norte, Katz inicia con un acercamiento original que nos lleva muchos años atrás en la época de la “pacificación contra los apaches” de los territorios de Chihuahua por Terrazas Creel lo que lo convierte en el primer caudillo de la región y más adelante en el principal hacendado y ranchero del estado con todo lo que implicó su llegada: abuso, componendas políticas y latrocinio vil hacia los trabajadores y campesinos de la región. Por tanto, Katz vislumbró que no podía comprender al caudillo sin otear al menos a sus predecesores. La profundidad de su discurso ha quedado opacada por su muerte y resulta paradójico que justo ahora, a unos días de la celebración del inicio de la Revolución, haya entregado el equipo. Sin embargo, su legado está ahí y bien harían las autoridades y demás políticos de dudosa calidad en acercarse a su lectura para no seguir cometiendo las mismas burradas e injusticias; bien haría la sociedad para escapar de la inmediatez de lo cotidiano, entrar a la lectura de Katz que le dará insumos para la comprensión de su propio pasado y su herencia cultural, lo mismo que le ayudará a saber que pertenece a una historia de larga duración... igual y hasta los ciudadanos acaban razonando el voto más adelante...

 
 
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