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Viernes, 21 de noviembre de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 CINE  

Lo hecho en México

 

Cartel del filme La mujer del puerto
ALFREDO NAIME

 

Hace justo tres semanas mencioné en este espacio la grata circunstancia de que cada ocho días –prácticamente sin falta– están apareciendo filmes mexicanos en la cartelera, con lo que nuestro cine vuelve a ganarse el status de industria al producir (y estrenar, claro) más de 50 películas por año, admitiendo –eso sí– que no todas tienen necesariamente el mismo nivel de calidad. Y sigue la mata dando; en el momento que escribo, hay otras tres que podemos ver: la comedia conyugal (sobre “las vueltas que da la vida”) Kada kien su karma, de León Serment, con la estupenda y de moda Blanca Guerra, acompañada de Pepe Alonso; Navidad, S.A., de Fernando Rovzar, también comedia –de temporada, con enfoque y preocupaciones ecologistas– actuada por Pedro Armendáriz Jr. (a quien, por cierto, hace unos días homenajeó la UPAEP); y el misterio fantástico–psicológico La sangre iluminada, de Iván Ávila Dueñas, para ese tipo de cinéfilo que gusta de lo subyacente –no de lo evidente– y que es capaz de una paciente atención para encontrar y armar las piezas de una historia. Los méritos y deméritos de cada una de ellas han de aflorar a los ojos del espectador; pero las tres forman parte del horizonte que confirma la vitalidad que hay en este regreso del cine nuestro. Ahora bien, el enhorabuena se extiende, pues aún veremos al menos cinco o seis cintas nacionales más, antes de la conclusión del año fílmico poblano.

 

Quiero aprovechar la feliz situación para recordar o perfilar sólo unos cuantos datos significativos en la cronología del cine mexicano. El séptimo arte nos llegó de Francia, con la primera exhibición pública, el 14 de agosto de 1896; y fue justo en Puebla –en 1897– donde se filmaron las dos primeras vistas de producción nacional: una corrida de toros y una verbena popular. Años después, el documental mexicano de la segunda década del siglo XX sería enormemente alentado, claro, por la Revolución. Sería Santa (1918) el film que instalaría a la prostituta desdichada como personaje típico del melodrama mexicano; y Santa también –pero la de 1932– la película inaugural de nuestro cine sonoro, acompañándose de música de Agustín Lara. 1933 nos entregaría lo que tal vez son los dos primeros auténticos clásicos del cine nacional: La mujer del puerto, de Arcady Boytler, y El compadre Mendoza, de Fernando de Fuentes, cineasta que un par de años después realiza una de las obras capitales del cine mexicano de todas las épocas: ¡Vámonos con Pancho Villa!. Nuestra primera película en color fue Novillero, de 1936, justo el año en que Allá en el Rancho Grande –otra cinta de Fernando de Fuentes– abrió al cine mexicano sus posibilidades como industria, a partir de su monumental éxito de taquilla.

 

Después vendrían: la Época de Oro (19411945); las siete legendarias estrellas del cine de mitad de siglo: Cantinflas, María Félix, Jorge Negrete, Pedro Armendáriz, Dolores del Río, Arturo de Córdova y Pedro Infante; los celebrados directores Julio Bracho (Distinto amanecer y más), Emilio “Indio” Fernández (María Candelaria, entre otras) y Roberto Gavaldón (El rebozo de Soledad, especialmente), así como Los olvidados (1950), de Luis Buñuel, primera obra de genio del cine en castellano, según Emilio García Riera. Tras una difícil e ingrata transición, el cine mexicano reemprendió y reencontró camino a partir de los 70, gracias a varios filmes y personalidades. Entre los primeros: Reed: México Insurgente, Canoa, El lugar sin límites, Cadena perpetua, Frida: naturaleza viva, Los motivos de Luz, María de mi corazón, Rojo amanecer, La mujer de Benjamín, Amores perros, Y tu mamá también y El crimen del Padre Amaro. Entre las segundas: Paul Leduc, Felipe Cazals, Arturo Ripstein, Jaime Humberto Hermosillo, Jorge Fons, Carlos Carrera, Alejandro González Iñárritu y Alfonso Cuarón. Que viva pues el cine mexicano, porque –altibajos cualitativos aparte– es parte esencial de nuestra memoria visual y cultural, así como de nuestra identidad. Es nuestro álbum de familia.

 
 
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